Por Raquel Fouz

Estrés, prejuicios, discriminación, desesperación. Esfuerzo, crecimiento, orgullo, plenitud. La maternidad para una mujer joven puede ser una montaña rusa de emociones.

Te sientes observada, juzgada y sentenciada. Es muy fácil criticar tu camino sin saber qué se siente al llevar tus zapatos. Parece que tenemos que ajustarnos a unos cánones específicos que dicta la sociedad: si todavía no tienes hijos a los 35, se te está pasando el arroz; si los tienes antes de los 30, está al dente. En un mundo donde todo está cronometrado, nuestro reloj biológico a veces no está en hora…

Ser madre no es tarea fácil… supone unas responsabilidades que requieren un mayor nivel de madurez. También requiere dinero, mucho dinero, y eso sólo se consigue con un trabajo estable y bien remunerado. Estos dos requisitos son difíciles de conseguir si eres joven.

En un breve periodo de tiempo tienes que aprender a cambiar pañales, dar el pecho, sacar los gases, identificar cada llanto y saber responder ante él. Se incrementará tu vocabulario (pelele, cuco, ranita, moisés, buzo, patucos…) a la vez que disminuye tu tiempo libre. Tu identidad se transformará: ya no eres alguien, ahora eres la madre de alguien…

Cometerás errores, los típicos errores que tiene cada madre, pero como eres joven se atribuirá a tu inexperiencia, a tu incapacidad. Los típicos consejos se convertirán en imposiciones, ya que como no tienes “experiencia”, se sobreentiende que no puedes con ello tú sola y debes hacer caso de los “más expertos” para ser buena madre. Y si no cumples sus reclamos, se te considerará una imprudente, cabezota, desconsiderada, y, en definitiva, mala madre.

Sin embargo, con todo el trabajo y esfuerzo que requiere la maternidad, tu currículum cada vez está más escuálido. Irás a las entrevistas sin saber cómo explicar ese vacío laboral que ocupó tu retoño. Las condiciones del trabajo se convertirán en un rompecabezas al tener que conciliarlas con tu vida familiar. Eso sí, ¡ni se te ocurra decir que tienes hijos! No es propio de tu edad, atrae prejuicios que no favorecerán tu candidatura y son una complicación más a la hora de trabajar (horarios incompatibles, faltas sin justificar, etc.).

Tu vida se convierte en una lucha por la normalidad, por salir adelante. Cada batalla te hace más fuerte y a cada paso que das sabes encajar mejor los golpes. Puede que a veces te sientas sola, por eso aprenderás a estar contigo misma, a relativizar y a ser práctica. Poco a poco te vas alejando de los amigos que no te valoran y creas lazos más fuertes con los que de verdad lo valen.

Vas a crecer sintiéndote pequeña. Vas a aprender a ser otra persona, una que estaba debajo de todas esas capas de inocencia, una que desconocías y está empezando a gustarte. Vas a aprender a quererte tal y como eres, con tus defectos y tus virtudes, porque ya no te afectan las críticas ni prejuicios de los demás.

Eres madre joven, y eso no es algo de lo que avergonzarse.

Raquel Fouz

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