¿Es internet un lugar seguro para las niñas y adolescentes? Según los datos de la Fundación Anar, la tecnología está implicada en el 44% de los casos de violencia contra las menores, y la tendencia ha crecido un 82% desde la pandemia. Además, ocho de cada diez adolescentes víctimas de violencia de género la sufren por un canal tecnológico, y en el caso de la violencia sexual, en 2023 la Fiscalía General del Estado advertía del aumento del aumento exponencial de la violencia sexual entre menores en los últimos años.
El uso de Internet es una práctica mayoritaria en los jóvenes de 16 a 24 años, con un 99,7% en los hombres y un 99,8% en las mujeres (INE, 2022). Nueve de cada diez mujeres jóvenes utilizan las redes sociales para comunicarse, mayoritariamente WhatsApp e Instagram, con más del 90 % de usuarias en cada plataforma. YouTube es la primera red social que empiezan a usar las jóvenes, y dos de cada tres lo hacen antes de los 12 años (Instituto de las Mujeres, 2022). Pero más allá de los números, es decir, de la evidencia de la digitalización de la sociedad, y de las jóvenes y las niñas como usuarias activas de las mismas, debemos plantearnos por qué internet se ha convertido en un espacio profundamente desigual y violento contra ellas y por qué no se está actuando en consecuencia, pues la violencia digital contra las niñas y adolescentes tiene graves consecuencias en las vidas, la salud y el desarrollo de quienes la sufren e impide además usar las redes en condiciones de libertad y seguridad.
No podemos -ni como profesionales, ni como familias, ni como feministas- permanecer ajenas a un fenómeno que durante demasiado tiempo ha permanecido como una “tarea pendiente” dentro de la lucha contra las violencias machistas y también en el marco de la violencia contra la infancia. Y, sobre todo, es necesario relacionar ambos hechos, porque la violencia digital se ceba con las niñas y con las jóvenes y es la manifestación más común de violencia machista que se ejerce contra ellas. Tomar conciencia de esta violencia, de sus formas y manifestaciones y también de sus victimarios, es decir, de quiénes las ejercen, es imperativo para poder abordarlas desde y con las infancias y las adolescencias y exigir medidas a las administraciones, a los centros escolares o a los servicios de intervención con menores, sensibilizar y actuar contra ellas y reparar también el daño a sus víctimas. A su vez, apoyar las redes feministas digitales y los espacios de toma de poder y de alianzas e incidencia en la red es igualmente importante: internet, la red, es también nuestra y disputarla desde el feminismo la mejor forma de ganar terreno al patriarcado digital.
Existen ejemplos recientes en nuestro país que prueban las muy diferentes formas en las que esta se despliega. Podemos pensar, por ejemplo, en los recientes casos de “deepfake” digital contra las menores ocurrido en Extremadura, en los que se utilizaba la Inteligencia Artificial para recrear pornografía con rostros de esas jóvenes. Otro ejemplo muy reciente en los medios es el caso de los deportistas canteranos que difundieron grabaciones sin consentimiento de relaciones sexuales con menores de edad. Y sin salir de España, podemos recordar también las últimas cifras en torno al acceso ilegal, pero no controlado y en aumento de menores a redes sociales que funcionan como plataformas de prostit tal como OnlyFans o SugarDating y que son como “alternativas libres” para obtener di mente funcionando como redes de captación INCIBE, (El Instituto Nacional de Ciberseguri tía en 2022 del peligro de que las menores se registren en OnlyFans a la hora de sufrir acoso y abuso sexual ‘online’. Fenómenos como el ‘sugar daddy’ están normalizando que una adolescente mantenga una relación con un hombre mayor que ella, y que se legitime como “empoderante” en muchos discursos culturales.
Volvemos a las cifras para comprender el impacto de esta violencia en las niñas, adolescentes y jóvenes: el estudio Mujeres jóvenes y acoso en redes sociales, publicado en 2022 por el Instituto de las Mujeres, revelaba que casi la mitad de las mujeres jóvenes encuestadas se ha sentido alguna vez ofendida, humillada, intimidada, acosada y/o agredida en las redes sociales. Esta violencia tiene una clara naturaleza sexual: la mayoría de los mensajes de los agresores, un 56,2 %, son de carácter sexual e intimidatorio y en un 53 % se refieren a la divulgación de fotografías, sexualmente explícitas, sin el consentimiento de la víctima. El 44% de las agresiones se producen además por medio de insultos, amenazas, burlas o mensajes hirientes tras la negativa de una mujer a los deseos del hombre.
En el caso de la infancia, el 84% del total de los casos denunciados en 2022 de delitos sexuales a través de Internet tienen como víctimas a niños, niñas y adolescentes. El anexo sobre online grooming que acompaña al último informe de Save The Children, titulado Por una justicia a la altura de la infancia: Análisis de sentencias sobre abusos sexuales a niños y niñas en España, (octubre de 2023), concluye que en casi la mitad de los casos de abusos sexuales contra la infancia a través de Internet el agresor es una persona desconocida y en el 95% de los casos, sin antecedentes penales.
Según esta misma ONG, en su estudio Violencia viral, los datos confirman que las niñas sufren esta violencia en mayor grado: según sus datos, 529.425 jóvenes sufrieron ciberacoso antes de los 18 años, afectando más a las niñas y adolescentes, que serán adultas cuya vida ya se ha visto afectadas y mediadas por esta violencia y por sus consecuencias en la salud física y mental, en el desempeño educativo o profesional y en las relaciones con su entorno: estigmatización, daños a la reputación, una menor productividad, efectos negativos sobre la salud mental y el bienestar psicológico, aislamiento tanto en el mundo virtual como en el mundo real, etc. (UNFPA, 2022). Consecuencias a las que las administraciones públicas y las y los profesionales estamos llegando tarde.
La falta de conocimiento y perspectiva de género a la hora de abordar este problema lo ha convertido a menudo en un “elefante en la habitación”: al suceder en un entorno virtual, muchas veces los propios centros educativos no detectan o no contemplan esta violencia dentro de su ámbito de actuación. Ocurre lo mismo en el seno de los hogares, donde existe una evidente brecha de uso y conocimiento en torno a qué contenidos acceden las y los menores y si lo están haciendo en condiciones de seguridad. Y también, en ambos casos converge la problemática de la falta de recursos conocidos a la hora de intervenir una vez se detecta esta violencia, ya que requiere medidas de prevención y de actuación frente al delito específicas y adaptadas al problema.
Además, las evidentes lagunas de regulación de los entornos digitales y la ausencia de perspectiva de género en las políticas de uso y seguridad digital son dos de los motivos por los que hoy esta violencia digital ha alcanzado dimensiones preocupantes. El anonimato, la falta de monitoreo y la facilidad para burlar los mecanismos de seguridad y acceder a plataformas o contenidos y las ineficientes medidas de seguridad que tienen las propias plataformas son algunos de los problemas que han trasladado del debate hasta la Unión Europea, donde se está negociando una directiva que por fin ponga coto a esta violencia.
Probablemente muchas personas hayan sentido ya familiaridad con conceptos como el “grooming” o la “sextorsión”, sin embargo, existen otras muchas formas de violencia machista digital operando en Internet, especialmente, en las redes sociales, pero también en otros espacios virtuales como foros, videojuegos, plataformas de streaming, o a través de la propia publicidad digital. En el siguiente cuadro se recogen algunas de las principales:
FORMAS DE VIOLENCIA MACHISTA DIGITAL
Acoso
Interacciones reiteradas sin consentimiento. (stalking). Conductas de carácter orquestado y/o reiterado que tienen como objetivo agredir, perturbar o intimidar. Pueden tomar forma de burlas (troleo), a discursos de odio o envío de contenido no solicitado (spam), especialmente de contenido sexual.
Amenazas
Envío de contenidos o mensajes agresivos, lascivos o violentos que manifiestan una intención de daño contra la víctima, sus seres queridos o bienes. Destaca el uso del terror sexual y expresiones que lleven o sugieran la violación.
Extorsión
Uso de la manipulación para obligar a seguir la voluntad o peticiones de un tercero ante la amenaza de un daño. A menudo tiene un componente sexual mediante el ejercicio de poder para explotar sexualmente su imagen o cuerpo contra su voluntad (puede implicar la obtención de un beneficio sexual, lucrativo o de otro tipo). (En ese caso, se conoce como sextorsión).
Grooming o captación
Contacto a través de redes de un adulto hacia una menor para establecer relaciones que, mediante engaño, derivan en abusos o explotación sexual. Se basa igualmente en la amenaza de compartir y difundir información o contenido privado de una persona (sexspreading)
Doxxing
Indagación en información personal, así como su difusión en redes sociales, con un componente de acoso y control. Puede incluir el contacto con compañeras/os o familiares para obtener acceso e información sobre una persona.
Desprestigio
Descalificación pública y privada de la trayectoria, credibilidad o imagen a través de la difamación o la exposición de información falsa, manipulada o fuera de contexto. Uso del descrédito e infantilización. Acciones deliberadas para neutralizar o invisibilizar la opinión de una persona de los canales de comunicación (shaming).
Deepfake
Creación de contenido sexual alterando una publicación pornográfica ya existente mediante la aplicación de tecnología deepfake mediante Inteligencia Artificial en los rostros de las víctimas. Se combina con otras formas de violencia digital como el sexpreading y la sextorsión.
Fuente: Elaboración propia a partir de las clasificaciones de De Diego, G. Franco & Zugasti (2020) Adaptación para AMS.
Irene Zugasti-Politóloga y periodista

