Testimonio de una usuaria del Espacio de Salud Entre Nosotras

Este cuento es una muestra de cómo una mujer puede elaborar la conciencia sobre su propia identidad y autoestima, dentro de un proceso personal de empoderamiento a la hora de enfrentarse al mundo.

El mundo, la vida, allí donde habito, o intento, allí donde tengo miedo, un miedo que paraliza mi vida. Pero ese allí cambiará…

Había una vez una muchacha que intentaba comprender cómo el entorno en el que toda su vida (o lo que creía que lo era) había transcurrido, estaba cambiando.

Y empezó a ver cómo los árboles que acompañaban su camino dejaban entrar entre sus ramas una brillante luz, que daba a su alma un calor que nunca antes había sentido. Y pensó que algo externo le estaba mostrando un nuevo y maravilloso camino que empieza a tener ganas de explorar.

La tierra y el césped que pisaba ya no eran iguales, el aire que respiraba e inspiraba sabía de manera diferente… los sonidos… Este cuento es una muestra de cómo una mujer puede elaborar la conciencia sobre su propia identidad y autoestima, dentro de un proceso personal de empoderamiento a la hora de enfrentarse al mundo. ese trinar, ese susurro del viento, esa nana interpretada por el oleaje… Todo se sentía diferente… incluso los abrazos de la brisa y el beso de la lluvia… La sangre ya no era tan espesa ni estaba tan fría. Su interior vibraba ante tanto cambio, y su exterior, también.

¿Qué estaba pasando? ¿Por qué el mundo estaba tan revolucionado de repente? Y ¿por qué tantos cambios?

Pero no eran malos, eran maravillosos, porque de repente el brillo tenía vida, el viento soplaba de verdad, y el agua ya no mojaba, sino que empapaba e inundaba todas las sensaciones.

Siguió caminando sola, pero de mano de tantos maravillosos cambios, y se topó con un enorme castillo, fundido en unas enormes rocas y rodeado de un hermoso verdor. Sus torres y almenas tocaban el cielo, y los gorriones osaban perturbar la calma interior de la capilla. Entró sumida por un fuerte júbilo que encendía su alma.

Dentro estaban todas las cosas que la ilusionaban y la hacían: música, partituras, instrumentos, atriles… libros en diferentes idiomas y diccionarios de éstos: alemán, griego, francés, japonés, euskera, hitita… y otros tantos que aún no sabía, pero se le antojaban aprender algún día. Por las ventanas entraba una extraña y embriagadora brisa que llamaba a acercarse a ellas. Así que la muchacha fue hacia una, se asomó y vio un paisaje tan maravilloso… un bosque asentado entre montañas… y en medio, escondido del ojo humano, un edificio románico precioso… se maravilló tanto que allí permaneció incontables minutos… la arena del reloj cayó al fin cuando a su olfato llegó el olor de una brisa marina procedente de otra de las ventanas. Al punto se encaminó a ella y lo que tras ello vio también la dejó perpleja y ensimismada en aquel nuevo paisaje… un infinito mar, azul, tan azul y tan cristalino que era imposible que algo así pudiera existir. Y como en la anterior visión, permaneció allí hasta el fin de cada grano de arena del reloj. Y pensó: “si dos ventanas tienen diferentes paisajes, ¿el resto no serán iguales?”. Se giró en busca de otra ventana… “allí, allí, allí hay otra”, y rauda se dirigió hacia ella. Y en efecto, otro hermoso y encantador paisaje que la dejaba atónita y ensimismada. Y pasó de ventana y ventana y vio tantas maravillas: aldeas en árboles, bosques imposibles, duna, palacios con intrigantes jardines, montes enrevesados unos con otros, islas, antiguas ciudades que correspondían a civilizaciones ya perdidas en el tiempo… todo eso y más se conjuntaban en tantas y tantas asombrosos paisajes e imágenes.

Exhausta se sentó en un hermoso y cómodo sillón con brazos, y reposó allí pensando en todo aquello que le rodeaba. Y empezó a darse cuenta de algo, algo muy curioso, y una pregunta asaltó su mente: ¿Por qué todo lo que se estaba encontrando en este camino tenía que ver con ella y sólo con ella? pero ¿por qué?

¡Oh!, ¿cómo no se había dado cuenta? Esas cosas no le acompañaban, no venían a ella, eran su vida, y lo que estaba cambiando no era el entorno, era ella la que lo cambiaba porque lo que estaba evolucionando era ella misma. Empezaba a vivir realmente su propia vida, empezaba a ser ella misma, empezaba a ser algo más que una muchacha a la que criaban y que crecía… ya no lo era… era una mujer incipiente que empezaba a tomar conciencia de su ser, su vida… y tras esto ya era aún más consciente de ello.

No andaba un nuevo camino, transformaba su propio camino.