Rosario Segura, vicepresidenta de Europa Laica

Aunque el título de este escrito pueda resultar chocante, espero que al término de su lectura se comprenda su sentido, que lo tiene.

En primer lugar, y utilizando las definiciones de Europa Laica, señalaría que el término laicidad viene del vocablo griego laos, que designa al pueblo entendido como unidad indivisible, referencia última de todas las decisiones que se tomaban por el bien común.

El laicismo recoge ese ideal universalista de organización de la ciudad y el dispositivo jurídico, que se funda y se realiza sobre su base. La laicidad del Estado se fundamenta en la idea de concordia de la humanidad, potenciando lo que nos une y no lo que nos separa.

Este principio se realiza a través de la neutralidad y separación del Estado de las distintas opciones religiosas. Si la laicidad organiza la emancipación mutua de las instituciones religiosas y del Estado, el laicismo evoca el movimiento histórico que la hace posible. Siguiendo con este marco conceptual, tendríamos que decir que los elementos básicos del laicismo son la libertad de conciencia, la búsqueda del bien común como única razón de ser del Estado y la igualdad de trato de toda la ciudadanía, siendo este último aspecto el que más nos interesa en esta ocasión.

Erich Fromm reformula la conocida frase latina y nos propone Mens sana in societate sana. Por su parte la Organización Mundial de la Salud estableció, en 1946, que la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social; y no solo la ausencia de enfermedad o dolencia, incorporando la salud mental como uno de los elementos constitutivos de ésta.

Deslizándome hacia la lógica que pretendo, utilizaré una definición de salud mental comúnmente aceptada que la determina como un estado de bienestar en el cual la persona es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad.

Otra definición habitual establece que, “…es la capacidad de las personas y de los grupos para interactuar entre sí y con el medio ambiente, como modo de promover el bienestar subjetivo, el desarrollo y uso óptimo de las potencialidades psicológicas, cognitivas, afectivas, relacionales, el logro de las metas de SALUD MENTAL individuales y colectivas, en concordancia con la justicia y el bien común.”

A partir de estas dos definiciones podemos concretar los elementos de la salud mental: bienestar, consciencia de las capacidades personales, aportar a lo común, trabajar de forma productiva. Para cada uno de estos ítems tendremos que reflexionar sobre varias cuestiones:

Respecto del bienestar, la discriminación sexista y la violencia de género en ocasiones nos hacen la vida muy difícil a las mujeres. Sobre la consciencia de las capacidades personales, tenemos que recordar que hay una clara preponderancia social de los modelos masculinos como más positivos y que generan mayor autonomía personal, teniendo las mujeres que hacer una construcción de la “feminidad” alrededor de la carencia. De nuestra aportación a lo común, se hace invisible el trabajo no formal que venimos resolviendo desde los albores de la Humanidad en virtud de la atribución del espacio doméstico a las mujeres que se ha cuestionado a lo largo del siglo XX y que ha supuesto en realidad la “doble jornada” que todas conocemos. Por último, sobre el aspecto trabajar de forma productiva, como acabo de decir las mujeres se han incorporado al trabajo formal, pero se constatan dificultades y discriminaciones de acceso y permanencia en el mercado de trabajo.

Por lo tanto, creo que se puede afirmar, a través de estas elementales premisas, que la salud mental de las mujeres recibe muchos “ataques”, ya que no se reconocen sus capacidades, se les somete a tensiones y agresiones, simbólicas y/o físicas, no se reconoce su trabajo informal y se devalúa el formal y sus contribuciones a la comunidad son minusvaloradas.

Creo que ha llegado el momento de establecer la relación que pueda haber entre las anteriores afirmaciones y la necesidad de una sociedad laica y, tengo la impresión de que no será difícil comprenderla.

La pregunta sería, ¿cómo se difunde y perpetúa el patriarcado? Y esbozando una respuesta, podríamos decir que entre otros elementos y, seguramente, con valor preeminente, a través del sistema educativo y de generación del conocimiento. Matizando más, tenemos que señalar los elementos estructurales que contribuyen a la construcción de ese sistema de discriminación y nos encontramos, sin mayores esfuerzos, con los grandes relatos contenidos en las religiones monoteístas.

¿De qué hablan esos relatos?, entre otras metáforas, de la sexualidad, de la pérdida del Paraíso por culpa de Eva, de la maternidad sin sexo, de la sumisión de las mujeres, de que éstas no pueden tener responsabilidades en su estructura, de muchas situaciones en las que se trasmite el mensaje de su diferencia discriminada.

En conclusión, una sociedad donde las mujeres se benefician de leyes que aumentan y protegen sus derechos, donde los discursos misóginos y discriminatorios son eliminados, se construye necesariamente en un contexto de separación del Estado y las creencias religiosas: un Estado laico que se articula en función de los valores contenidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

 

Rosario Segura. Vicepresidenta de Europa Laica. Jefa del Servicio de Gestión de Estudios del Instituto de la Mujer.

Representante de España en el Grupo de trabajo sobre “El papel de las mujeres en la economía”, de la Dirección de Empleo, Trabajo y Asuntos Sociales de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico. Integrante del Eje temático para la elaboración del Plan Nacional de I+D+i 2008-2011. Experta en Políticas de Igualdad. Cuenta con numerosas publicaciones.