Por Marisa Bello

Hay un antes y un después de ser madre, esto resulta evidente. La cuestión es ver cómo éramos antes y cómo después, también ver todo lo que se ha quedado por el camino. Algunas amigas dicen no acordarse de su vida anterior a la maternidad, yo sí la recuerdo: había estudiado una carrera, trabajaba, tenía una vida social bastante intensa, era independiente y tomaba mis decisiones sin miedo. Me sentía ligera, más o menos libre y no me cuestionaba excesivamente nada…

Después todo cambió. Hacia los 30 años me quedé sin trabajo fijo y eso sumado, curiosamente, a la primera crisis con mi pareja hizo que ambos nos planteáramos tener un hijo. Siento y sé que no fue en absoluto una decisión verdaderamente meditada sino más bien una inercia irreflexiva; se presentaba una situación aparentemente favorable: que yo dispusiera de más tiempo libre para dedicarme a la crianza (desempleo o trabajos temporales), la edad y también la sensación de que había que avanzar en la relación de pareja. Nada más erróneo, ahora soy consciente de lo equivocada que estaba.

Y entonces me quedé embarazada. La primera sensación fue la de perder el control sobre mi vida. Yo ya no era sólo yo, mi cuerpo parecía no ser solo mío y mi tiempo tampoco, todo el entorno quería entrometerse e intervenir en el proyecto. Mi reacción inicial ante esto fue de perplejidad primero, enfado después, y también resignación. De algún modo luché contra ello, pero finalmente terminé por reproducir el modelo de madre tradicional (sacrificada, controladora y siempre disponible). Todo a costa de renunciar a mi independencia y a un espacio propio, a perderme en cierto modo disuelta en el rol de madre.

Pero ese modelo es una meta ficticia. Resulta absurdo creer que en manos de una sola persona esté el bienestar absoluto de los hijos por mucha entrega y dedicación, por llegar casi a la inmolación…, además, en ese afán de controlar todo de una manera casi obsesiva, por no permitirnos cometer errores ni tampoco a los demás. Una creencia que termina por derivar en un profundo malestar que, en mi caso, aún siento que persiste en cierto modo mientras escribo estas líneas.

Después de nacer mi segundo hijo fue llegando la desaparición de mí misma, de un modo lento y gradual. La renuncia a prácticamente todo por miedo, por culpa, por “obligación”, por cumplir con las expectativas de los demás y las que yo misma me había autoimpuesto, sin apenas cobertura familiar y negándome a mí misma el pedir ayuda de otro modo, para sentir en ese espacio que yo era importante.

Mi vida social se volvió precaria, sumado al cansancio. Luego vinieron conflictos de pareja, dependencia económica, insatisfacción, …

En la actualidad estoy separada y mi situación ha cambiado. Tras un proceso de reconstrucción personal me he dado cuenta de los errores que he cometido y que ahora estoy tratando de subsanar con otra manera de entender la maternidad.

Tras mi separación, el padre de mis hijos se hace cargo de ellos el tiempo que tiene asignado. Desde entonces dispongo de más momentos para mí, para dedicarme a otros intereses. Soy consciente de mis limitaciones y también necesito sentirme bien conmigo misma en otros ámbitos de la vida; valorarme más y pensar que no sólo he de cuidar a otros, también a mí misma.

La crianza de los hijos es una tarea cargada de responsabilidad y verdaderamente agotadora, por ello el reparto y la implicación de ambos progenitores es fundamental para poder llevarla a cabo en las mejores condiciones. Además, he descubierto que no he de ser infalible ni perfecta, ni tampoco lo han de ser los demás. Nadie tiene la fórmula ideal para educar y todos podemos equivocarnos.

Marisa Bello

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