Estupefacción. De todas las imágenes posibles, esperpénticas, dramáticas, idílicas y surrealistas en las que mi imaginación ha tenido a bien situarme, nunca, nunca pensé que esta en particular sería el escenario de un día de mi vida. Ese 3+ en la pantalla del predictor, será difícil de olvidar. Me quedé atónita, sin saber reaccionar. Llorar, llamar a una amiga, y en media hora, ducharme, ir al trabajo con esa inmensa carga encima y además, poner cara de no pasa nada, porque si algo tenía claro desde el primer momento, era que yo no quería tener un hijo. Creo que nunca, pero desde luego no ahora. Esta es, supongo una de las decisiones más difíciles para otras mujeres, no para mí. No lo quería y tenía que hacer algo al respecto lo antes posible. Concerté cita con la ginecóloga, que me explicó lo que podía hacer y me dio nombres de clínicas. Lo único malo es que estaba aún de muy poco tiempo y tuve que esperar para el aborto.

En un primer momento, después del choque inicial, cruzó por mi mente la idea de tomármelo como una gran cagada y seguir adelante, sin más castigo que el que ya estaba viviendo. Me planteaba la posibilidad de asumir el error y perdonarme. Inmediatamente, por supuesto, se superpuso mi conciencia, o más que la mía, la conciencia colectiva que me acusó de frívola y superficial: ¿cómo puedes ser tan fría? Tienes que sufrir y pagar las consecuencias, ser consecuente con este error imperdonable que has cometido. Lo que tienes que sentir ahora es dolor.

Afortunadamente, dos días más tarde tenía cita con María José, la psicóloga del Espacio de Salud “Entre Nosotras” a la que nunca agradeceré suficiente su labor conmigo. Ella me devolvió mi idea inicial, la necesidad de decidir de forma personal y sin pensar en películas lacrimógenas lo que quería que esto significara en mi vida. Me invitó a reflexionar sobre ello: podía decidir castigarme eternamente por la estupidez de que era coautora (no olvidemos que no es sólo error de una), sufrir este castigo para siempre y no recuperarme, o asumir el desliz y seguir adelante. Fue una de esas cosas en la vida que se presentan sin que nos las hayamos planteado. Un altísimo porcentaje de embarazos no deseados se producen como el mío: jugando, utilizando preservativo cuando lo creemos necesario, evidentemente demasiado tarde.

Este es el gran aprendizaje: yo, que me creía tan lista, tan segura de hacer las cosas bien, cometo un error como este. La casualidad quiso que además el tema en cuestión se convirtiera en la noticia social de la semana: el gobierno permite la venta de píldora post coital en las farmacias sin prescripción, y aprueba el anteproyecto de la Ley de Salud Sexual y Reproductiva que contempla el derecho al aborto libre a partir de los 16 años. Hace mucho que pasé los 16, pero creo que lo habría tenido igual de claro. La lástima es que a lo peor no habría tenido a alguien que me resituara frente a las circunstancias. Me permití a mí misma leer comentarios en los periódicos digitales sobre esta noticia, y el resultado es precisamente esta nota a quien pueda interesar: no necesito justificar mi decisión, pero sí siento la necesidad de decirle a quien lo quiera oír que una cosa como esta no es una decisión premeditada. Que en la vida, a veces nos enfrentamos con cosas que nos recuerdan que somos humanos y cometemos errores. Y punto.

No me meto en temas religiosos o políticos, ese es otro foro que no me interesa, yo tengo la conciencia muy tranquila. Lo que quiero es compartir mi experiencia. El tiempo que tuve que esperar hasta poder hacerlo fue duro, no lo puedo negar.

Me preguntaba cuáles serían mis sentimientos al terminar todo, si de repente esa decisión pasaría factura, si algo en mi interior me haría arrepentirme de algo. Pues bien: alivio. Un alivio profundo e intenso fue lo único que sentí después del aborto. Por fin me he librado de esa carga, por fin vuelvo a ser la que era antes, por fin puedo continuar, levantarme después del tropiezo.

Esto se lo digo a todo el mundo. Después de leer los comentarios de alguna gente en foros públicos relacionados con las noticias de actualidad, estoy segura de que pensarán que soy una desalmada, pero eso no me preocupa en absoluto. Con esta carta sólo intento atenuar en la medida de mis posibilidades el gran daño que la hipocresía de la sociedad en la que vivimos nos hace, sobre todo a las mujeres, con su paternalismo recalcitrante. Sólo quiero compartir el hecho de que nunca pensé que fuera siquiera posible sentirme como lo hice después de un aborto, aliviada, y que si esa opción no existía para mí, habrá muchas mujeres para las que tampoco exista. No busco convencer a nadie de que esta es la manera de afrontarlo, sólo planteo que hay otras formas de ver las cosas, en ningún caso la mía es mejor que la de nadie, pero tampoco peor. Encontrar y recibir nuevas perspectivas sobre cómo afrontar las cosas debería ser siempre bien recibido, ahí va la mía.

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