Por María Gil, usuaria del Espacio de Salud Entre Nosotras

Para Edurne, mi sherpa en el proceso.
Para todas las personas que me apoyaron sin condiciones en mi largo proceso.

Antes de comenzar la terapia, después de terminar la terapia. Cómo estaba cuando decidí buscar ayuda, cómo estoy ahora, una vez pasado un proceso de curación que ha durado más de un año.

Pues no sabía muy bien cómo describirlo, cómo describirme, hasta que vi el episodio número 3 de la serie de Modern Love, ¿la has visto? En una de las primeras escenas de este capítulo, el personaje que interpreta Anne Hattaway está en un supermercado: su objetivo, comprar melocotones. Aparece aquí como una mujer poderosa, segura de sí misma, feliz, con un vestuario de lentejuelas y pieles, un pelo pelirrojo reluciente y una sonrisa enorme. Ella es la estrella de su propio musical, la vida le sonríe y consigue lo que se propone.

Pocas escenas más adelante, esa misma mujer empoderada y feliz, aparece llorando sin poder parar, sin ganas de hacer nada, abatida, triste, con la sensación profunda de no poder hacer nada con su vida, más que dejar que pasen los días, cumpliendo con lo mínimo para sobrevivir.  Pues así estaba yo. Ése era mi yo “antes de comenzar la terapia”.

Antes de comenzar la terapia en Mujeres para la Salud, yo tenía una vida elegida que desde fuera se podría ver como maravillosa: marido, hijos, trabajo estable y motivante, sin problemas económicos, y una vida social muy cómoda. A nivel personal, yo proyectaba lo mismo que el personaje de Anne Hattaway: seguridad, entusiasmo, conformidad con mi vida. Y, sin embargo, todo eso cambió. Hubo detonantes que se gestaron durante mucho tiempo, meses, años; otros, saltaron como una chispa en un momento determinado. Empecé a sentirme infeliz con la vida que tenía, había cosas que no me llenaban en ella, y, de repente, mi existencia tranquila se convirtió en un tsunami emocional. Pocas cosas encajaban en mi vida y yo me sentía como una extraña en ella. Mi pareja se había convertido poco a poco en mi compañero de piso, mis hijos se alejaban enormemente del estereotipo de bebés felices y regordetes que venden en los anuncios de pañales (y yo, del de madre gallina, feliz y realizada sólo por el hecho de tener hijos), había muchas cosas en mi trabajo que me frustraban y no sabía manejar, y las personas que conformaban mi vida social en realidad no eran mis verdaderos amigos. De repente, me vi envuelta en una sensación de irrealidad. Y yo, que era una persona entusiasta, echá p’adelante, que jamás se rendía ante ningún problema, divertida, alegre, me convertí en la otra cara de la moneda: me encerré en mí misma y dejé prácticamente de hablar. Cada día, sentía que me hundía más y más, la sensación de ahogarme era prácticamente constante. Pero decidí luchar, salir a la superficie. Decidí separarme, decidí tomar un camino complicado, un camino de ruptura no sólo con mi marido, sino con los prejuicios de mi familia, de la sociedad. Que supone cuestiones tan dolorosas como tener que enfrentarte como mujer a hacer cálculos de tus cuentas para ver si puedes sobrevivir con lo que tienes, al dolor que crees que les producirás a tus hijos por no proporcionarles un modelo clásico de familia, al sufrimiento de asumir que has querido mucho a tu pareja, pero que ya no la quieres más.  Sentimiento de culpa, de que algo no va bien dentro de ti, porque lo tenías todo y ahora quieres romper con todo ello, “sólo” porque has dejado de querer a alguien. Primera fase: tomar la decisión.

Y salí por primera vez: ejecuté, se lo dije a mi pareja, a mis hijos, a mi familia. Me separé. Y siguió el dolor, ahora diferente: dolor por el cambio, por los miles de cambios. Empecé a sentirme mejor porque sentía que avanzaba, porque había tomado la decisión y porque se hacía realidad. Llegué a estar eufórica, pensaba que era feliz. Y, sin embargo, no estaba todo conseguido. Vinieron los reproches, las personas que me juzgaban, las que dejaron de invitar a mis hijos a los cumpleaños, las que dejaron de hablarme porque tomaron partido por mi expareja, las que se echaron las manos a la cabeza porque estaba cometiendo un sacrilegio, porque según ellas, lo único que me pasaba es que: “vas a cumplir los cuarenta, estás aburrida, y tienes ganas de salir otra vez” (entre otros maravillosos comentarios…). Así que, de nuevo, ahogo en ese mar profundo, y yo que pensaba que había pasado lo peor, no había tenido en cuenta que estaba débil para aguantar la dureza de sentirme juzgada con tanta severidad. Empezaron así los días de llorar sin parar por sentirme tan incomprendida, tan poco arropada, tan rechazada por muchas personas. Segunda fase: empezar a vivir con la decisión.

Pero salí por segunda vez. Por mi carácter luchador, porque siempre he salido adelante. Empecé a ver que mi nueva situación tenía ventajas, que podía salir más, que tenía tiempo para mí. Que ya no tenía que vivir con la angustia de entrar en la cama con alguien que se había vuelto un desconocido. Y sentí que empezaba a dominar la situación: salir, divertirme, ver Master Chef un sábado por la mañana sin sentir que tenía a la vez que coser un botón o planchar una camisa. Parecía que ya, que había pasado todo. Pero no, aún no estaba todo. En realidad, llegaba el momento crítico y yo no lo sabía, no pude prepararme para ello. Cuando pensaba que ya estaba todo conseguido, que por fin lo había logrado, llegaron las cosas con las que yo no contaba: hacer nuevos amigos, salir de mi zona de confort y volver a tomar el pulso a cómo conocer a nuevas personas, distintas a mí, muy distintas, querer gustar y a la vez no hacer cosas que no quieres hacer (ni con 16 años me resultó esto tan difícil); hacer frente a la infinidad de pequeñas cuestiones a resolver sola, no contaba con que arreglar el coche y tratar con los mecánicos del taller pudiera ser una tarea que me pudiera provocar el llanto más profundo; volver a ligar, puf, qué difícil esto, cómo han cambiado las cosas, qué vulnerable era en este punto, sin yo saberlo; y la estocada final “mamá, ¿pues sabes que papá tiene novia?”. ¿Cómo pudo afectarme tanto todo esto? Ahora lo veo como algo totalmente comprensible, como un duelo que hay que pasar, como un reajuste vital ante un profundo cambio. En aquel momento, no entendía nada. Sólo sentía dolor, hundimiento, ahogo, insomnio, me sentía pequeña y sin fuerzas para nada. Tercera fase: pasar el duelo.

Y no pude salir esta tercera vez, no sin ayuda quiero decir, estaba sumamente débil, vencida. Cuando tomé la decisión de buscar ayuda, cuando tuve la inmensa suerte (sin saberlo) de dar con Mujeres para la Salud, cuando me puse en manos de Edurne, estaba más hundida que nunca. Pero al menos di el paso. Durante más de un año, sesión tras sesión, trabajamos duramente mi dolor, empezamos un proceso curativo pero doloroso, y al menos en mi caso, largo. Hubo sesiones duras, trabajos exigentes, risas, llantos, volver a hablar una y otra vez sobre todas estas cuestiones. Plantearme las preguntas, ir dando respuestas. Sentir, no pensar, qué difícil esta parte. Aceptarme como mujer, no como superwoman, hacerme dueña de mi destino, empoderarme, volver a salir. Adoptar decisiones difíciles: por ejemplo, tomar antidepresivos durante un tiempo, distanciarme de mis emociones para así cambiar mis reacciones, mis miedos, dejarlos de lado, y atreverme por fin a hacer las cosas de otra manera, a mi manera. Adquirir serenidad. Y de repente, un día, sin saber cómo ni por qué, todo hizo click de nuevo. Volví a sentirme yo, a sentir esa paz vital, a estar a gusto en mi piel, dejé de llorar cada día, empecé a ser consciente de todo el aprendizaje, empecé, simplemente, a sentir de nuevo en positivo. Como el personaje de Anne Hattaway en la escena final. Montando en bici con una sonrisa gigante por las calles de Nueva York, hablando de su nuevo yo, construido a partir del anterior y de todas sus vivencias, y de las personas que la acompañaron durante su recuperación, y que creyeron en ella, de las pastillas de colores, de la aceptación. En definitiva, de que se puede salir.

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