“Mis padres harían cualquier cosa por mí”. Esta frase tan amorosa, vivida como referencia social ideal, por muchas familias, puede esconder consecuencias dramáticas por la confusión que sigue existiendo respecto a lo que es saludable o no en la educación de los/as hijos/as. Hemos intentado pasar de un modelo de familia tradicional, generalmente más autoritario, a otro democrático. Sin embargo, al mismo tiempo, no nos han enseñado a cuestionarnos los roles aprendidos en un contexto jerárquico como es la unidad familiar, es decir, no hemos aprendido a en ejercer la autoridad de forma sana con los/as hijos/as. En ocasiones, hemos tomado otros caminos, más o menos patológicos, con tendencia a la permisividad y la sobreprotección de los/as menores. La consecuencia a nivel social, es que este intento de equilibrar los derechos y responsabilidades de las/os hijas/os ha invertido la balanza, dando lugar a personas que asumen privilegios en lugar de derechos, convirtiéndoles en eternos/as adolescentes con graves dificultades para madurar.

En principio, parece que la educación más censurable es aquella en la que los padres ejercen violencia hacia sus hijas e hijos. No obstante, estamos comprobando cada vez más, que el modelo sobreprotector puede ser también muy inadecuado. Por ejemplo, una educación violenta fomenta la sumisión del hijo/a por miedo a la agresión de la figura que represente la “autoridad”, y puede provocar dependencia emocional, pero también puede ser un revulsivo, especialmente si se tienen otros pilares de apoyo, fuera de la familia, y así favorecer una reacción de puesta de límites por parte del hijo/a. En cambio, cuando hay sobreprotección, se fomenta la sumisión por miedo al rechazo, por falta de autoconfianza ante el exceso de control de la “autoridad” sobre la vida del hijo/a, y provoca una dependencia emocional de la que es más difícil salir por la idealización que existe de este tipo de funcionamiento familiar.

¿Cuándo el amor de los padres se convierte en excesivo?

Cuando son pequeñas las criaturas dependen de sus padres, pero a medida que van creciendo necesitan ir aumentando su autonomía para desarrollar su personalidad de forma completa. Lo que ocurre en el modelo sobreprotector es que suele haber mucho afecto, porque los padres expresan interés por el bienestar de sus hijos/as y están pendientes de sus necesidades. Pero en vez de enseñarles, se responsabilizan ellos mismos de satisfacerlas, o incluso les crean necesidades artificiales, a base de darles todo en exceso. El resultado es que no les fomentan la autonomía personal y emocional, ni la responsabilidad para conseguir metas por sí mismos/as.

Esto puede pasar incluso con padres que son muy exigentes con las obligaciones de los hijos y las hijas. En este caso, se refiere más a una demanda de ser competentes en las actividades concretas (estudios, profesión…), no tanto de madurez real del menor, por que quienes deciden que elecciones tomar respecto a su proyecto de vida son los padres. Ellos controlan como debe ser la vida de su hijo o hija, sin adaptarse a sus cambios evolutivos, como si fuera un bebé para siempre.

Por otro lado, puede haber una comunicación aparente entre padres e hijas/os, porque en principio se escuche las opinión de estos. Pero, en el fondo, no se tienen en cuenta, sus necesidades reales, cuando no coinciden con los propios intereses de los padres. Estos acaban imponiendo sus razonamientos, de manera más o menos coherente, dependiendo de su habilidad para manipular y conseguir sus objetivos sin exponerlos con claridad.

Un padre o una madre sobreprotectores suelen pensar “yo soy responsable de lo que le pueda ocurrir”, “la vida ya le proporcionará suficientes inconvenientes cuando sea mayor, mientras yo pueda procuraré que disfrute todo lo que sea posible”, “todavía es pequeño/a para…”, “él /ella no sabe, no puede… “, “si dejo que haga esto sólo/a, puede que sufra algún daño”. Está excesivamente preocupado y nervioso cuando el niño o la niña hacen algo sin su ayuda o supervisión, puede que se enfade cuando tenga iniciativas propias, transmite miedo a través de la palabra ¡cuidado!, y se siente culpable cuando no consigue protegerle del dolor físico y emocional.

En este tipo de familia no hay límites claros respecto a la identidad y el espacio individual que necesita cada uno/a para expresarse, por lo que los espacios personales se confunden con los de interacción, y la jerarquía puede parecer confusa, dando lugar a aparentes relaciones de amistad con los hijas y las hijas.

Las principales consecuencias psicológicas para el y la menor suelen ser que desarrolla un autoconcepto deficiente, al no haber podido poner a prueba su competencia personal; presenta retrasos en el aprendizaje de habilidades de auto-cuidado personal y otras habilidades sociales; se desarrolla con miedo a la autonomía, buscando constantemente seguridad en loa y las demás; carece de iniciativa para emprender acciones por cuenta propia; muestra desinterés y despreocupación por los asuntos que le conciernen, esperando que alguien se lo resuelva, por lo que desarrollan intolerancia a la frustración al no aprender a solucionar problemas,… Y, si es consciente de cuales son sus ataduras invisibles e intenta romper las normas familiares, se siente muy culpable, hasta el punto de volver a su forma de ser anterior para aliviar la ansiedad que le genera el conflicto provocado que se genera con sus padres.

¿Y cómo se combina la educación sexista con todo esto?

La socialización femenina fomenta la sobreprotección de las niñas-mujeres, y la forma de sobreprotección del padre y de la madre también está condicionada por su rol social. En el caso de la madre, lo ejerce desde su rol de entrega a través del cuidado y del sacrificio, y se proyecta y vive a través de su retoño, más cuanto menos tenga desarrollado su propio proyecto personal de vida, basando su autoestima en su rol maternal a través de sentirse necesitada. Pero incluso, las madres que trabajan fuera de casa pueden llegar a sobreproteger a sus hijos/as, porque la culpa que les genera no poder cumplir con el rol social de cuidadora, a tiempo total, lo intentan compensar de esta forma.

El padre ejerce control a través de dar protección y seguridad, tomando decisiones por los hijos y las hijas, haciéndole dudar de su criterio, y reforzando la obediencia con afecto y aprobación. La hija, por otro lado, se acomoda en su papel, normalizando el exceso de atención, y asumiendo la responsabilidad sobre el bienestar emocional de los padres a través de su obediencia y pérdida de identidad.

Afortunadamente, estamos viendo en terapia que hay bastantes casos de mujeres jóvenas, que entran en crisis por no poder soportar tanta asfixia. En muchos casos no llegan a ser conscientes del origen de su malestar, creyendo que su inseguridad y su torpeza en algún área de su vida tiene que ver con un problema individual mientras viven totalmente fusionadas a una familia hermética. Como decía una usuaria al principio de su evolución, “me gustaría poder vivir dos vidas: una con mi familia y otra con mi pareja”.

En definitiva, es necesario cambiar nuestro concepto de amor familiar, porque AMAR NO solo es igual a DAR, y a veces DAR sí es lo mismo que CONTROLAR, por lo que se convierte en lo contrario de amar.

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