No puedo respirar. ¿Qué me pasa? Me falta el aire, me falta el aire. Me mareo –Siéntate-Se me agarrotan las manos y la mandíbula me va a estallar. ¿Qué me está pasando? No me llega el aire.

Recuerdo la ambulancia llegar, la camilla, la pastilla y al enfermero ayudándome.

“Silvia, voy a estar contigo hasta que te recuperes. No te mires las manos, mírame a mí, estoy aquí contigo y vamos a respirar juntos. Ahora yo respiro y tú tienes que intentar respirar conmigo”

Una hora después me fui a mi casa, aturdida, dolorida, asustada, pero pensando que ese ataque de ansiedad sería algo aislado y que al día siguiente me habría recuperado como me recupero de un resfriado, pero no. Mi cuerpo y mi mente llevaban mucho tiempo aguantando y habían dicho, ¡basta! y también gritaban, ¡necesitas ayuda!

Así es como llegué a Mujeres para la Salud. A consulta llegó una niña criada en terreno hostil, una adolescente con muchos malestares normalizados y una adulta rota, asfixiada y asustada. Llegó una mujer que pensaba que si se ponía al servicio de los demás tal vez iba a ser recompensada con el afecto que no había recibido, una persona que se sentía culpable sin saber muy bien de qué, alguien a quien le habían repetido tantas veces que era una mala persona que vivía con el miedo a hacer daño. Una persona con ambiciones, pero que no se creía capaz de nada.

Todavía recuerdo cuando mi psicóloga me preguntó en la primera consulta si yo había tenido algún síntoma de ansiedad antes del ataque y yo le dije que no (ja ja ja). La realidad es que la ansiedad llevaba mucho tiempo avisándome y yo nunca le había hecho caso. No es que estuviera engañando a mi psicóloga, es que nadie me había enseñado nada sobre emociones. La ansiedad era para mí una autentica desconocida y por eso había omitido todos sus avisos.

No os voy a engañar, hacer una terapia no es un camino de rosas. Hacer una terapia es duro, a veces incomodo y difícil pero todo es mucho más fácil cuando encuentras a una buena profesional que te acompaña en tu camino de reconstrucción. Mi compañera fue Mercedes. Con ella aprendí a respirar, a reflexionar, a escucharme, a parar.

Con mucho trabajo, lágrimas, malestar y con mi compañera de terapia he conseguido hacer muchos logros: Empecé a creer un poco más en mí, dejé de aguantar castigos, de normalizar la violencia y puse límites a quienes me estaban haciendo daño, empecé a estudiar y ahora estoy en mi primer año de carrera, empecé a relacionarme con mi madre de una forma que me hiciera sentir menos frustración (aunque con esto todavía cojeo a veces) y una de las cosas más importantes, descentralicé a la figura de poder que existe en mi familia y me coloqué a mí en el centro de mi vida. Sus ataques ya no tienen tanto poder y eso me hace sentir un poco más libre.


No os voy a engañar, hacer una terapia no es un camino de rosas. Hacer una terapia es duro, a veces incomodo y difícil pero todo es mucho más fácil cuando encuentras a una buena profesional que te acompaña en tu camino de reconstrucción.


Durante este tiempo también conocí a mujeres con distintas historias con las que compartía los mismos malestares. Conocí lo que realmente es el feminismo y la sororidad. Desde entonces vivo cada 8 de marzo, cada 25 de noviembre y cada evento en los que se tejen redes entre mujeres como una fuerza que me impulsa y me recarga de energía. Ahora soy consciente de la lucha que soportamos cada una de nosotras y entiendo lo importante que es apoyarnos entre nosotras.

Me gustaría despedirme agradeciendo a AMS la oportunidad que me dio cuando tanto lo necesitaba.

Mercedes, a ti te agradezco cada una de tus pizarras reveladoras, tu trabajo, tu paciencia, tus abrazos cuando lo necesitaba y las veces que te has sentado a mi lado y me has cogido de la mano. Como ya te dije una vez, estás presente en cada uno de mis logros. También lo estás cada una de las veces que me siento desbordada y utilizo las herramientas que me enseñaste.

“Keep calm, no está ni bien ni mal, lo importante es pararse a reflexionar”

Silvia