Como un gran faro en la costa que utiliza su luz para guiar
a los barcos perdidos en las noches cerradas de alta mar,
así es la Casa de Mujeres “Entre Nosotras”, situada en la jungla de una gran
ciudad.

Construida sobre un terreno en desnivel, cimentada en la
historia de la mujer, revestida de fino ladrillo, la daba
esbeltez, en un tono claro, claro de piel.

Allí, llegaban mujeres inseguras, encogidas, retraídas, sin saber,
encarceladas en si mismas, perdidas en su ayer, sin proyección
de futuro, sin ideas de su ser, en un confuso presente y
dejándose vencer.

Atraídas por la luz que irradiaba de la casa, aumentaban en sus
almas el deseo de aprender, comprender por qué sus vidas
arrastraban una carga… por ser mujer.

Las nutrieron con vergüenzas, culpas, miedos… por el hecho
de nacer. Se valieron de las normas que estructuró su pensamiento
y no las dejaban crecer.
Inventaron ilusiones, fantasías con amores, pasiones sin resolver,
para luego enloquecerlas por aquello que no fue.

Enajenadas de si mismas, el milagro germinó, combatieron al
unísono, codo a codo con pasión y la luz de aquella casa en ellas
penetró.

Se vistieron de valor, se miraron con sus ojos, con su juicio, con
amor y sus labios sonrieron… empezaron su canción.
Y cantando se alejaban, sin decirse adiós pues sus vidas iniciaban
con otro corazón.

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