Por Amelia Valcárcel

Su intervención se centró en los conceptos Salud y Poder porque como ella expresó… “son dos términos que no se suelen unir, pero están profundamente vinculados. Son parte de lo que Kant denominó “la metafísica de las costumbres”, es decir, qué cosas incondicionadas se producen en la manera en que funciona el artilugio que nos hace mujeres. Por tanto, lo primero que hay que tener en cuenta es la percepción que Simone de Beauvoir resumió con esa fórmula tan fuerte: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Si alguien no parte de este fundamento, es decir, de que la feminidad es una construcción, es muy difícil que se pueda avanzar ningún paso en el entendimiento de cómo son y se manifiestan las mujeres y en las cosas que les afectan.

Una de las percepciones fuertes que tiene el feminismo del siglo XX es que nos llama a formar parte de un pensamiento vivo que tiene tres siglos y que es contemporáneo estricto del pensamiento de la democracia. En el momento en el que la nueva filosofía política comienza a establecerse en el siglo XVII, en ese mismo momento, nace la articulación teórica de lo que llamamos feminismo. Surge como lo que pretende eliminar o al menos limitar la exclusión de las mujeres de ese nuevo horizonte.

El nacimiento teórico del feminismo lo podemos situar en 1673 por citar lo que se conoce como el primer clásico de la teoría feminista: de la Barre. Las tres grandes olas de feminismo son el ilustrado, el sufragista y el contemporáneo (al que pertenecemos). Y en el gozne en el que pasa del sufragista al contemporáneo, encontramos una figura como Beauvoir con unas formulaciones extraordinariamente lúcidas y eficaces, como la citada anteriormente: “No se nace mujer, se llega a serlo”. Para llegar a ser mujer hay unos dispositivos pedagógicos, digamos, de feminizar. A veces todavía me ocurre que siento cierta incomodidad cuando estoy haciendo la típica cosa femenina y percibo que hay una enorme presión en ese hacer: es el momento de dejar de lado la tarea y recordar que la feminidad no me la he inventado yo.

Porque esa es la cuestión fundamental: la feminidad no nos la hemos inventado nosotras, nos ha venido hecha y puede haber partes del traje que no nos vengan bien, nada bien, en cuyo caso debemos tener la buena disposición de abandonar aquellas partes que nos sean demasiado incómodas, sobre todo ahora que podemos hacerlo. No es tan fácil en sociedades donde no permiten la libertad individual de las mujeres, aquellas en que la posibilidad de romper con lo heredado es escasísima. Piensen en Irán. Últimamente los “ayatolas” han decidido una serie de licenciaturas que las mujeres no podrán hacer, como aprender inglés. La feminidad es una parte administrada del mundo, lo ha sido mucho tiempo. Y ha sido administrada con mucha más crueldad en el pasado. Es decir, tenemos que estar relativamente contentas porque nos ha tocado un mundo en el que, siendo todavía bastante molesto, el traje de la feminidad podemos quitárnoslo de vez en cuando, podemos aumentarlo por donde necesitamos y menguarlo por donde queramos: no es una horma cerrada y estricta. Hemos nacido en un mundo en el que hemos podido usar nuestra libertad individual en muchas ocasiones. O acaso, ¿no recordamos cada una cómo es esa sensación maravillosa de cuando te sientes libre? La sensación de libertad es tan buena que cuando un ser humano la ha vivido no la olvida jamás.

Esto no ha sido fácil, pero nosotras hemos nacido en este momento en que todo parece posible. Naturalmente no es gratis: si queremos seguir en esta disposición vamos a tener que luchar por ella. Pero la verdad es que la libertad de las mujeres tiene muchos enemigos. Uno de los enemigos es la tradición. Somos hijas de la innovación moral, social; somos punta de innovación en casi todas las posiciones que vamos tomando, además una innovación de fondo.

Todos los cambios vinculados a cómo son las sociedades que se trasladan desde el siglo XIX al XX están siempre vinculados a los cambios de posiciones de las mujeres. En este momento tenemos un mundo que parece que es nuestro. Las mujeres más jóvenes creen que tienen un mundo del que disponen, y creen que lo que tienen es libertad. Pero nosotras, mayores y que somos más escépticas, sabemos que la libertad no es exactamente eso. Porque la verdad es que el dispositivo de feminizar apenas ha cambiado. Funciona a su buen ritmo.

El cambio no va delante de nosotras, va detrás de nosotras y si puede tira de nosotras hacia atrás. No vamos persiguiendo un cambio que va marcando el camino. Hay un cambio que se produce cuando nosotras abrimos caminos nuevos. Y abrir caminos no es fácil, pero se pasa muy bien cuando se logra. Y cuando se pasa francamente bien la salud del individuo aumenta.

Hay un nexo evidente entre salud y poder. El primero que lo puso de relieve fue Spinoza. ¿Quién puede sin miedo? Quien tiene poder no tiene miedo. Quien no tiene poder tiene miedo, porque depende de otros: de lo que puedan hacer o no hacer. La salud y el poder están tan vinculados que aquellas personas que están más alejadas del poder tienen peor salud, viven menos, tienen más enfermedades, les duran más las dolencias. Porque ya no estamos hablando de cuáles son las disposiciones individuales, sino de las disposiciones que se dan sobre un grupo entero.

Venimos de ser sexo sumiso, sexo sin poder. La propia disposición postural de las mujeres indica su sumisión. El poder deja marcas en los cuerpos, pero la libertad también. El poder realmente se traduce en salud. Cuando se habla de empoderar a las mujeres eso tiene un significado corpóreo evidente.

Sumisión y temor van de la mano. Es el viejo tema del miedo. No hay ningún sistema de poder sin violencia. Los sistemas de poder lo son, pueden e imperan, porque detrás del poder hay violencia. Ahora bien, cuando la violencia es aceptada no se muestra. Pero la violencia acompaña a todo sistema de poder, incluido el poder legítimo. La violencia se despierta sólo cuando el orden no se respeta. La violencia contra las mujeres no aparece hasta que en alguna parte se produce un punto hemorrágico.

¿Quién es el juez de la feminidad? Por supuesto el colectivo completo de los varones con la ayuda inestimable de una parte del colectivo de las mujeres. Hay individuos que se transforman en jueces de la feminidad y deciden hasta dónde ésta puede llegar en sus pretensiones de libertad y entonces, cuando se traspasan los límites que ponen, aparece la violencia extrema. Lo que ha cambiado, lo que ahora ocurre, es que la violencia ya no está avalada por la sensibilidad moral del conjunto social, pero hasta hace treinta años sí lo estaba y las mujeres no tenían sitio donde marchar para escapar de ella. Ahora sí.

¿Dónde surge la violencia extrema? Donde surge la libertad surge la violencia. Vemos que la libertad es sumamente deseable, aunque peligrosa para nosotras. ¿Qué tenemos que hacer entonces? Conseguir un Estado general de libertad: sólo un Estado político que protege la libertad, te protege de la violencia. Hay que darse cuenta de que la condición femenina es política, es decir, que se desarrolla dentro de los términos políticos y que por lo tanto sus inflexiones son políticas. Hay políticas feministas, en el sentido de que, no sólo hay políticas que puedan favorecer que la mitad de la población tenga mejor a cubierto vida y derechos, sino que hay políticas feministas de fondo, que consisten en querer resguardar a cualquier precio las libertades individuales conseguidas por las mujeres, así como prestar respeto a sus méritos. No es tan difícil de verbalizar, pero esas políticas tienen que ser favorecidas por los Estado en los que vivimos. Lo que ningún Estado tiene derecho es a mantenernos bajo el miedo, bajo ese miedo atávico en el que hemos nacido.

El poder siempre usa la violencia, incluso el poder legítimo, incluso el poder que es autoridad también conlleva violencia. Las mujeres aprenden el miedo en todas partes: el miedo a hablar de más, a no ser suficientemente complaciente, a caer mal, a ser demasiado lista, demasiado tonta, a ser demasiado guapa, a no ser demasiado guapa, etc. Son constantes miedos. Simone de Beauvoir dijo: “la feminidad consiste en un gran número de pequeños lazos completamente tenues pero robustos”. ¿Con cuáles hay que ir rompiendo? Con los que se tengan más a mano, a medida que se los identifica. Sin olvidar que hay miedos profundos, miedos elementales que lo son en primera instancia: el miedo a que te violen, a que te golpeen o a que te maten, ésos no son precisamente lazos tenues. Toda mujer sabe que si sale a donde no debe, si va a donde no debe o si anda con quien no debe, estos tres miedos funcionan.

Rompamos con las hipocresías, de paso que se rompe con los miedos. No nos ocultemos a nosotras mismas cuánto miedo pasamos sin necesidad. El miedo es muy malo para la salud. No hay que pasar miedo sin necesidad. A veces sí, a veces hay que enfrentar situaciones que producen miedo y ante el miedo hay que ser prudente y valiente. Prudente para saber si podemos desafiar la situación y valiente para hacer aquello que nos da miedo, si pensamos que debemos hacerlo.

Pero sufrir miedo por indefensión aprendida, como tantas mujeres sufren, es fatal para la salud. Realmente las mujeres se ven obligadas a vivir una vida en que la seguridad es estar libre de violencia y esa vida no existe. Por eso hablamos del derecho a la vida libre de violencia, para cualquiera, pero para las mujeres especialmente. Hay muchos desafíos que vinculan poder y salud. Yo sé que la mayoría de ustedes están relacionadas con los temas de salud y por eso he pretendido recordarles que nunca olviden que el rostro del poder está detrás de la salud.

Muchas gracias por el interés y la atención que han prestado a mis palabras.

Amelia Valcárcel. Consejera de Estado y Catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED.

Escritora y teórica del feminismo contemporáneo autora de una docena de libros y dos veces finalista del Premio Nacional de Ensayo con los libros Hegel y la Ética (1987) y Del miedo a la Igualdad (1993). Vicepresidenta del Real Patronato del Museo del Prado. Ex-Consejera de Educación y Cultura del Gobierno de Asturias, pertenece a diversos consejos como la Fundación Carolina e Instituto Elcano.