El sábado 29 de abril de 2001
aproximadamente a las 7.30 de la tarde
he cumplido la última promesa que te
hice antes de tu muerte el pasado 13 de
octubre. En una tarde apacible, como
hecha a medida para la ocasión, como
tú querías, hemos esparcido tus cenizas
en el mar Cantábrico, desde las rocas de
Astondo en Gorliz, tu querido pueblo de
los veranos de nuestra infancia, donde
siempre te recordabas como una niña
feliz y donde situabas con orgullo tus
raíces y orígenes vascos. Tu hija Marta
trajo nueve flores que cada cual lanzó
en tu honor, en una ceremonia personal
de amor y despedida que nos produjo un
profundo sentimiento de armonía colectiva.

En este viaje he comprendido que
no fue tan solo una casualidad que justamente
hace año y medio, en el puente del
Pilar organizaras con tanto empeño y esmero
tu último viaje a Bilbao. Querías
que fuéramos toda la familia pero sólo
pudieron acompañarte papá, mamá y tu
hija Marta para hacer el recorrido que
tenías idealizado en tu cabeza, el mismo
que hemos repetido estos días: Plencia,
la playa de Astondo, las calles donde vivimos,
los Heros, Gregorio Balparda, que
ahora llaman Autonomía, el colegio de
las Carmelitas, el parque de la Casilda,
etc.

En aquella ocasión volvisteis
encantados/as, con fotos, vivencias y recuerdos
compartidos. Ahora sé por qué
no quisiste posponer este viaje, sabías
que no tenías mucho tiempo y aunque los
médicos no encontraban el mal que te
devoraba por dentro, tú sí lo sentías y,
como siempre en tu vida, te fuiste preparando
de antemano.

Desde pequeñita poseías un don
especial para hacerte querer de todo el
mundo, siempre sonriendo amable y cariñosa,
buena y obediente, siempre queriendo
agradar y tratando de ser la mejor
en todo lo que hacías. Eres el orgullo
tanto de papá como de mamá. Tenías
cuatro años menos que yo y eras opuesta
a mí. Yo era rebelde, contestona,
transgresora, desobediente y retadora,
¡una cruz para mamá, que ya no sabía
ni qué hacer conmigo! Cuando me pegaba
por mis travesuras y desobediencias
yo le decía retadora que no me dolía
y eras tú la que llorabas porque te
daba pena que me hiciera daño, ibas
detrás de mí y me decías: “Tol espérame”.
Yo entonces no te valoraba, me
parecías una cursi y una bobalicona, en
cambio tu me admirabas y siempre me
seguías. Cada una elegimos un tipo de
vida opuesto, acorde a nuestra forma de
ser. Fuiste una excelente estudiante tanto
en el colegio de monjas, que te adoraban
y te daban toda clase de premios
y medallas, como en la carrera de económicas
donde conseguiste numerosas
matrículas de honor y el reconocimiento
y la admiración de tus profesores y
profesoras. Sacaste las oposiciones en
la Seguridad Social y después en el Tribunal
de Cuentas llegaste a desempeñar
puestos de gran responsabilidad, fuiste
subdirectora jefa y estuviste a punto de
ser nombrada consejera. Has dejado
huella por donde has pasado, la gente te
quería, decían que tenías un algo especial.
Esto lo han reflejado perfectamente
tus compañeros de trabajo del Tribunal
de Cuentas en las dos entrañables
cartas que les han enviado una a Marta
y otra a mamá y papá expresándoles el
reconocimiento y el cariño hacia tu persona.
Entre sus párrafos hay uno en el
que se describe perfectamente esta admiración
hacia tu valía personal y profesional:

“Gloria ha sido una maravillosa
persona, trabajadora incansable, inteligente
y culta, amable y servicial con
todos: exquisita y dulce en las formas,
a la vez que fuerte en la defensa de las
cosas que estimaba justas. Hemos perdido
una compañera y amiga leal, generosa
y cabal donde las haya. Marta,
queremos transmitirte esta valoración
sincera de tu madre cuya categoría humana
ha sobresalido por encima de la
rutina de las relaciones laborales”.

Yo sin embargo, anteriormente no
te admiré por estas cualidades que todos
resaltaban de ti. Mis valores y mi vida
fueron opuestos a los tuyos. Ya desde
muy pequeña me hice feminista y como
tal, transgredí todo tipo de normas convencionales y he dedicado mi trabajo y mi vida a la causa de las mujeres. Esta
diferencia hizo que nuestra relación fuera
superficial durante muchos años, cada
una nos mirábamos sin entendernos ni
aceptar nuestras diferencias. Tú triunfabas
en un mundo al que yo considero
masculino y machista y a mí tu me veías
como a una feminista radical que va contra
corriente, que lucha por causas demasiado
idealistas que según tu punto de
vista inevitablemente conducían al sufrimiento
y a la marginación social. Ni tu
ni yo nos valorábamos y ninguna nos dimos
autoridad en esos tiempos.

Has tenido que padecer una terrible
enfermedad, dos operaciones a vida
o muerte, unos meses de constante lucha
por vivir y un final lleno de dignidad y
consciencia para que por fin yo te valorara,
te concediera mi admiración y te
quisiera.

Después de la primera operación,
en esos 6 meses que lograste arrebatar a
la vida, me sorprendió tu fortaleza y tu
lucidez mental. En este tiempo nos hemos
comunicado más que en los 49 años
anteriores, llegando a entendernos, valorarnos
y querernos profundamente,
otorgándonos finalmente la autoridad y
el reconocimiento mutuo que en otro
tiempo nos habíamos negado como mujeres.

Este verano hemos pasado momentos
muy entrañables caminando por la
playa de Xeraco, recreándonos en el paisaje,
especialmente cuando llegábamos
a la confluencia del río, con las rocas y
el mar y tú al mirar hacia Tabernes siempre
repetías con el mismo tonillo que ya
sabíamos e imitábamos entre bromas:
“¡QUÉ PRECIOSIDAD!”

En Xeraco hemos compartido habitación,
pensamientos y reflexiones
sobre tus miedos e ilusiones, tus dudas
y anhelos, mientras íbamos aprendiendo
con valentía y serenidad la posibilidad
de la muerte en una edad todavía
temprana. Juntas fuimos encontrando
respuestas a temas sobre los que nada
nos enseñan, ni nos preparan. Han sido
muchos momentos de gran lucidez y riqueza
para las dos, en los que me has
dado la oportunidad de cambiar mi percepción
de la muerte al ayudarte a aceptarla
y “vivirla” con dignidad. Me siento
orgullosa de ambas, soy consciente
de que juntas hemos logrado superar al
patriarcado en muchos aspectos claves
para nuestro género. Lo compruebo día
a día a través de la evolución de tu hija
Marta, a la que en tus últimos 6 meses
le fuiste preparando el camino de tu ausencia.
Le supiste transmitir la confianza
que tenías en mí y el apoyo que podía
significar para ella. Gracias a ti no
hemos tenido que esperar 49 años para
descubrirnos como personas, querernos
y valorarnos.

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