En la mayoría de los casos, las criaturas, en los primeros momentos de vida, nos relacionamos prioritariamente con nuestras madres. Las primeras imágenes que se crean en lxs recién nacidxs, se construyen a través de los afectos que reciben de sus madres y, de esta forma, aprenden a amar, odiar, envidiar, tener gratitud…

La función de la lengua materna es la de humanizar a las criaturas en su cultura. Se dice en un idioma, pero en cada uno de ellos, se siente con los sentidos, con el cuerpo y construye afectos, inexistentes al nacer.
Poco a poco, la madre disciplina a la criatura para vivir en el mundo y convertirse en hombre o mujer dentro de lo que impone su cultura. En esta relación, cada niñx interioriza su identidad de género, que continuará construyendo durante toda la vida a través de otras relaciones.

Cuando la recién nacida es una niña, la comunicación entre ambas mujeres (madre e hija), tiene unas connotaciones diferentes a las que establecen las madres con sus hijos varones. Constituye para las hijas el primer modelo de aprendizaje de relación entre mujeres.

Como explicaré a continuación, el modo en que ambas mujeres, madre e hija, interactúen, marcará profundamente las futuras relaciones que establezcan esas niñas con otras mujeres a lo largo de sus vidas.
Crecer significa separarse de la madre y, con el paso del tiempo, la niña se va conformando una conciencia personal de sí misma, a través de un proceso de diferenciación aprende que la madre piensa y siente de una manera y, ella, de otra diferente.
Veamos lo que significa en nuestra cultura patriarcal, ser madres y ser hijas.
Ser madre no es un rol, es una institución, un estado de vida con múltiples roles y funciones. Se suele creer que ser madre es tener hijos e hijas biológicamente, y que quien no los tiene, no es madre. También existe la creencia que cuando ya no viven el padre y la madre, ha dejado de ser hija.

Pero, ser madres significa cuidar y satisfacer las necesidades de “los otros” y, más allá de la procreación, es el género femenino el que es materno. Es una construcción histórica, que las mujeres ejercemos maternalmente en todos nuestros espacios vitales, a través de la amistad, el amor, las profesiones, la militancia, etc.

(Si bien, también es muy cierto que la maternidad se magnifica por el hecho de tener hijas e hijos biológicxs.)

La construcción de la identidad materna la realizamos todas las mujeres durante toda la vida, especialmente con las hijas e hijos que parimos.
Todas las mujeres, desde pequeñas, aprendemos a ser madres de nuestros hermanos y hermanas, de nuestras madres, de nuestros padres, de compañeros y compañeras de clase, de trabajo, de amigos y amigas, de nuestros novios y novias, de los maridos y del mundo mundial….
A partir de esta forma de maternidad patriarcal, a cambio de nuestros cuidado y servicios maternales, las mujeres tenemos la idea de ser dueñas de nuestros hijos e hijas y extendemos este sentimiento a todas las demás personas que maternizamos. En función de querer apropiarnos de ellas, las maternizamos.

Esta forma de relación de posesión del maternaje, nos hace sentir que “cuidándoles” tenemos derecho de propiedad sobre las personas cuidadas.
Sin embargo, a pesar de esta creencia generalizada, las hijas e hijos biológicos, verdaderamente no pertenecen a las madres, son una propiedad del padre, por un pacto social que las mujeres aceptamos de forma inconsciente. Nos hacen creer que las hijas e hijos son nuestros, cuando en realidad son del padre.

La complicidad de las mujeres con esta propiedad del padre es inconsciente, compulsiva y con el fin de ocupar un lugar mejor en la sociedad. Las mujeres vivimos la vida para preservar a los otros. Pero por más compulsivos que sean nuestros servicios y cuidados, esos hijos e hijas, terminan yéndose. El drama materno es estar empeñadas en retenerlos, pero en desmoronarnos cuando se alejan y se van.

Además, en la maternidad, las mujeres somos socializadas paras mostrarnos siempre felices, realizadas, encantadas y gozosas… Sentirse mal con la maternidad no está permitido. Sin embargo, alguna se rebela de manera indirecta, con pequeñas rebeliones cotidianas, incumpliendo alguno de los roles asignados por género (enfadándose, castigando, dejando de limpiar, etc)

Como todas las mujeres somos madres, sea biológica o socialmente, proyectamos a la buena y mala madre en otras mujeres. Somos buenas cuando damos satisfacción a los deseos de las demás y malas cuando no los satisfacemos.
La mayoría de las criaturas internalizan que su madre es una figura fantástica y descubrir que su madre es vulnerable, les genera mucho miedo e incertidumbre. Comprueban que también puede ser “mala madre”, porque castiga, regaña, se enfada y no da todo lo que le piden.

Y, por otro lado, ¿qué significa ser una hija?
Ser hijas es también un estado, es un ser en propiedad.

Según Victoria Sau, la relación patriarcal más opresiva es la relación entre madres e hijas, porque paradójicamente, es la madre quien debe enseñar a la hija a ser oprimida a su imagen y semejanza.

Las mujeres, en tanto hijas, requerimos ser cuidadas para toda la vida como seres vulnerables y requerimos una madre, que puede ser la progenitora u otra persona que desee cuidar de nosotras.

El deseo de la hija es encontrar quién la cuide y el deseo de la madre es tener a quien cuidar. Las mujeres tenemos ese doble deseo de ser cuidadas y tener a quien cuidar. Este es el núcleo del modelo aprendido de la dependencia vital afectiva de las mujeres, y forma parte del sufrimiento entre madre e hija, que se genera porque ambas ejercen de juezas una de otra y, simultáneamente, sienten que el enfado y el reproche no deben ser parte de la relación. Según los ideales culturales, una madre debe ser siempre cariñosa y disponible, y así también debe ser su hija, lo que no es igualmente exigible a los hijos varones para ser aceptados y queridos por sus madres.

A las mujeres, la palabra madre nos evoca sentimientos contradictorios de amor y odio, por el tremendo daño que pensamos que nos hizo nuestra madre en algunos momentos de nuestra vida, aún reconociendo que lo pudo hacer sin quererlo. El resultado de esta compleja relación es una profunda contradicción y que produce mucho dolor, pues sabemos mejor que nadie como agradarnos y herirnos. La opresión en la relación la constituye el ser pares genéricos entre ambas, madre e hija, en constante control y reproches y una opresión basada en la enseñanza de la madre a la hija en dos sentidos:
-Que crezca para los otros
-Que nunca crezca para si misma

Es lo que constituye “la orfandad de género” de las mujeres, orfandad que no la padecen los varones como grupo social.

Cuando las hijas no obtienen la aprobación de sus madres, responden atacándolas o culpándolas. Paradójicamente, los mayores miedos de las hijas son:
-Perder su amor
-La muerte de la madre
-Llegar a ser como ella o repetir sus errores

Así, las mujeres aprendemos a sentirnos culpables cada vez que lastimamos o decepcionamos a alguien, más cuando se trata de nuestras propias madres. Y, simultáneamente se produce un enfado que las hijas dirigen contra sus madres, en lugar de contra las causas sociales que producen las situaciones injustas de la conflictiva relación maternal patriarcal.

Poder crecer, significa poder separarnos de nuestra madre, aprendiendo a cuidar de nosotras mismas, pero el dolor que eso nos causa, no lo podemos resolver en la búsqueda de relaciones afectivas de dependencia con los hombres o con otras mujeres.

El deseo femenino es la fusión, así cuando deseamos a un hombre o a una mujer sentimos el deseo de simbiosis, al igual que una vez hubo con la madre, el deseo de que una persona nos quiera, nos cuide y nos proteja. En otras palabras, queremos que alguien sea “nuestra mamá”.

Muchas de nosotras, nos identificamos y aprendemos de nuestras madres a ser una madre ejemplar y así vamos incorporando trozos de identidad de la figura maternal patriarcal. Con mucha dificultad podemos separar nuestra subjetividad el hecho de ser mujer del personaje que es mi madre, porque todo está unido.

Otras mujeres por oposición a lo vivido, nos construimos en todo lo contrario a como son nuestras madres (No quiero ser como ella).

La mayoría vivimos en identidades sincréticas, confrontadas por vivencias de hechos históricos y, a la vez, influenciadas por nuevas corrientes culturales. Hoy día existen muchas posibilidades de vivir más allá de la maternidad, pero todas la tenemos todavía como referencia de identidad. Incluso las que han decidido no ser madres biológicas, lo tienen que estar decidiendo a diario hasta que dejan de ser fértiles. Aún aquellas que elegimos no ser madres biológicas y pretendemos ser distintas, antipatriarcales, vivimos la maternidad en otros espacios: en la causa, en el activismo. En el trabajo, en las amistades, en las parejas, etc. No es algo que aún esté resuelto para las mujeres contemporáneas.

La pregunta que nos hacemos es: ¿se puedes hacer algo para revertir estos mandatos de género maternales y vivir la maternidad sin culpas y autoculpas?

Estoy convencida de que se puede y se debe hacer. Los cambios a los que podemos aspirar se expresan aprendiendo a ser cada vez “menos madres” y cada vez “menos hijas”. En desarrollar la autonomía, dejando de ser seres en dependencia. Incluso la más autónoma, la más capaz, también debe seguir trabajándose a lo largo de su vida. El círculo vicioso de culpas y controles mutuos se superan desde la parte que tenga más conocimientos, comprensión y generosidad, unas veces serán las madres las que puedan iniciar el cambio y, otras veces, serán las hijas. Es muy difícil, pero posible y, cuando se logra, produce una verdadera revolución contra el patriarcado.

En esta tarea ya están embarcadas cada vez más madres, que saltándose el mandato de controlar a sus hijas, las apoyan y estimulan en su crecimiento, libertad y empoderamiento, de forma similar a como lo hacen con los hijos varones. Y también aumenta el número de hijas que entienden las verdaderas causas sociales de los comportamientos machistas de sus madres, sin juzgarlas, ni odiarlas y sin culparles y responsabilizarles de todos sus males e infelicidades. Entienden que ambas son víctimas de un patriarcado que las enfrenta y culpabiliza de su enfermiza relación.

Con este objetivo, en los talleres terapéuticos, en el Espacio de Salud Entre Nosotras, trabajamos, entre otros, dichos aspectos de la maternidad patriarcal, con el objetivo de alcanzar formas más sanas de experimentarnos como madres y como hijas, mejorando nuestras vidas y nuestra salud mental e integral.

A través de la sororidad entre mujeres, nos acompañamos en el vivir y en el crecer, logrando superar nuestra orfandad maternal y social de género.

Madrid, Jornada de AMS del 28 de mayo de 2019
Soledad Muruaga-Presidenta de AMS