Por Alicia Gil Gómez

Que el instinto maternal no existe es una afirmación avalada por multitud de estudios realizados en diferentes universidades y distintos contextos expertos. De ser así ¿por qué muchas mujeres afirman sentir o haber sentido ese impulso natural, interior e irracional que les empuja a ser madres? ¿Por qué se sienten mal si nunca sintieron el deseo irrefrenable de ser madres?

Tenemos que remontarnos al origen del Patriarcado para comprender por qué, junto a la violencia, la utilización distorsionada de la maternidad ha sido una de las claves de las que se ha servido el patriarcado para dominar, subordinar y controlar a las mujeres y a su descendencia, y cómo ésta ha sido presentada de manera diferente, a lo largo de la Historia, según los intereses del sistema de Poder dominante.

Si retrocedemos hasta el Neolítico, etapa en la que el Patriarcado comienza a configurarse tras el paso de una sociedad nómada, sostenida por una economía de subsistencia basada en la recolección y en la caza, a otra sedentaria, en la que emerge una economía de “producción” sostenida por la agricultura y el pastoreo, los hombres comienzan a dar valor al control de la línea de parentesco, hasta entonces determinada por la genealogía materna dado que el papel de la maternidad era fundamental para garantizar la continuidad de la especie, del grupo, pues el índice de mortalidad era muy alto por lo que había que compensarlo con el número de nacimientos.

Esta situación ubicaba a las mujeres en un lugar social y cultural preponderante, aun cuando el instinto maternal no era tal sino que predominaba la necesidad de supervivencia del grupo, pues cuando había un exceso de población se recurría al infanticidio. Así, hasta la usurpación a las mujeres del linaje, para garantizar la fecundación las mujeres copulaban con diferentes machos probablemente emparentados y pertenecientes a su grupo social. Por ello, la línea de descendencia femenina, la genealogía o linaje materno, tenía un valor esencial por lo que se les ha venido denominando sociedades matrilineales que rendían culto a “la gran madre telúrica de la etapa paleolítica.”

En esta nueva situación socio-económica, los hombres precisaron dominar y poseer el cuerpo de las mujeres, y por ende sus vidas, para garantizar la posesión de los bienes materiales (defensa) y la mano de obra (productos), pues únicamente controlando el cuerpo de las mujeres era posible garantizar el origen paterno de la prole y controlar la línea de parentesco. Por esta causa, convierten a las mujeres en “su costilla”, les obligan a ser dependientes y sumisas, expulsándoles de los espacios de toma de decisiones, ocultándoles a los ojos “del otro”, invisibilizando su existencia, apropiándose de ellas, esclavizándolas, utilizándolas como materia de cambio y como receptoras de la “semilla del macho” que cobra un valor primordial: el hombre se autoerige en creador de cultura, productos y vida, confinando a las mujeres al espacio privado en su nuevo rol de simples reproductoras sin mayor mérito que el de su naturaleza que les da la capacidad de gestar…

De este modo la maternidad, hasta entonces símbolo del poder y de la grandeza de las mujeres, además de ser causa de su exclusión de los espacios públicos, de la economía y de la cultura, se convierte en un elemento de subyugación pasando a adquirir “el padre” todos los derechos sobre la descendencia, sobre sus hijos e hijas y los hijos e hijas de unos y otras, que pasan también a formar parte de su riqueza engrosando el catálogo de sus bienes, de sus propiedades. Las mujeres, en este proceso, acaban perdiendo su rango de creadoras de cultura y de vida, de “madre telúrica”, y se convierten en simples depositarias de la semilla “sagrada”, fuente de vida de la que el padre se revela como propietario, junto con las tierras, los animales, las plantas y las mujeres y, con ellas, se apropia del saber, de la sacralidad, de los rituales…

Es este un proceso lento en el que las diosas van siendo relegadas a lugares secundarios en los distintos panteones de las diferentes religiones, donde los dioses violan a las humanas para legitimar su poder (Zeus a Europa; Júpiter a Calisto…) sobre el cuerpo de las mujeres… Así, al mito de la diosa madre, símbolo de la fertilidad, se le asigna mérito en función del valor del progenitor o del otorgado al hijo varón concebido… Por ejemplo, en la religión cristiana la Virgen María es madre por deseo de Dios.

La maternidad, tras la Revolución Neolítica y a lo largo de la Historia, es definitivamente configurada como una condición natural de las mujeres quedando a expensas del deseo del hombre con la función de reproducir la genealogía masculina, el linaje del padre.

Hemos de esperar al siglo XX -pues ni en las Culturas Clásicas, ni en la Edad Media, ni en la Ilustración, ni en las Revoluciones burguesas, ni en la Industrialización aparece el instinto maternal relacionado con las necesidades de las mujeres, ni con la esencia de la feminidad- para que el instinto de ser madre aparezca ligado a la subjetividad femenina, para que el mito “solo se es una mujer completa si se es madre” se divulgue hasta impregnar el imaginario de las mujeres modernas…

Dicho mito comienza a difundirse y popularizarse en los países occidentales en el siglo pasado, cuando los movimientos feministas salen a la calle a reivindicar sus derechos políticos, culturales, económicos, sociales y personales, el derecho a su cuerpo y a su sexualidad… incrementándose con el acceso de las mujeres a los anticonceptivos, cuando la curva demográfica empieza a descender… Es entonces cuando el instinto maternal es presentado por las instituciones patriarcalistas en el Poder (científicas, educativas, culturales, religiosas, etc.) como un imperativo biológico de las mujeres ante el que éstas no pueden/deben resistirse si no desean acabar siendo mujeres frustradas, llegando a cobrar un papel esencial encaminado a producir un nuevo control social y cultural de las mujeres a través de legitimar la maternidad como la esencia de la feminidad.

Pero sabemos que no es verdad, que el instinto maternal no existe, que es una falacia, una nueva estrategia de control a la que las mujeres, una vez más, debemos oponernos, optando por ser madres siempre y cuando queramos y podamos serlo, desoyendo los mandatos de género patriarcalistas, obviando las presiones sociales y las mentiras que a fuerza de repetírnoslas acabamos por creer.

El Patriarcado renueva sus estrategias de control de las mujeres porque es su única garantía de pervivir…

¡No le hagamos el juego!

Alicia Gil Gómez, Dra. Sociología del Género. Lda. Filosofía y CC EE. Coordinadora Pedagógica de la Escuela ESEN
Bibliografía
  • Engels, Friedrich. “El origen de la familia, la propiedad privada y el estado”. En Obras Escogidas de Carl Marx y Friedrich Engels. Vol. II. Madrid, Fundamentos. 1977
  • Fox, Robin. Sistemas de parentesco y matrimonio. Madrid, Alianza. 2005
  • Olaria, Carmen. “La deessa mare i les primeres cosmogonies religioses”. En Dossiers Feministes Nº 2. 1998, p 23
  • Parkin, Robert y Linda Stone. Antropología del parentesco y de la familia. Madrid, Editorial Universitaria Ramón Areces. 2007
  • Scheper-Hughes, Nancy. “Culture, Scarcity, and Maternal Thinking: Mother Love and Child Death in Northeast Brazil”. In Child Survival. Anthropological Perspectives on the Treatment and Maltreatment of Children. Springer, Dordrecht. 1987, pp 187-208.

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