“Los seres humanos somos seres sociales que necesitamos comunicarnos”

Estamos en la era de los avances tecnológicos donde cada día aparecen nuevas formas de contactar con el/la otro/a. Teléfonos móviles que cada vez tienen mas aplicaciones, Internet, redes sociales… Aunque los sistemas de comunicación progresan, y cada vez tenemos más medios, no por ello tenemos más calidad en la comunicación. Hoy en día, se favorece una comunicación cada vez más aséptica, motivada por las prisas, por las urgencias. La mayoría de las veces, no esta motivada por un deseo real de comunicarme, de contemplar al otro/a, de escuchar cómo se siente…Todo esto podría extrapolarse al entorno familiar donde el trabajo, las obligaciones y las distintas actividades de todos sus integrantes nos llevan a comunicarnos desde lo que hacemos y no desde lo que somos (desde lo que sentimos, desde lo que necesitamos….). De hecho cada vez más personas se sienten solas, incomprendidas…

Evidentemente, no nos han enseñado a comunicarnos de forma saludable. Muchas de las “deficiencias” que se trasmiten a través de la educación afectan tanto a hombres como a mujeres, pero tienen diferente forma. A nivel general, los hombres suelen tener más dificultades para identificar sus emociones, las mujeres tienen más dificultades en identificar sus necesidades.

En este artículo quiero incidir en el aprendizaje emocional y de las necesidades, desde la familia, como primer y esencial agente socializador, el marco de referencia donde aprendemos a sentirnos a nosotras mismas y las reacciones de los/las demás ante nuestros sentimientos. Así como, en las consecuencias de todos estos temas en la vida adulta.

El aprendizaje emocional se lleva a cabo no solo a través de las cosas que nos refuerzan o nos castigan sino también a través del modelo que nuestro padre y nuestra madre nos ofrecen para manejar sus propios sentimientos. En concreto, el referente más importante para la niña es su madre, que la ofrece un modelo de amor incondicional hacia los/as otros/as, centrado en que su pareja y sus hijos/as estén bien a este nivel y desligada por completo de sí misma.

Muchos padres y madres ignoran los sentimientos de sus hijos/as, otros los menosprecian debido a su propia incapacidad para manejarlos. Cuando somos niñas una de las conclusiones que extraemos es que nuestro/a padre/madre en muchas ocasiones, no tienen en cuenta nuestros sentimientos, estas situaciones que frecuentemente se repiten forman parte de nuestro aprendizaje emocional. Afortunadamente también hay padres y madres que buscan las ocasiones oportunas para enseñar a sus hijos/as a manejar de forma adecuada sus emociones facilitándoles su expresión, aportando estrategias…pero para poder hacer este trabajo de educación emocional, es necesario que antes hayan hecho su propio proceso personal.

Cuando somos niñas nos dan muchas oportunidades para adquirir conocimientos, en la escuela nos enseñan nuevas palabras, nuevos conceptos relativos a historia, matemáticas…, pero no nos enseñan el lenguaje de las emociones. Nos aleccionan para comportarnos de acuerdo a criterios externos (costumbres, normas, deberías…) que nos alejan, nos desconectan, que no tienen nada que ver con nuestra naturaleza y que dificultan ponernos en contacto con nuestro mundo interior.

Preferimos, centrarnos en complacer al otro/a, a base de olvidarnos de nosotras mismas porque creemos que lo que necesitamos es que nos quieran, que nos valoren…

En este centro especializado en la terapia psicológica con mujeres, cuando en las primeras sesiones planteamos “la pregunta del millón” ¿tú qué quieres, qué sientes, qué necesitas?, la mayoría de las mujeres se quedan en blanco. Muchas veces, ni siquiera se habían planteado esta pregunta y, si lo habían hecho, no se habían atrevido a contestarla, por temor a sentir culpa. Dentro de los esquemas mentales de las mujeres está arraigada la idea de que “pensar en una misma es malo, egoísta, primero hay que pensar en los/as demás”.

Pero qué pasa cuando, llegamos a la edad adulta y en el camino no hemos aprendido a identificar nuestras necesidades y a interpretar nuestros sentimientos. En general, ante cualquier situación, nos dejamos llevar de nuestras creencias, valores, impresiones, juicios…, creyéndonos que son verdaderas, e interpretando que las acciones de los demás son la causa de nuestros sentimientos, es decir tendemos a responsabilizar a los demás de nuestros sentimientos. Cuando en realidad, los sentimientos son siempre el resultado de cómo decidimos tomarnos lo que dicen y hacen los demás.

En la vida adulta, nos encontramos que tenemos muy poco vocabulario para hablar de los sentimientos, por ejemplo si preguntamos a una amiga como se siente después de discutir con alguien seguramente que nos contesta: “me siento mal”, cuando expresamos nuestros sentimientos de forma vaga o general impedimos que la persona que nos escucha se conecte claramente con lo que sentimos. Nos cuesta hablar en primera persona de ellos y validarlos. Aprendemos a bloquear, a minimizar, a olvidar nuestros sentimientos, sobre todo, los que tienen connotaciones negativas. Tal inútil es no hablar, ni identificar nuestros sentimientos, como rumiarlos para no darles salida de ninguna forma, dándoles vuelta sin control.

Lo saludable seria extraer la información que cada sentimiento nos da sobre nosotras mismas, y entender si la necesidad que subyace a ese sentimiento está o no satisfecha.

Pero, ¿qué nos pasa a las mujeres con las necesidades?

En general no sabemos cuáles son, porque tendemos a no escucharnos, nos centramos en buscar soluciones rápidas y adecuadas, no nos damos el tiempo suficiente. Nos resulta más fácil escuchar y atender las necesidades de los demás y responsabilizarnos de ellas, que mirar hacia dentro y centrarnos en las nuestras.

No nos sentimos legitimadas para expresarlas, porque creemos que implica mostrar nuestra vulnerabilidad, nos sentirnos desnudas ante los demás. En ocasiones, pagamos un alto precio por expresarlas, conseguimos que el entorno se ponga en nuestra contra por que se piensa que las necesidades son negativas y destructivas, una persona que tiene muchas necesidades es inmadura o inadaptada.

Por otro lado, preferimos esperar que los demás adivinen nuestras necesidades (cuando ni nosotras mismas somos capaces de identificarlas) y si no lo hacen nos enfadamos, culpamos, juzgamos a la otra persona o nos instalamos en la queja o en el victimismo…. “como no se puede dar cuenta…con la de años que llevamos juntos”… Tenemos una tendencia aprendida a ceder en las relaciones sociales hasta, que a base de ceder, nos agotamos porque nuestras necesidades no son satisfechas. Entonces, es el momento en que nos pasamos al otro extremo, y se empiezan a reivindicar de forma agresiva los derechos en la relación, llegando en algunas ocasiones a imponer, a exigir, provocando de esta forma una ruptura, no teniendo en cuenta las necesidades de la otra parte (no se nos pasa por la cabeza la posibilidad de una negociación).

Además solemos establecer una conexión, en principio poco saludable, en la que entendemos que ante una necesidad hay una única manera de resolverla, sin embargo todos los seres humanos tenemos las mismas necesidades pero las expresamos y resolvemos de forma diferente. Ante una misma necesidad podemos utilizar distintas estrategias, por ejemplo: ante la necesidad de tranquilidad la estrategia para conseguir ese relax puede ser distinta dependiendo del momento, de la persona…puedo cogerme un día libre, irme al campo, puedo encerrarme en casa, puedo quedar con una amiga muy especial que me llena de paz… Son distintas estrategias ante la misma necesidad.

Cuando alguien nos trasmite un mensaje negativo, sea verbal o no, tenemos cuatro opciones a la hora de recibirlo:

 Culpabilizarnos a nosotras mismas, tomárnoslo de manera personal. Nos autocriticarnos, nos centramos en lo negativo, en lo que esta mal en nosotras y no en lo que queremos hacer o en las vías para satisfacer la posible necesidad que subyace. Cuando la autocrítica esta activa es imposible contactar con las necesidades.

 Echar la culpa a el/la otro/a, en estas situaciones lo más probable es que sintamos rabia.

 Percibir nuestros propios sentimientos y necesidades.

 Percibir los sentimientos y necesidades de la otra persona.

Normalmente nos quedamos en el primer o segundo punto, sin plantearnos que tal vez la tercera y cuarta opción contribuiría en mayor medida a nuestro bienestar.

Como decía M. Rosenberg «hasta al estado de liberación emocional pasamos por varias etapas en la forma de relacionarnos con los/las demás»:

 Esclavitud emocional: nos percibimos responsables de los sentimientos ajenos.

 Antipática: nos sentimos enfadadas no queremos ser responsables de los sentimientos ajenos.

 Liberación emocional: nos responsabilizamos de nuestras intenciones y acciones.

Os animo a empezar a practicar, con el objetivo de llegar a esa pretendida liberación emocional, siguiendo estos pasos:

1. Lo más importante es parar, distanciarse para saber exactamente como nos sentimos.

2. Centrarnos en lo que observamos, en lugar de dedicarnos a diagnosticar y a juzgar.

3. Chequear los sentimientos preguntarnos realmente que nos quieren decir en este momento.

4. Aceptar y asumir la responsabilidad de nuestros sentimientos sin juzgarlos, como buenos o malos.

5. Aceptar que tenemos necesidades y que estamos dispuestas a escucharlas y ocuparnos de ellas sin utilizar el recurso de la queja ni esperar a que sean los/as demás quienes las satisfagan.

6. Decidir cuales de nuestras necesidades guardan relación con los sentimientos que hemos identificado.

7. Conectar el sentimiento con la necesidad: “me siento…, porque yo necesito”.

8. Trasformar nuestra necesidad en petición.

9. Hacer la petición, hacer una propuesta abierta y negociable con el objetivo de satisfacer mi necesidad, cuanto más claras y concretas seamos en la expresión de nuestras peticiones más fácil será que la otra persona me entienda y pueda decidir desde su propia necesidad.

¡YO SOY LA ÚNICA RESPONSABLE DE MIS NECESIDADES!

Share and Enjoy !

0Shares
0 0