Por Beatriz Gimeno, escritora y activista feminista

La maternidad ha ocupado siempre un enorme espacio en la reflexión feminista, como era de esperar. La lucha de las mujeres por conquistar la posibilidad de decidir sobre sus propias vidas está históricamente vinculada a la capacidad para decidir sobre su maternidad, a cambiar las condiciones en las que se vive ésta y, necesariamente también, a desarrollar modelos de feminidad no maternales.

En general, el feminismo de la Segunda Ola, en los 60 y 70, cuestionó la institución de la maternidad y puso el foco en la necesidad de socializar el trabajo reproductivo, así como en la necesidad de implicar a los hombres en todo aquello que no fuera externalizable. Las opciones que se abrían para ser madre eran cada vez más, y muchas de ellas se desvinculan de la familia tradicional (madres solas, lesbianas) o incluso de la sexualidad (madres por inseminación de donante anónimo). Parecería que las mujeres, al menos en los países del tercio rico del mundo, habían llegado a ser las dueñas de su capacidad para ser, o no ser, madres; y había muchas maneras, además, de ejercer este papel.

Sin embargo, cuando parecía que decidir qué tipo de maternidad deseaba cada mujer (dentro de los constreñimientos propios de una sociedad capitalista) era una conquista irrenunciable y, al menos, parecía que nos habíamos librado de la culpa, en los 80 aparece un nuevo tipo de maternidad que pronto se va a convertir en socialmente hegemónica. Una maternidad que se caracteriza por reivindicar como imprescindible todo aquello que durante siglos las mujeres habían luchado por dejar atrás. Hablamos de lo que se ha llamado maternidad intensiva y que es intensiva en dedicación y tiempo pues exige que la madre sea la cuidadora principal del bebé durante los primeros años de vida. No se trata de una vuelta atrás, como en ocasiones se afirma porque dicha maternidad no ha existido nunca, sino que hablamos de una nueva forma maternal basada sobre todo en la lactancia exclusiva y prolongada y que incluye otras prácticas como el porteo, el colecho, el apego, el parto natural…

Esta nueva maternidad viene envuelta en una recuperación del lenguaje de la naturaleza femenina, el instinto, las hormonas… Lo llamativo, con serlo, no es que se reivindique la libertad de ejercer una maternidad como esta, sino se construye un nuevo y muy potente estándar moral a partir del cual se va a medir cualquier manera de ser madre y, desde ahí, se va a construir una nueva imagen de la madre buena y su reverso, la mala madre. La lactancia, base de esta maternidad intensiva, deja de ser una manera más de alimentar al bebé para convertirse en una ortodoxia moral y corporal con múltiples elementos que van desde convertir la leche materna en “el líquido de oro” sin el cual el bebé estará expuesto a múltiples enfermedades, hasta construir por sí solo una determinada relación entre madre y bebé que sólo puede conseguirse de esta manera.

Como la consolidación social y supuestamente científica de esta maternidad coincide en el tiempo con la aparición y hegemonización del neoliberalismo, es lícito preguntarse si ambas cosas están relacionadas. Y mi opinión es que sí lo están. Por una parte, porque es evidente que el neoliberalismo tiene una agenda para las mujeres y la familia; una agenda reaccionaria que pretende recuperar los tradicionales roles de hombres y mujeres, de cabeza y proveedor de la familia y de madre a tiempo completo. Además, esta agenda ideológicamente reaccionaria, es funcional a un mercado de trabajo escaso. Es necesario que las mujeres asuman que su lugar en el mercado de trabajo está ligado a la temporalidad. Pero, además, los recortes al estado del bienestar inciden particularmente, como sabemos, en todos aquellos sectores que permitieron a las mujeres acceder al mundo de lo público. Los recortes se producen en escuelas infantiles, educación, dependencia, sanidad, vejez… y todo lo relacionado con el cuidado.

Recortes y privatizaciones hacen que las mujeres no puedan ya externalizar ese trabajo y tengan que volver a hacerlo ellas mismas. No sólo tienen que hacerlo porque no tienen más remedio, sino que la ideología subyacente a esta maternidad, incide en que el bienestar del bebé, y del futuro adulto, depende de las decisiones que la madre tome en los primeros días de vida de aquel (a veces incluso de las decisiones que tome durante el embarazo). Así, el neoliberalismo hace a la madre completamente responsable de la salud física y psíquica de su hijo o hija. Expande la idea de que lo importante es que mame y no tanto que tenga acceso a una buena salud pediátrica; que es más importante mamar que vivir en una ciudad o un medio ambiente contaminado, que lo único necesario para crear un buen apego es la lactancia exclusiva o que las guarderías infantiles son el mal. En definitiva, creemos que se refuerza lo que algunas economistas feministas han llamado la ética reaccionaria del cuidado.

Y todo ello basado en la idea no de que la lactancia es mejor, sino de que el biberón es casi un veneno por lo que desaparece cualquier posibilidad de elegir realmente. Bajo la retórica de la libre elección se esconde un estándar moral que obliga a las mujeres a someterse a una maternidad que les exige todo su tiempo y sólo a ellas, además. Aparece de nuevo la culpa, el sacrificio, el dolor y una maternidad que las mujeres, en realidad, han combatido siempre. Lo cierto es que la historia de las mujeres es equivalente a la lucha por ser dueñas de sus vidas y por tener una vida autónoma de lo supuestamente biológico y de los mandatos morales. Y cuando parecían tocar ese anhelo, la maternidad intensiva se come de nuevo el tiempo, el trabajo, y muchas veces el futuro de muchas mujeres.

Beatriz Gimeno, escritora y activista feminista

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