Con motivo del 28 de mayo, Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres, Soledad Muruaga, presidenta y cofundadora de Mujeres para la Salud, ha sido entrevistada por Sabela Rodríguez Álvarez, periodista del medio digital Infolibre. En el artículo, Soledad Muruaga pone de manifiesto que los procesos de salud y de atención son distintos para hombres y para mujeres, y que la esperanza de vida de las mujeres es mayor, pero la calidad peor y con más enfermedades crónicas por factores psicosociales de género. Son estas diferencias biológicas y culturales, marcadas por patrones de vida con una distribución de género clarísima, como dobles o triples jornadas laborales, cuidados de personas dependientes…, las que originan las diferencias en el sistema sanitario y la violencia contra las mujeres desde este ámbito.

Asimismo, recuerda que la violencia es también un factor fundamental que determina la salud de las mujeres y que tiene un claro factor de género, puesto que las mujeres soportan una carga de violencia estructural, sexual, psicológica y de muchas otras formas que tiene repercusión en su salud.

A continuación te dejamos una reproducción íntegra de este interesantísimo artículo publicado en Infolibre. ¡No dejes de leerlo y de comentarnos qué te parece!

La violencia contra las mujeres ataca también desde el sistema sanitario

  • Este lunes se celebra el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres
  • Según la OMS, la perspectiva de género sirve para «determinar cómo difieren los resultados, experiencias y riesgos sanitarios entre hombres y mujeres»
  • Guillermo González, presidente de la Federación de Planificación Familiar, explica que «hay una jerarquización en cuanto al sesgo de salud que favorece la patología masculina»

Sabela Rodríguez Álvarez
srodriguez@infolibre.es @SabelaRulinha
Publicada el 28/05/2018 a las 06:00 Actualizada el 27/05/2018 a las 16:30


La desigualdad que sufren las mujeres por el simple hecho de serlo se manifiesta de diversas formas y se adapta a diferentes ámbitos. Si bien se presenta como uno de los más sutiles, el de la sanidad es también uno de los terrenos donde de manera más sangrante las mujeres sufren las consecuencias de una desigualdad que las relega a un segundo plano. Este lunes 28 de mayo se celebra el Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres, fecha fijada por la Red Mundial de Mujeres por los Derechos Sexuales Reproductivos en mayo de 1987.

Entender la situación de las mujeres en el sistema sanitario requiere de una mirada de género. Pero, ¿en qué consiste el enfoque de salud pública basado en el género? La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo explica aludiendo al «reconocimiento de las diferencias entre el hombre y la mujer». Estas diferencias, explica el organismo, sirven «para determinar cómo difieren los resultados, experiencias y riesgos sanitarios entre hombres y mujeres». Las relaciones desiguales entre ambos géneros y el poder masculino hacen que, de forma general, «la mujer se encuentre en condiciones de inferioridad en la familia, la comunidad y la sociedad», de modo que tiene «un menor grado de acceso a los recursos y de control sobre los mismos, y un menor peso que los hombres en la toma de decisiones». Todos estos factores, indica, «han llevado a restar importancia a la salud de la mujer y a no prestarle la debida atención».

Las particularidades fisiológicas de las mujeres derivan necesariamente en diferentes síntomas respecto a los hombres y diferentes reacciones a los tratamientos sanitarios. El problema surge cuando la información, atención y diagnósticos se basan fundamentalmente en protocolos diseñados por y para hombres. El ejemplo más claro de ello es el del infarto. Tal y como escribe Nuria Varela en su libro Feminismo para principiantes (Ediciones B), «la distorsión del androcentrismo y sus terribles consecuencias» se dan en ciencias como la medicina, y cita este ejemplo: «Popularmente, es de todos conocido que los síntomas de un infarto son dolor y presión en el pecho y dolor intenso en el brazo izquierdo. Pero no es tan popular que éstos son los síntomas de un infarto ¡en un hombre! En las mujeres, los infartos se presentan con dolor abdominal, estómago revuelto y presión en el cuello».

Esto produce no sólo retrasos o confusión en los diagnósticos, sino que aumenta el riesgo de sufrir consecuencias graves a raíz de un infarto. Las mujeres tienen, de hecho, un 50% de probabilidades de fallecer por su primer infarto, mientras que dicha posibilidad se reduce a un 30% en el caso de los hombres, según la Fundación del Corazón de la Sociedad Española de Cardiología.

El médico y sexólogo Guillermo González, presidente de la Federación Estatal de Planificación Familiar, explica en conversación con infoLibre que «hay una jerarquización en cuanto al sesgo de salud que favorece la patología masculina», por lo que «sigue habiendo un trato desigual». Se impone, por ello, «una necesidad de que la visión de género se aplique, porque actualmente se está minimizando la salud de las mujeres y magnificando la masculina» y si «invisibilizamos una parte del género estamos evitando una parte de la humanidad».

A su entender, es importante comprender, en primer lugar, que «las investigaciones farmacológicas se hacen muchas veces sobre protocolos masculinos en los que hay grandes diferencias, luego hay sesgos de interpretación sintomatológicos». Además, añade el médico, «las dosis farmacológicas se están aplicando de manera uniforme a hombres y mujeres, cuando sabemos que la biodisponibilidad de muchos fármacos y su distribución es diferencial».

Soledad Muruaga, psicóloga, activista feminista por la salud integral de las mujeres y presidenta de la Asociación de Mujeres para la Salud, sostiene que «los procesos de salud y de atención son distintos» y de hecho «la esperanza de vida de las mujeres es mayor, pero la calidad es peor y con más enfermedades crónicas por factores psicosociales de género». Muruaga menciona, por tanto, no sólo las diferencias biológicas sino también las culturales, marcadas por «patrones de vida con una distribución de género clarísima». Las condiciones de vida de las mujeres, añade, pasan por «dobles o triples jornadas y cuidados de personas dependientes que, en conjunto, perjudica mucho su salud y aumenta el riesgo de enfermedades crónicas». González se refiere también a esta cuestión clave: «La mujer sigue ocupando el papel de cuidadora y muchas veces no cuidada», de forma que «si está pendiente de toda la salud familiar, difícilmente podrá atender a la suya».

Irene Muñoz, asesora jurídica de la Confederación de Salud Mental, cree que «atender de manera específica la salud de las mujeres implica una previa comprensión y asunción de que el hecho de ser hombre o mujer y las construcciones sociales asociadas a serlo constituyen factores esenciales a la hora de medir y hacer frente al impacto que tales factores tienen sobre la vida y salud de las personas». Concretamente, agrega, «las mujeres se encuentran inmersas en sistemas socio-sanitarios que no han sido diseñados para ellas y que, además, están orientados únicamente a tratar síntomas».

Existe asimismo otro factor fundamental que determina la salud de las mujeres: la violencia. Según la OMS, «la violencia contribuye a que la mala salud se prolongue durante toda la vida –especialmente en el caso de las mujeres y los niños– y a una muerte prematura, puesto que muchas de las principales causas de muerte, como las enfermedades coronarias, los accidentes cerebrovasculares, el cáncer y el VIH/sida, están estrechamente vinculadas con experiencias de violencia».

La violencia, añade Muruaga, «tiene un claro factor de género» porque las mujeres soportan «una carga de violencia estructural, sexual, psicológica, que tiene repercusión en la salud». La ansiedad y la depresión, dice, «son casi el triple en mujeres, y no por causas biológicas, sino situacionales». La asociación que dirige la psicóloga, de hecho, ha acuñado el término «depresión de género» para explicar «por qué existen tantísimas mujeres con más depresiones». «Hay una serie de cuestiones que tienen que ver con trabajo de los cuidados o las maternidades patriarcales, aspectos que desgastan a las mujeres por cómo están tratados», sostiene la experta.

Salud sexual y reproductiva

En cuanto a los derechos sexuales y reproductivos, aunque «el Estado ha adoptado medidas dirigidas a garantizar» este tipo de derechos, «persisten serias fallas en su financiamiento e implementación», según indican en un informe sobre derechos económicos, sociales y culturales una treintena de organizaciones de la sociedad civil. En este sentido, «la reforma sanitaria y la política de ahorro» han tenido efectos en el disfrute de los derechos sexuales y reproductivos, especialmente respecto a las mujeres de bajos ingresos.

La Ley orgánica 2/2010 de salud sexual y reproductiva junto al Real decreto ley 16/2012 «han generado impedimentos burocráticos y temporales que han obligado a muchas mujeres a asistir a clínicas privadas para lograr la interrupción voluntaria del embarazo» lo que se suma a la objeción de conciencia del personal sanitario. «Sólo el 11,72% de las interrupciones voluntarias del embarazo se realizaron en la red sanitaria pública en 2015», según el Ministerio de Sanidad. También el copago farmacéutico, apuntan, «ha afectado al disfrute de los derechos sexuales y reproductivos» ya que «se ha reducido el número de anticonceptivos financiados» por la sanidad pública.

En el contexto de la desigualdad y las carencias del sistema sanitario español, se encuentra un tipo de violencia a menudo silenciado: la violencia obstétrica. Se trata del conjunto de malas prácticas que vulneran los derechos de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo en la atención de los procesos de embarazo, parto y postparto. Respecto a ello, Guillermo González apunta que este tipo de violencia engloba aquellas situaciones en las que «no se espera la intervención del parto como se debiera» y se abusa de determinadas prácticas, como las cesáreas o las epistomías. «Muchas mujeres quedan muy dañadas por las prácticas, con cicatrices dolorosas o incontinencia en muchos casos» a consecuencia de «intervenciones que posiblemente podían ser evitables».

El motivo por el que se producen tales situaciones, estima el médico, no es tanto una cuestión de falta de información, sino más bien de ausencia de empoderamiento. «Una mujer en una situación de vulnerabilidad, como un inminente parto, se encuentra en total indefensión, casi agradece cualquier intervención», afirma González. Las mujeres, agrega, deberían poder realizar una exposición previa sobre «cuál sería su deseo a la hora de alumbrar», pero se trata de «derechos que se consideran casi como frívolos», apunta el especialista, quien recuerda que en un primer momento «las epidurales se consideraban poco menos que un lujo» debido a la idea extendida de lo inevitable del dolor en los partos. Muruaga coincide en que la violencia obstétrica tiene que ver con «intervenciones del personal médico muy invasivas que no dan protagonismo a las mujeres, llegando en ocasiones a maltrato en diversos grados».

También durante la menopausia se encuentran las mujeres con poderosas barreras. «Es verdad que el ciclo hormonal puede conllevar síntomas un tanto llamativos, que habría que abordar con los medios que tenemos, pero se ha patologizado tanto que hay alrededor un comercio increíble de productos para evitar lo que es un episodio sintomático en condiciones totalmente normales en la mayoría de los casos», lamenta el médico. Si bien pueden existir casos puntuales con determinadas complicaciones, la menopausia ha pasado de ser un proceso natural a prácticamente una enfermedad. «Si se educara previamente nos encontraríamos con muchas menos patologizaciones», opina González.

El estigma de la salud mental

La salud de las mujeres y la violencia que se ejerce contra ellas desde el sistema sanitario no se reduce únicamente a lo estrictamente físico, sino que la salud mental forma una parte importante del problema. El Informe sobre el estado de los derechos humanos de las personas con trastorno mental en España, elaborado por la Confederación de Salud Mental en el año 2017, lamenta que la perspectiva de género «continúa siendo una asignatura pendiente» y, de hecho, «no se cumplen los estándares internacionales» de modo que ese enfoque «continúa excluido», lo que no sólo «perjudica la consecución del objetivo de igualdad de género», sino que además «condiciona el efectivo ejercicio de otros derechos fundamentales». La confederación constata una evidente falta de formación en dicha materia, lo que hace que las vulneraciones de derechos se expresen de forma cruda y de forma velada a partes iguales, «pero siempre de manera continuada y contribuyendo a la consolidación y aumento del estigma».

Durante el año 2017, la confederación atendió un total de 157 demandas, de las cuales un 27% fueron efectuadas por hombres y un 73% por mujeres. Las vulneraciones que relata el organismo en su informe son varias, y van desde la ausencia de recursos de acogida específicos para las víctimas de violencia de género con trastorno mental hasta la existencia de abusos sexuales y otras formas de violencia en lugares de custodia de personas con problemas de salud mental.

Irene Muñoz explica que «las mujeres con problemas de salud mental –discapacidad psicosocial–, además de sufrir el estigma que empapa todas las esferas de nuestra sociedad, son vulnerables a diferentes tipos de violencia, lo que constituye un factor de riesgo adicional para su salud mental». En el caso de la violencia de género, «las mujeres con problemas de salud mental tienen mayor dificultad para interponer denuncias debido a la estigmatización que sufren, lo que conduce por lo general a que no sean creídas o, incluso si llegaran a serlo, se enfrentan a graves impedimentos a la hora de acceder a los recursos de acogida». Muñoz recuerda que, según un estudio realizado por la Federación de Euskadi de Asociaciones de Familiares y Personas con Enfermedad Mental (Fedeafes), el 75% de la mujeres con problemas de salud mental han sufrido violencia en el ámbito familiar o en su pareja en algún momento de su vida y el 40% de las mujeres con un trastorno mental grave han sido víctimas de violencia sexual.