Eva es una niña delgada de ojos tristes, cara redonda y piernas flacas. Ya tiene 6 años,
bueno casi, porque hoy es Nochebuena y no los cumplirá hasta Año Nuevo. Es diminuta, tan
ligera que su tío Paco, el hermano mayor de su madre, la levanta sin esfuerzo del suelo y la sube
en una silla para poder jugar con ella sin quebrarse la espalda.

Y allí está Eva, de pie encima de una silla esperando impaciente a que su tío Paco le
descubra el nuevo juego. Eva no tiene muchas ocasiones de jugar con alguien aparte de su
hermana. Y los juegos de su hermana no divierten a la niña. Allí, de pie en la silla, Eva se siente
incluso más pequeña y se agarra bien al recio respaldo, mientras mira fijamente a su tío, un
hombre en la treintena, muy alto, tanto que incluso encaramada en la silla, la niña no alcanza a
mirar por encima de su hombro, sus ojos sólo llegan a ver su torso rematado con una abultada
barriga, -típica de los grandes bebedores de alcohol-, embutida en un jersey azul oscuro que
apenas puede contenerla.

Ahora, su tío empieza a hacerle cosquillas, lo que casi la hace caer de la silla al retorcerse
para proteger su cuerpo con los brazos. Se oyen las voces de los mayores que vienen desde el
comedor, recorriendo el largo y oscuro pasillo. Esta noche es Nochebuena, noche de comer
turrón, y toda la familia, veintitrés en total, cenan juntos en el gran comedor que sólo se usa en
estas ocasiones tan señaladas. Para ello su madre y su abuela se han pasado todo el día trabajando
en la cocina, tan nerviosas que la niña se ha llevado varios cachetes simplemente por
estar allí. “Quita. Siempre estás en medio”, “Deja eso, ¿te quieres estar quieta?”. “No haces
más que molestar. Tu hermana, por lo menos, trata de ayudar”.

Su hermana Concha tiene una hermosa melena rubia rizada y unos bonitos ojos azules.
Es dulce, muy femenina. Una niña tan ideal que parece extranjera. Y tan dócil… su juego favorito
es a ser mayor. No se mancha ni se arruga la ropa. Ni siquiera se le enreda el pelo. Se deja
peinar sin quejarse. Es capaz de quedarse quieta como una estatua mientras su madre cepilla su
melena. Aunque sólo es dos años mayor que Eva, Concha es tranquila y paciente en su trato con
los adultos. Y envidiosa y mandona con los más pequeños. Concha lamenta que le haya caído
encima la cruz de su hermana pequeña, a pesar de que realmente no llega a ser competencia,
con esa habilidad para mancharse y arrugarse…

Ya habían terminado de cenar. Se habían comido en media hora el trabajo de todo un día.
Estaban ahítos, después de engullir tres platos más postre: lombarda rehogada con piñones,
pescadilla rebozada, cordero y turrón del duro y del blando. Eva se siente feliz con el estómago
lleno y espera descubrir cada vez más impaciente, el divertido juego que le propone el tío Paco.
Pero las cosquillas no le apetecen nada, está demasiado llena de comida para eso. De repente,
la mano de su tío se mete por debajo de sus braguitas y nota sus dedos en esa parte del cuerpo
que nunca ha sentido el contacto con otra piel. Ni siquiera ella se atreve a tocarse allí, después
de haber recibido varios cachetes de su madre cuando había intentado averiguar qué era eso
que tenía escondido allá abajo. Había oído tantas veces “Eso no se toca, guarra”, que al notar
los dedos de su tío, se mueve intentando sacárselos de encima.

“Déjame, verás cómo te gusta. Verás que divertido. Será nuestro secreto”. Y mientras
susurra, su tío le baja las bragas hasta las rodillas, respirando raro, muy deprisa, como ella
cuando corre con todas sus fuerzas.

Eva, cada vez más sorprendida por ese extraño juego, nota cómo los dedos de su tío
hurgan allí. Es una sensación rara, desconocida, que hace que le entren ganas de orinar y
mantiene todo su cuerpo en tensión. Intuye que este juego pertenece a esa categoría de cosas
que no se hacen. Uno de esos juegos que los mayores prohíben totalmente. Seguro. Intenta
zafarse del contacto echando hacia atrás las caderas y cerrando fuertemente las piernas. Su tío
la agarra de un brazo con fuerza mientras susurra a su oído: “Quieta. No te muevas. Si te va a
gustar, ¿Ves? ¿Ves que gusto da? Así, así… Pero esto es un secreto. No se lo puedes decir a nadie
porque se enfadarán contigo”. La respiración de su tío se hace cada vez más ruidosa, como si
se estuviera ahogando. Se baja la cremallera de los pantalones grises de paño mientras que con
la otra mano, atrae firmemente a la niña hacia él, para lo que tiene que meter la tripa que
interfiere en su camino. Coge su mano y pretende que la niña le toque. Y como Eva la aparta
rápidamente, con prevención, él con gran brusquedad, la aprieta contra su tripa. La niña da un
respingo. Ahora está asustada y abre la boca para llamar a su madre. Pero antes de que sea
capaz de emitir el menor sonido, su tío Paco la pone una mano en la boca “Cállate. Cierra el
pico y tócala. Ya te he dicho que no se lo puedes decir a nadie. Tócala”. Él vuelve a agarrar una
de sus manos y esta vez, Eva, muy asustada, la toca con cuidado. El tío cada vez respira más
fuerte y más deprisa.

Mientras, en el comedor, la familia está atravesando uno de esos momentos de silencio
en que todos pretenden reponer fuerzas al mismo tiempo, para volver a hablar de nuevo, todos
al unísono. La voz de su madre rompe el silencio, “Concha hija, ve a ver qué hace tu hermana
tan callada en la cocina”. Y los rápidos pasos de Concha por el largo pasillo.

Eva aprovecha que su tío se aleja de ella y se tira al suelo, todavía con las bragas en las
rodillas por lo que aterriza a cuatro patas, mientras que él se guarda rápidamente el sexo dentro
de los pantalones y se acerca al fregadero, como si fuera a beber un vaso de agua. La niña se
sube las bragas, echa a correr hacia el comedor, chocando con su hermana en la puerta de la
cocina y se sienta en el regazo de su madre. Concha se queda un buen rato allí con su tío,
mientras que Eva se tranquiliza con el contacto de su madre, hasta que ésta se levanta y se
dirige a la cocina.

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