Ellos listos, nosotras listillas, el poder de las etiquetas
Pensamos igual acerca de un niño y de una niña? ¿Les hablamos de la misma forma? ¿Les atribuimos las mismas características? ¿Es lo mismo decir a una niña qué listilla es o qué listo es
este niño?
Que nos refiramos a las niñas como egoístas, criticonas, envidiosas, celosas, manipuladoras, marimandonas, retorcidas o listillas y a los niños como nobles, listos, ingenuos, inocentes o bonachones ¿tiene algún efecto en el desarrollo de su identidad? Esta es la pregunta a la que intentaremos dar respuesta a lo largo de este artículo.
En este caso, tales adjetivos son etiquetas que se utilizan cuando vemos a los niños y las niñas relacionándose entre ellos, son los estereotipos que las personas adultas reforzamos, más a menudo de lo que pensamos, y que son una de las fuentes de información sobre cómo tienen que ser o lo que se espera de ellos y de ellas. Desde diferentes ámbitos (familiar, educativo, los medios de comunicación…) recibimos mensajes diferentes, seamos niños o niñas, que tienen también efectos diferenciales porque refuerzan o castigan conductas o actitudes a veces contrarias para ellos y ellas. Por ejemplo, cuando hablamos de niños listos y niñas listillas estamos haciendo un uso distinto de la inteligencia, reforzando la capacidad intelectual en los niños y minusvalorándola en la niña, puesto que, en éstas, la relacionamos con malas artes para conseguir un fin. Diferentes investigaciones muestran que las niñas, a partir de los seis años, son menos propensas a asociar la brillantez a su propio género y rehúyen actividades asociadas a “niños” inteligentes… En los experimentos, las niñas se inclinaban menos hacia juegos ‘para inteligentes’, pero no se echaban atrás ante actividades ‘para trabajadores’
A una edad tan temprana como los seis años, las niñas se vuelven menos propensas a asociar la brillantez intelectual con su propio sexo y tienden a rehuir las actividades que se cree son para niños ‘muy inteligentes’, indica un estudio de tres universidades estadounidenses. Los investigadores advierten que se trata de una tendencia preocupante, ya que las aspiraciones profesionales de las mujeres se ven moldeadas por los estereotipos sociales de género. Agencia Sinc. *1
Vemos como, en muchos casos, los mensajes y etiquetas que nos llegan cuando somos niñas pueden afectarnos de forma negativa en nuestra auto-concepción. Crear una identidad propia basada en el entrenamiento de nuestras capacidades y habilidades se puede ver afectada sí se espera que las niñas cumplan con las expectativas de género machistas. De igual forma se vería comprometida la seguridad y confianza en nosotras mismas. Todo ello podría tener consecuencias en el desarrollo de nuestras relaciones actuales y futuras.
En el caso de los niños, sin embargo, dichos mensajes pueden generarles una visión de sí mismos positiva, indicándoles que poseen habilidades y capacidades encaminadas a desarrollar una identidad propia de seguridad y de confianza en sí mismos.
Cuando le decimos a una niña que es manipuladora, egoísta o retorcida, no solo normalizamos una imagen negativa de sí mismas, sino que podríamos estar restando importancia a habilidades como el liderazgo, la negociación o la defensa de sus propios intereses. Aspectos todos ellos vitales para su autoestima y fortaleza personal. Os invito a que reviséis las etiquetas que utilizáis cuando os dirigís u opináis sobre las relaciones que establecen las niñas. En muchas ocasiones no somos conscientes, son etiquetas que hemos aprendido y repetimos sin cuestionarnos la influencia que pueden llegar a tener.
Velamos por el empoderamiento de las niñas reforzando de forma positiva sus habilidades de comunicación, su toma de decisiones dentro del grupo de iguales, su capacidad de negociar y convencer priorizando sus gustos y necesidades. Y facilitándoles lugares y espacios donde puedan desarrollar sus capacidades, tanto físicas como cognitivas, para lograr que confíen siempre en ellas mismas generando relaciones saludables.
Los cuentos de la factoría Disney, revistas infantiles, series de televisión o internet son otra fuente de aprendizaje sobre cómo “deben” ser las relaciones entre las mujeres y de las capacidades que se nos refuerzan y critican con sus mensajes. Si analizamos cualquier soporte, ya sean los cuentos tradicionales o las revistas actuales para niñas, el ingrediente principal parece ser la rivalidad. En Cenicienta o en Blanca nieves los personajes femeninos luchan, en la mayoría de las ocasiones, por la belleza, por el amor, sienten celos y envidias … De esta manera se nos muestran dos extremos muy diferenciados; “belleza, bondad, sencillez, sumisión…”, por un lado, y “maldad, vanidad, manipulación, fealdad…” por el otro. Parece que fueran excluyentes, “o te posicionas en uno o en el otro”. No se muestran, sin embargo, posibilidades intermedias en las que se encontrarían aquellas niñas que se relacionan de manera saludable.
Las consecuencias de todo lo aprendido se muestran de diferentes formas. Estar guapas, la preocupación por el físico, pensar si le gustamos o no a los chicos, suele ganar la batalla al desarrollo de otras habilidades y capacidades. Por ejemplo, centrémonos por un momento en la ropa que usan las niñas (muchas veces les impiden disfrutar y desarrollar sus capacidades físicas, bien porque nos son adecuadas bien porque no se pueden manchar). Durante el progreso evolutivo el desarrollo físico y psicomotor, importantísimo para conocer el mundo que nos rodea, esta interrelacionado con aprender a confiar en mis propias capacidades, me hace madurar y confiar más en mí misma/o y en mis capacidades. Si impedimos este entrenamiento en las niñas estamos limitando su autoconocimiento y el desarrollo de sus fortalezas físicas y mentales. También en el uso de los patios escolares se está limitando el espacio que les dejan a las niñas y por lo tanto las actividades que pueden realizar.
En los patios escolares los niños ocupan la mayoría del espacio porque básicamente juegan al futbol, y las niñas se mantiene alrededor de los patios donde mayoritariamente aprenden a estar quietas, sentadas y hablando.
Por lo tanto, estamos privando a las niñas de oportunidades para probarse a sí mismas que sí fomentamos a los niños. Eso sí, podemos encontrar a las niñas hablando de, por ejemplo, sobre de quién les gusta, cuántos hijos van a tener, con quién se van a casar, quién es la más guapa… (temas que me comentó una niña de 9 años), pero sin posibilidad de arriesgar, de medir sus fuerzas, de ser creativas…
Y, ¿qué pasa cuando hay niñas que se salen de la norma? Me refiero a esas niñas a quienes no les gusta hablar de esas cosas, a quienes no les importa tanto la estética, quienes disfrutan de otras actividades. Niñas que son capaces de investigar, de probarse a ellas mismas, aquellas que van más allá de los límites impuestos y que son capaces de desarrollar todas estas habilidades que las permitirán confiar en sí mismas. En general, son niñas a las que se las excluye del grupo, no se las tiene en cuenta. El grupo les quita valor, las mantiene lejos, a veces haciéndoles el vacío y/o “castigándolas” por no mantenerse dentro de lo normativo, dentro de los estereotipos de su género.
Y es que el enfado también se enseña de diferente forma a las niñas y a los niños, y por lo tanto ambos lo manejan y/o resuelven de distinta manera. Empezando porque las razones por las que se enfadan y por la duración del enfado, también difieren en eso. En general, los niños compiten y tienen conflictos relacionados por quién es el más fuerte, mete más goles o hace trampas. Suelen ser conflictos puntuales que resuelven con rapidez. Es raro que los niños tengan enfados que les duren varios días.
Por otro lado, las niñas suelen tener conflictos para gestionar el poder o por ser aceptadas por las demás. La envidia y los celos podían ser las emociones reforzadas y el rencor el impedimento para una rápida reconciliación. Las niñas son capaces de mantener el enfado durante días sin resolver y aun cuando les cree un gran malestar. No se les fomenta los vínculos saludables que permiten alianzas más diversas y saludables.
En definitiva, si no logramos cambiar, las niñas seguirán dudando de su propia valía, aprenderán a relacionarse desde la competitividad por quién cumple mejor con los estereotipos femeninos. Es importante que nos centremos en sus aptitudes y reforcemos sus logros más en este sentido.
Para comprobarlo intentad acabar las siguientes frases:
-Una joven atractiva que sale con un hombre mayor…
-Una jefa exigente se convierte en una mujer…
-Una célebre presentadora de televisión para llegar donde ha llegado…
-Una compañera que logra un ascenso…
Si habéis terminado las frases con características sexuales y/o de aspecto físico… es que todavía nos queda mucho camino que recorrer reflexionando y replanteándonos las relaciones entre las mujeres… y dejando de reforzar los estereotipos sexistas. Podemos tomar conciencia de todo ello y empezar a andar un camino diferente.
Para empezar la andadura os dejo dos citas que os pueden ayudar a empezar:
“La niña, según palabras de Charo Altable, viendo que la sociedad no confía en las mujeres crecerá con desconfianza en sí misma y se atribuirá valores inferiores. Esto es quizás lo que nos lleva a las mujeres a no confiar o fiarse de las otras. En este caso aparece la intriga, del cuchicheo, del pensar y no decir, de la sospecha, y de la intuición en lugar de la demostración, produciéndose en ella la susceptibilidad y la envidia. Esta desconfianza puede acentuarse en la adolescencia e incluso continuar en la madurez” (Carmen Alborch, “Solas” gozos y sombras de una manera de vivir)
Si la definición y valía de una mujer viene marcada por la relación con un hombre y no con por la relación con una misma y el mundo, las mujeres serán para ella las rivales, las otras. (Carmen Alborch “Solas”)
En AMS, en nuestro espacio de salud entre nosotras, trabajamos para construir dicho camino en el que podamos descubrir el propio poder de cada una de nosotras, descubriendo nuestras capacidades y habilidades con el objetivo de cambiar la relación que tenemos con nosotras mismas para lograr modificar y transformar nuestras relaciones con nosotras mismas y con otras mujeres.
*1. https://www.agenciasinc.es/Noticias/Las-ninas-se-creen-menos-brillantes-que-los-ninos-desde-los-seis-anos
Edurne Rodríguez-Psicóloga experta en género de AMS
Autoestima y asertividad, las claves de las relaciones saludables
Cuando hablamos de los efectos de la socialización en la personalidad de las mujeres tenemos que poner especial atención en la asertividad y en la autoestima, dos factores que van a condicionar de forma significativa la manera en que las mujeres nos relacionamos con las demás personas y como no, entre nosotras.
La autoestima es el valor, el aprecio y la consideración que cada persona tiene hacia sí misma. Las experiencias a lo largo de la vida, los mensajes y opiniones recibidas de padres, madres, amigos, personas importantes, etc., la autoobservación de las consecuencias de nuestras conductas y los esquemas de valores que nos van inculcando determinan en gran medida nuestra autoestima. En el caso de las mujeres, la idea que vamos desarrollando sobre quiénes somos y cuál es nuestro valor, y que está directamente relacionada con los criterios culturales que determinan lo que significa ser una “buena mujer” tiene como elementos centrales, la belleza y el “ser para los/las demás”. Así, además de intentar cumplir con los cánones de belleza, para nosotras, un objetivo vital y eje de nuestro bienestar consiste en satisfacer las necesidades de los/las otros/as. Nos convertimos en verdaderas expertas en adivinar qué es lo que quieren cada una de las personas con quienes nos relacionamos y actuamos en función de ello. Lo importante para nosotras es que los demás estén a gusto, “no hay que ser egoísta”, “hay que sacrificarse”, “total, tampoco me cuesta tanto”. Priorizamos a los/las demás por encima de nosotras mismas, de nuestros deseos, de nuestras necesidades. Y con el tiempo, estas últimas, al no atenderlas, se van desvaneciendo hasta llegar a desconocerlas por completo, lo que va a determinar ese rol más bien pasivo que solemos adoptar en muchas de nuestras relaciones personales. Como resultado de este mandato, las mujeres aprendemos a construir una autoestima falsa, basada en el reconocimiento y la aceptación externas, asumiendo que los/las demás esperan de nosotras que seamos buenas, cuidadoras, tolerantes, comprensivas, guapas, limpias, cariñosas, amorosas… es decir que nos comportemos de forma sumisa, disponibles para todos. Y es así como acabamos comportándonos en muchas áreas de nuestra vida, sobre todo en aquellas relacionadas con los afectos, para encajar en el estereotipo esperado. Aprendemos a sentirnos válidas en la medida en que los/las demás se sienten bien con nosotras, en lugar de sentirnos bien a pesar de cómo se sientan los/las demás, que sería la verdadera autoestima. Llegamos a creer que tenemos el poder de satisfacer o hacer felices a quienes tenemos alrededor, pensando que es lo que nos dará valor y nos hará felices a nosotras. Sin embargo, esto no deja de ser otra falacia aprendida, fruto de los mensajes socializadores que nos colocan una y otra vez en una posición de inferioridad y desvalorización con la que nos vamos a ir encontrando repetidamente a lo largo de nuestra vida.
Además, junto con esta falsa autoestima y como consecuencia directa de ella, la forma en que nos socializamos las mujeres va a influir de forma negativa en nuestra capacidad para relacionarnos saludablemente, y nos vamos a encontrar siendo adultas, en su mayoría con falta de asertividad.
¿Y qué es la asertividad?
Una definición general, que podríamos extraer de cualquier manual de habilidades sociales vendría a decirnos que la asertividad es aquel comportamiento que implica la expresión directa, firme y honesta de los propios sentimientos, necesidades, derechos u opiniones, respetando al mismo tiempo los de las otras personas. Esto es algo que nos supone una dificultad a la mayoría de las mujeres, no sabemos ser asertivas y cuando lo intentamos solemos recibir un castigo externo en forma de desaprobación, queja, rechazo (“qué egoísta”), o chantaje emocional, (“¿es que no me quieres?”, “una verdadera amiga sí lo haría”) de las personas de nuestro entorno, que están acostumbradas a nuestra disposición a cuidarles y atenderles cuando nos lo piden, (y también sin pedirlo). Si además, esta definición la complementamos con la perspectiva de género, tendríamos que añadir a esta dificultad general, otras específicas que tienen que ver con el hecho de ser mujeres, como por ejemplo, la creencia de que podemos y debemos llegar a todo y por tanto de que somos multitarea, o el sentimiento de culpa por sentirnos egoístas cuando nos ponemos en primer lugar, o la creencia de que los/las demás nos van a querer más si les ayudamos, o el desconocimiento de nuestras propias necesidades, que nos impide negociar en las relaciones porque no tenemos nada con lo que compitan las necesidades de los/las otros/as.
Ser capaces de hacer un análisis crítico sobre los efectos de la socialización en nosotras mismas nos permite empatizar con las demás mujeres y establecer relaciones de equidad, cooperación, apoyo y buen trato entre todas.
Ambas, falsa autoestima y falta de asertividad nos limitan enormemente en el desarrollo de nuestra autonomía y comprometen nuestras relaciones personales. Así, con los hombres habitualmente establecemos relaciones desiguales, de poder-sumisión. Y con las mujeres, de las que esperamos lo mismo que hemos interiorizado nosotras, establecemos muchas veces relaciones no saludables, de competitividad, crítica, rechazo o desconfianza, en las que tenemos elevadas expectativas, exigimos y nos exigen incondicionalidad, y en las que nos vemos presionadas a estar también disponibles a tiempo completo. No obstante, a pesar de esa aparente incondicionalidad e importancia que le damos a las relaciones de amigas, resulta que estas se vuelven secundarias cuando hay una relación de pareja. En ese momento, pasan a un segundo plano y se dejan de cuidar o de priorizar. El amor de pareja se antepone siempre a cualquier otro tipo de relación. Otra cosa que nos ocurre en las relaciones entre mujeres es que, muchas veces nos resulta difícil gestionar el poder, tanto el propio como el ajeno, y reconocer la autoridad de las demás. Nos cuesta aceptar, criticamos y cuestionamos la autoridad femenina y la asociamos muchas veces a malicia, egoísmo, incluso envidia. Y esto supone otra traba más en el establecimiento de relaciones sanas entre nosotras, algo que es clave para el bienestar y el empoderamiento de todas.
¿Qué hacemos desde AMS para superar las secuelas de la socialización?
A través de la Psicoterapia de Equidad Feminista (PEF), un tratamiento psicológico desarrollado en el Espacio de Salud Entre Nosotras (ESEN) y enfocado específicamente a la recuperación de la salud mental de mujeres, que tiene en cuenta en el abordaje de su malestar, tanto la desigualdad estructural del sistema patriarcal, como los roles de género que adoptamos las mujeres a consecuencia de ella, abordamos estas dificultades empoderando a las mujeres para que sean capaces de tomar sus propias decisiones, de ser cada vez más autónomas, de poner límites, de asumir riesgos, de enfrentarse a conflictos, … y en definitiva, de establecer relaciones de equidad, saludables con todo el mundo, hombres y mujeres. La base de este empoderamiento consiste en fomentar la autoestima y la asertividad de las que, como hemos visto, estamos muchas veces privadas.
Esto se consigue a través de un proceso terapéutico de cuestionamiento personal en el que se facilita el autoconocimiento, la autoaceptación y la autovaloración centradas en una misma y no en el afuera. A través de la terapia, las mujeres van analizando y comprendiendo sus malestares, carencias o dificultades desde la perspectiva de género (origen social), visibilizando, cuestionando y desmontando los mandatos de género, entendiendo la importancia de identificar, atender y priorizar las propias necesidades (hay que hacerse cargo de las necesidades propias y no dejar esa responsabilidad en los/las demás como “pago a nuestros sacrificios”) y reconociendo el propio valor personal y también el valor del resto de mujeres (esto es necesario para establecer relaciones saludables entre mujeres). Se trabaja el reconocimiento y la defensa de los derechos y necesidades propios, pero también de las demás mujeres, de manera que podrán ser más asertivas en sus relaciones, a la vez que entenderán el conflicto o la respuesta negativa por parte de las otras mujeres ante un comportamiento asertivo y en consecuencia, serán más capaces de gestionar y objetivar estos conflictos.
Un objetivo fundamental para el buen funcionamiento de las relaciones en general y de las relaciones entre las mujeres en particular, será respetar la libertad individual, no juzgar y no intentar cambiar a la otra persona; tolerar, comprender y aceptar cómo es la otra persona y decidir qué relación quiere una establecer con ella; dejar ir a las personas que nos dañan (a veces una considerada “mejor amiga” nos daña por sus exigentes demandas); aprender a negociar en las relaciones visibilizando aquello sobre lo que no se discute, y visibilizando también los costos de nuestras conductas cuando cedemos a las peticiones de los/las demás; y por supuesto, poner límites y protegernos de agresiones.
Para trabajar todo esto, empezamos por un abordaje individual, porque cada mujer acude con un malestar y unas circunstancias particulares. Pero la base de nuestra intervención es grupal, porque lo que conseguimos dentro de un grupo es estar entrenando constantemente el empoderamiento y la asertividad, que son los objetivos que todas las mujeres tenemos que reforzar, entrenar o aprender. Los talleres terapéuticos se convierten, gracias a la participación e implicación de las mujeres que los forman, en espacios de comprensión, apoyo y cuidado mutuos, donde cada una puede expresarse con libertad y practicar el buen trato. Se va construyendo así, un espacio de sororidad íntimo, seguro, de confianza y respeto, que va a facilitar que después lo generalicen a su entorno habitual, y lo pongan en práctica con las personas más cercanas (familia, pareja, amigas y amigos).
Mercedes Risco-Psicóloga experta en género de AMS
Sororidad: el cambio social necesario
¿Qué significa Sororidad? Vamos a acercamos al término Sororidad desde la teoría hacia la práctica. Desde los manuales, los diccionarios, recogiendo alguna definición y conectándola con la realidad en que nos encontramos en el Espacio Terapéutico de AMS. Muchas mujeres o no conocen el término o tiene problemas para recordarlo. Pero no es extraño, ya que no hemos sido educadas en sororidad, por lo tanto, no es una palabra que manejemos en nuestro acceso cultural al vocabulario, a la forma de comunicarnos. Nos construimos como mujeres en una cultura misógina, es Marcela Lagarde, quien nos enseña este término, sororidad:
“A través del tiempo se ha gestado en el feminismo una dimensión de la política que busca la confluencia y la sintonía entre las mujeres. Se trata de la sororidad, la alianza feminista entre las mujeres para cambiar la vida y el mundo con un sentido justo y libertario.
La sororidad es una dimensión ética, política y práctica del feminismo contemporáneo. Es una experiencia de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a la alianza existencial y política, cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres, para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas las formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y al empoderamiento vital de cada mujer”
En esta definición, tenemos todos los componentes que nos interesan para desarrollarnos como mujeres en relaciones saludables con otras mujeres en el contexto social en que vivimos, en este momento. Es una alianza entre mujeres para conseguir un cambio social, en la búsqueda de relaciones positivas, con apoyo mutuo.
Todas sabemos lo importante que es el lenguaje, el nombrar, el ser nombradas; poner nombre a lo que está pasando, supone darle entidad, que exista y poder intervenir para hacer cambios.
Hemos aprendido una forma patriarcal de relacionarnos, que incluye ver a las otras mujeres como competidoras, a veces, esto ha supuesto, también, en espacios de lucha política enfrentamientos entre mujeres, al más puro estilo masculino, luchas por el poder. Venimos de ahí y desaprender lo aprendido, a veces, es largo y difícil, pero posible. En muchos círculos, asociaciones, grupos de mujeres, en general, las relaciones son cordiales, amistosas, empoderadas y empoderantes y por tanto, sororarias.
Así es como entendemos la sororidad; la complicidad entre mujeres, la unión, la posibilidad de entendernos amablemente, construyendo una actitud de alianza, de reconociendo a las otras mujeres, todas complejas y diversas, con el objetivo de conseguir un cambio social.
¿Cómo desarrollamos la sororidad?
Cuando cada una de nosotras nos miramos con afecto y comenzamos a cuestionarnos, dándonos un tiempo, descubriendo a la mujer patriarcal que somos y trabajando los mandatos de género. Entonces, comenzamos a deconstruir y reaprender nuevas formas de entendernos y aceptarnos, de comprendernos, de perdonarnos, de creernos mujeres con posibilidades de cambio, estando atenta a mí misma, a mis necesidades, haciéndome responsable de cada una de ellas, cubriendo yo misma todas y cada de mis carencias, haciéndome dueña de mis errores y de mis éxito. Haciendo consciente el poder que tengo para generar la vida que quiero. Ganamos las mayores cotas de empoderamiento personal. Entonces, también puedo mirar a otras mujeres desde la misma amabilidad, comprendiendo a la mujer patriarcal que es, y las dificultades que esto ha conllevado en su vida. Puedo comprender de qué manera los mandatos de género la han dañado como mujer.
Construyendo Sororidad, una actitud de alianza entre las mujeres, generando relaciones asertivas y comprometidas con el bienestar de las mujeres, provocaremos cambios sociales estructurales.
Cuando las mujeres nos empoderamos, se produce una trasformación personal, de ésta pasamos a una trasformación político-social, cuando establecemos relaciones de igualdad con otras mujeres. Esto tiene un reflejo muy claro en el Espacio de Salud Entre Nosotras, pasamos del trabajo terapéutico individual al grupal, para poder encontrar, desarrollar y definir un crecimiento personal y después grupal. Posteriormente, (o la par) algunas mujeres participan activamente en la comunidad, en otras asociaciones, en sus puestos de trabajo, en su familia, en otros grupos, con una mirada de género más amplia, provocando así un cambio social. Llevando a cabo acciones en los pueblos, en los barrios, en las ciudades que tienen repercusión para otras mujeres.
Ámbitos de la vida y propuestas sororarias:
Vamos a fijarnos en el ámbito familiar. Todas conocemos historias de apoyo entre mujeres; de vecinas que ayudan, de esa amiga querida, esa madre atenta, esa cuñada que sustenta, esa otra hermana con la que se establecen alianzas, más o menos explícitas, pero que existen desde tiempos inmemoriales. Es importante poner en valor estos pactos cotidianos, agradecerlos y explicitarlos para visibilizar una red que muchas veces es invisible. Y poner nombre a las aliadas. Así podemos ir rompiendo los estereotipos de crítica a las otras mujeres, pidiendo y comprometiéndonos, amablemente, a no hacer juicios de valor sobre otras mujeres de la familia cuando no están presentes y tratando los conflictos como hechos habituales en las relaciones sociales, no como enfrentamientos personales. No dejar ningún conflicto sin atender, tomar tiempo, entender mis emociones y afrontarlos.
En los espacios de educación (formal/no formal). Educar a las niñas y a los niños en igualdad supone dejarles espacio a la experimentación, a toda la experiencia. Centrar a las niñas en la supremacía de la belleza, hipersexualizándolas, las enfrenta, no las permite vivirse de forma justa, si no desde unos cánones sexistas que las infravaloran. Las niñas no tendrían que deconstruir nada, sería mejor que no lo aprendieran; que nosotras (las adultas) en un acto social de sororidad, cada una de nosotras en relación con otra niña, le mostráramos modelos sororarios entre mujeres. Y potenciáramos en los espacios educativos, diversidad de acciones, de juegos, que promuevan lo físico, lo intelectual, la cooperación frente a la competitividad. Potenciar la resolución de conflictos a través de la mediación, no desde el esquema de ganadoras/perdedoras. Atender a los grupos de niñas en el patio del colegio, intervenir en su socialización de forma que sus relaciones sean constructivas. Identificar a las “lideresas saludables” de los grupos de chicas, y potenciarlas, esas mujeres suelen tener unas habilidades que son muy útiles, por ejemplo, las más rebeldes, abordan las relaciones de poder desde el afrontamiento, no aprenden desde la sumisión y pueden ser un modelo diferente, si las visibilizamos y potenciamos.
Otro espacio muy válido para experimentar cambios, es el área de las amistades. Sobre todo con otras mujeres. Suele ser un espacio muy gratificante, pero también de mucho desconsuelo y dolor.
Para avanzar en sororidad, tenemos que aceptar las diferencias, renunciar a las ideas románticas de amor incondicional entre mujeres, este tipo de amistades forman parte de las recetas tradicionales, patriarcales, y no sirven para avanzar en nuestros feminismos. Probemos a abrazar la diversidad y generar redes que respeten esa diversidad, que promuevan la autonomía, que sean prácticas y potentes, de escucha activa, de respeto. Las personas estamos en procesos a lo largo de toda nuestra vida y a veces, hay cambios, en esos cambios, nos trasformamos. Dejar ir a las amigas que establecen otras redes, deconstruir los roles de cuidadoras y cuidadas, nos ayudará, también, a tener relaciones más igualitarias.
En las relaciones amorosas, deconstruir la creencia de que cuando las mujeres estamos en pareja entonces estamos completas, denostando a aquellas que no tienen pareja o generando competencia entre nosotras por las parejas. Aprender a relacionarnos con la soledad (aunque se esté en pareja) de una forma saludable. Tomando valor por quien somos y dándole un valor relativo al estar en pareja.
Hay otra situación que es importante que aprendamos, si un hombre habla mal de las otras parejas o incluso maltrató a otra mujer y se jacta de ello (porque no fue juzgado, o no tiene sentencia, orden de alejamiento), es muy probable que vuelva a hacerlo.
En el ámbito, social, político, reconocer a las maestras, dar valor a sus trabajos, leernos a todas, hacer crítica creativa y constructiva, centrada en las acciones, no en la persona. Reconocer y hacernos responsables de la presión de grupo, puede que no sea yo la que somete, pero si lo veo y callo soy partícipe. Es momento de hablar de las relaciones de poder. De cómo las mujeres ejercemos el poder, cuando lo detentamos. En todos los ámbitos vivimos inmersas en relaciones de poder, pero quizá en el ámbito laboral son muy evidentes. En ese proceso de empoderamiento está la construcción de una asertividad firme y flexible a la vez, es una herramienta constructivamente poderosa, diferente. Podemos poner a nuestro favor un aprendizaje de género, decontruir el “ser para los otros”, transformándolo en una atención de escucha activa, con límites definidos, partiendo del autocuidado para crear espacios de responsabilidad compartida y cooperativa, promoviendo comportamientos de igualdad y justicia.
En el área laboral, cuanto más patriarcales seamos más feroz la competitividad y más ganancia para el patriarcado. Si nos trabajamos, deconstruimos amablemente y potenciamos, serán espacios de producción propios y muy potentes.
A modo de conclusión. Para desarrollar la sororidad; primero, es importante, saber de mi valía, tener un buen amor propio, ser capaz de poner límites de manera saludable a las otras personas, haber perdido por completo la necesidad de agradar, no tener necesidad de su reflejo o de su afecto para sentirme bien. Entonces, podemos ver amablemente a las otras mujeres, esto es una fortaleza, si estoy tranquila conmigo misma, puedo aceptar su crítica y si no es constructiva poner los límites necesarios, puedo tener buenas relaciones, algunas serán profundas y otras no. NO hablamos de querernos todas, si no de respetarnos y reconocernos, con una mirada cómplice, de crecimiento como grupo social.
Es importante que desarrollemos y demos a conocer nuevas formas de liderar, de trabajar en grupos de mujeres, de competencia saludable, de relaciones de poder favorables, de amistades igualitarias y poderosas. De redes fuertes de mujeres. Será una sociedad basada en los buenos tratos, en el cuidado tranquilo y amable…
Las mujeres no somos depredadoras de mujeres, somos aliadas. La cultura patriarcal y machista nos habla al oído, desde niñas del peligro que la otra supone para ti, porque le interesa a este sistema que estemos enfrentadas. Cuando nos damos cuenta de esto, ya no queremos formar parte, porque no hay recompensa ni personal ni social para las mujeres, la ganancia siempre es patriarcal y no se reparte entre las mujeres.
Rosa Urien-Psicóloga experta en género de AMS
La importancia de tener espacios exclusivos para mujeres
A lo largo de todos los artículos se han barajado tres ideas que necesitamos tener en cuenta como punto de partida:
• Las mujeres somos socializadas de forma diferente a los hombres, es decir aprendemos cosas distintas, se esperan cosas diferentes de nosotras, además nosotras ocupamos la posición de subordinación, y aprendemos que ser hombre tiene más valor y, por tanto, tienen que tener más oportunidades. Las mujeres enfermamos de distinta manera y nuestros malestares son diferentes a los de los hombres.
• La esencia de la socialización de las mujeres es ser para los demás, para ello tenemos que aprender a ser sumisas, dependientes del amor de los otros y no desarrollar al cien por cien nuestras capacidades, lo que nos hace dudar, tener falta de seguridad y confianza en nosotras mismas. Aprendemos y naturalizamos un desequilibrio de base en la relación de hombres y mujeres. Nuestra educación no nos prepara para ser seres autónomos e independientes capaces de defender nuestros derechos asertivamente.
• Vivimos y asumimos que la sociedad es violenta contra las mujeres de forma estructural, lo que ahonda en la dependencia y la inseguridad en todas nosotras. Algunas de nosotras, además hemos sufrido la violencia de forma directa. Todos los tipos de violencia de género provocan efectos directos en la salud física y mental de todas las mujeres.
Una vez que tenemos claras estas premisas hay que describir qué tipo de profesional es el más adecuado para trabajar la salud mental de las mujeres, qué necesidades y características propias de las mujeres hay que tener en cuenta y, por último, qué tipo de espacios terapéuticos son los más convenientes para responder debidamente a sus necesidades.
Profesionales
Teniendo en cuenta que estas realidades afectan por igual a todas las personas, las/os profesionales están socializados de la misma forma que sus posibles usuarias/os y que, por tanto, se verán igual de afectados por los sesgos de género que el resto de las personas que tienen que
atender. En una misma cultura –patriarcal- todas las personas construyen su identidad de género, de hombre o mujer, de la misma manera. Madurar, aprender e incluso formase académicamente como psicólogas/os, por ejemplo, no significa cuestionar esa parte esencial de una/o misma/o.
Por lo tanto, es conveniente que las/os profesionales que atienden terapéuticamente a las mujeres incorporen la perspectiva de género al ejercicio de su profesión. En España esta perspectiva no está incorporada en los programas curriculares que ofrecen las universidades, a pesar de que existen multitud de trabajos que indican que este tipo de psicología es muy eficaz. Solo hay algunos intentos, posgrados o masters que no son obligatorios para todo el alumnado.
Por otro lado, para que un/a buen profesional garantice la atención más adecuada a las necesidades y características de las mujeres debería someterse a un proceso de deconstrucción de su propia socialización, una introspección profunda sobre su propia “mochila” de género. En la actualidad, es muy escaso el número de mujeres profesionales que lo hayan llevado a cabo, aunque infinitamente menor en el caso de los varones. En este sentido, es importante tener en cuenta que los objetivos de la introspección son diferentes para los hombres y las mujeres. En el caso de los hombres profesionales, consistiría en deconstruir su posición de poder y privilegio con respecto a las mujeres, reconocer y expresar emociones, reconocer las carencias en la empatía y la necesidad de cuidar a los otros…. (por ejemplo, dejar de ser paternalistas con las mujeres). Sin embargo, en el caso de las mujeres profesionales, uno de los objetivos seria cuestionarse la sumisión y la dependencia (necesidad de que me quieran), para aprender a ocupar posiciones de igualdad y asertividad en las relaciones y así adquirir la seguridad y confianza necesarias para confiar en el propio criterio (por ejemplo, dejar de ceder el espacio a los hombres).
Resaltado: Lamentablemente la perspectiva de género, no forma parte del curriculum de la mayoría de las/os profesionales.
Necesidades de las mujeres
Es necesario “comprender” a las mujeres, entender qué significa socializarse como mujer, saber qué y cómo les enferma vivir en un sociedad desigual y discriminante, lo que en AMS hemos denominado conocer los malestares de género y sus efectos sobre la salud. Además, es necesario tener una postura clara y objetiva sobre la violencia de los hombres contra las mujeres, sus causas y sus efectos sobre su salud psicofísica. De esta forma, se aceptaría, por ejemplo, el rechazo de las mujeres a hablar con un terapeuta masculino sobre la violencia provocada por otro hombre.
Asimismo, ante la evidencia de la correlación mujeres atendidas por problemas de salud mental y haber sufrido abuso sexual y/o violencia de género en la infancia, en comparación con la población en general, será necesario conocer la sintomatología para diagnosticar las secuelas que experiencias traumáticas de este tipo ocasionan en las mujeres. En el caso de los abusos sexuales sufridos en la infancia (ASI), en muchas ocasiones, las mujeres que piden ayuda terapéutica no expresan aquel hecho violento bien por mecanismos de supervivencia, bien porque no saben relacionar sus conflictos actuales con los que les sucedió en la infancia o bien porque no encuentran la intimidad necesaria cuando el
terapeuta es varón. En consecuencia, deambulan de un recurso a otro, son mal diagnosticadas, etiquetadas de múltiples trastornos, tachadas de locas e incluso desahuciadas terapéuticamente hablando, cuando, si se sabe apreciar, su sintomatología lo indica con claridad. Existe un gran desconociendo y la falta de formación específica en la mayoría de los/as profesionales sobre los efectos de los ASI en las mujeres adultas, que además presentan sintomatología entremezclada de los malestares de género por ser criada en un contexto patriarcal, además de violento.
Entre nosotras nos entendemos mucho mejor y tenemos que apoyarnos las unas a las otras. Teniendo el apoyo de miembros de nuestro propio sexo, nos podemos empoderar. No sabría explicar por qué, pero siento más empatía, confianza y seguridad para poder expresar lo que me pasa.
No; para empezar, no creo que haya muchos terapeutas hombres especializados en terapia de género; y aunque entiendo que la psicología es ciencia, creo que la experiencia de las profesionales es un valor añadido a sus conocimientos y su profesionalidad porque han estado de alguna manera en el lugar donde yo estoy. Y un hombre no.
Hace años acudí a terapia por primera vez, a pesar de que el terapeuta sí me ayudó con algunos conflictos de aquella época y salí adelante, hubo algunos temas, especialmente en relación a la sexualidad o relaciones con hombres, de los que me hubiese gustado hablar y no pude, ya que intenté plantearlos y me sentí cuestionada.
Espacios terapéuticos
Cuando pensamos en los espacios que necesitan las mujeres para ser bien tratadas diseñamos un espacio con las siguientes características:
- Un espacio en el que prime la seguridad, la confianza y la tranquilidad, sin tensiones y/o violencias.
- Dónde se sientan únicas, bien tratadas desde que entran por la puerta, donde se sientan respetadas, no juzgadas y comprendidas.
- Dónde no tengan que ocultarse porque se sienten inferiores.
- Espacios que sientan suyos, que potencien las relaciones con otras mujeres con experiencias comunes como fuentes de apoyo (no una amenaza) que les ayuden a no sentirse solas y a empoderarse.
- Espacios donde se potencie la autonomía y el empoderamiento desde el primer día, incluso en las pequeñas decisiones.
- Espacios cuidados, cálidos, que satisfagan otras necesidades (básicas y de relación).
- En una palabra, espacios de sororidad.
En los espacios terapéuticos mixtos, el clima puede no ser el más adecuado para las mujeres e implicar, incluso, riesgos de re-traumatización para aquellas cuyos problemas de salud mental están relacionados con el abuso sexual y la violencia ejercida por hombres.
Son necesarios espacios exclusivos de mujeres que ofrezcan la seguridad e intimidad suficientes para revelar aspectos traumáticos de los que no es sencillo hablar en entorno mixtos o con terapeutas hombres.
El Espacio de Salud Entre Nosotras recoge todas estas características, es un espacio físico cuidado y confortable en el que las mujeres se sienten como en casa. No tiene ningún aspecto clínico porque queremos romper, desde el primer momento, las relaciones jerárquicas y de poder que se suelen generar entre paciente/terapeuta, de ahí su nombre Entre Nosotras. Llamamos a las mujeres usuarias, no pacientes, porque todas las mujeres tenemos malestares de género.
La recepción es un bar, un lugar de encuentro entre las mujeres que acuden a terapia, es un autoservicio donde las mujeres pueden consumir lo que les apetezca y abonar el coste en una caja. Fomentamos la autonomía y hacer sentir que el espacio suyo. No está permitida la presencia masculina ni tampoco la de menores, porque el espacio de salud es un tiempo solo para ellas consigo mismas.
Todas las profesionales que atendemos a las mujeres somos mujeres. Las psicoterapeutas se han formado en nuestra metodología PEF y se han cuestionado su ser mujer a través de una introspección profunda y un trabajo en equipo que cuestiona los propios malestares. El resto de profesionales del espacio de salud desarrollan actitudes de respeto, empatía en el malestar y de buen trato, evitan cualquier tipo de confrontación en la atención de las usuarias. Se han diseñado pautas para prevenir y solucionar conflictos basadas en la escucha y trato respetuoso (en la acogida, la recepción, en la atención telefónica,…).
Además, fomentamos cualquier tipo de encuentro e iniciativa entre nosotras, una fiesta anual para usuarias del espacio de salud y amigas de AMS, a la que suelen acudir alrededor de 100 mujeres entre usuarias y antiguas usuarias a las que les unes el compromiso y el cariño por la Asociación. Este último año, hemos apoyado el I Mercadillo Solidario de Artesanas Feminista promovido por alumnas y usuarias.
Me hace sentir que es un espacio “seguro”, inclusivo y exclusivo para nosotras.
Me gusta porque en todo momento se respira aire de respeto, no solo hacia ti, sino entre nosotras, no competitividad… es lo que más me gusta. Te enseñan a quererte.
He encontrado un espacio para mí. Un hueco propio todas las semanas. La sensación de estar en comunidad, en un sitio al que pertenezco y donde me cuida
Espacios formativos
La falta de profesionales especializadas en género y los buenos resultados que ha dado nuestra psicoterapia feminista en sus 30 años de trayectoria, nos hizo pensar en la posibilidad de crear una Escuela de Formación para transmitir nuestra metodología a cualquier profesional que trabaje con mujeres y que quiera incorporar la perspectiva de género a su profesión. Así, una vez que publicamos nuestro manual, decidimos poner en marcha la Escuela del Espacio de Salud Entre Nosotras (eESEN).
Esta escuela es exclusiva para mujeres entre otras cosas, porque el momento histórico así lo recomienda, pues la evolución hacia la igualdad está siendo muy lenta. A pesar de los avancen en derechos legales conseguidos, nuestra sociedad sigue resistiéndose a asumir la igualdad como principio rector. La violencia contra las mujeres, en sus distintas formas, sigue siendo un problema de primer orden al que no se atiende políticamente y la educación sigue siendo tremendamente sexista. Ante este panorama las mujeres tenemos que aprender a empoderarnos, para enfrentarnos a la hostilidad que recibimos, y no seguir perpetuando las actitudes y comportamientos que nos mantienen en la subordinación, la sumisión y siendo las víctimas de la violencia. Es necesario que todas las mujeres hagan el ejercicio de cuestionarse su socialización y suelten el lastre que el patriarcado las impone, porque además les va la vida en ello.
La formación que ofrecemos en la eESEN tiene el doble objetivo de transmitir la teoría feminista desarrollada por las académicas y la teoría aplicada, desarrollada por el equipo de AMS. También pretende facilitar el cuestionamiento de la socialización de género de las propias alumnas a través de ejercicios de introspección personal, en grupos reducidos de alumnas.
El posgrado que diseñamos tiene dos partes diferenciadas, un primer año de teoría feminista e introspección personal para cualquier disciplina -médicas, abogadas, psicólogas, trabajadoras y educadoras sociales, políticas, policías, maestras, profesoras… y, un segundo año, solo para psicólogas que además quieran ser psicoterapeutas de equidad feminista.
Para mí esta formación ha sido como una especie de revolución a nivel personal y profesional. Me he cuestionado un montón de cosas de las que yo hacía como terapeuta y de las que hacía como mujer.
Me ha obligado a replantearme de cosas de las que estaba haciendo como terapeuta y me ha puesto una especie de filtro diferente. Yo veía la realidad con un filtro teórico y a ese filtro se me ha añadido otro, que es la perspectiva de género que te obliga a ver los problemas con los que te enfrentas de otra forma.
En el terreno personal, el posgrado te hace replantearte tu historia. Tú te cuentas tu vida de una forma y después de esta formación he empezado a contármela de otra, teniendo en cuenta que soy una persona mujer con una socialización concreta y que me he enfrentado a unas situaciones concretas a partir de esa socialización.
Es imposible terminar esta formación igual que la empiezas, porque te obliga a cuestionarte mucho y a pensar mucho en ti, en lo que has hecho, en las decisiones que has tomado como mujer y como profesional. Victoria Compañ Felipe, psicoterapeuta y alumna de la tercera promociónPilar Pascual Pastor
