Por Rosa Urien

La maternidad es un área especialmente vivida por la sociedad y las MUJERES, como sagrada. Sacar a la luz el sufrimiento que provoca en muchas de ellas supone enfrentarse a uno de los mitos más importantes de nuestra cultura. Vamos a hacer un recorrido por las distintas situaciones de violencia en las que pueden encontrase las mujeres en torno a la maternidad.

Cuando la presión de ser madre se convierte en una obsesión. Cuando para una mujer la maternidad es su objetivo vital más importante y éste no se produce. No hay ninguna otra alternativa, ser madre es la ÚNICA opción de convertirte en una mujer completa. Este tipo de pensamientos APRENDIDOS se convierten en una obsesión y entonces se persigue el embarazo de forma compulsiva. Generan unos niveles de malestar cada vez mayores que pueden desembocar en depresiones severas y conflictos con el entorno personal, cuando la mujer no consigue este preciado deseo, a pesar de que hace todo lo posible para ello.

Además, en el contexto social en el que vivimos todas las mujeres, la presión aumenta en un determinado rango de edad, justo en el momento en que muchas estamos desarrollándonos profesionalmente, pero esa presión social te dice que eres una mujer egoísta si no te centras en la maternidad, poniendo siempre la vida de los hijos/as por delante del valor de la vida de la mujer / madre, incluso cuando todavía no han nacido.

Estas mujeres que quieren ser madres y que ya han intentado los métodos tradicionales para quedarse embarazadas y no lo consiguen, muchas veces entran en procesos o técnicas de reproducción asistida. Otro gran negocio montado alrededor del cuerpo de las mujeres, potenciando el deseo, aumentando la presión y las ideas irracionales sobre la magnífica maternidad que les está esperando, minimizando las dificultades con las que se encontrarán.

En el Espacio de Salud Entre Nosotras nos encontramos con que no siempre tienen toda la información y desconocen los efectos secundarios que estos métodos pueden tener en su salud integral. No solo hablamos de la salud física, tan importante, como alteraciones hormonales o posibles complicaciones ginecológicas muy graves (por ejemplo, derivadas de la estimulación ovárica) que, en ocasiones se minimizan o se vuelven a centrar en las limitaciones que tiene esta mujer para embarazarse, (otra vez centrando la atención, en que es su cuerpo defectuoso el que no lo consigue). Sobre todo, nos referimos al grave riesgo de su salud psicológica, al aumento de las tensiones en la pareja, si no se llega realmente a una ruptura Y por supuesto, el importante desequilibrio económico que puede provocar.

Cuando nosotras las atendemos, pueden haber vivido ya alguna de estas consecuencias, están deprimidas, sin aceptar que no van a ser madres, con una afectación muy profunda que les lleva a cuestionarse su validez como mujer: “¿para qué sirvo, si ni siquiera mi cuerpo vale para tener hijos?”. Estas mujeres se sienten distintas, menospreciadas socialmente, inválidas y con muy baja autoestima. Además de los problemas ginecológicos que les hayan podido acarrear, están las secuelas psicológicas que pueden tener los abortos o las pérdidas perinatales continuadas, como experiencias traumáticas vividas por algunas mujeres, en manos de equipos médicos poco sensibles a la situación que viven las mujeres.

Muy relacionado con lo anterior, encontramos otro espacio de violencia alrededor de la maternidad, la violencia obstétrica. Es necesario seguir hablando de la posición de superioridad que llegan a tener los equipos médicos sobre las mujeres, sobre nuestro cuerpo. El desconocimiento que tenemos sobre él, la falta de información a la que estamos expuestas, el tabú que todavía envuelve nuestro cuerpo y sus procesos de salud nos lleva a la ignorancia, que es la mejor llave para el control. Lo hemos naturalizado, como si fuera lo normal, desarrollando un rol de indefensión en las mujeres y de poder en el ámbito médico.

Violencia obstétrica, la que se ejerce sobre las mujeres en los diferentes momentos del embarazo, el parto y el puerperio, por parte de los servicios de salud, aprovechando la posición de gran vulnerabilidad en la que se está.

Desde esta posición somos tratadas como niñas, infantilizadas, con pérdida de poder. En el caso de estar embarazadas, se pasa a ser la gestante, desapareciendo la mujer, se pone en primer lugar al bebé, o la supervivencia del feto, convenciéndonos de que es lo mejor, siendo tratadas entonces como vasijas.

Es importante denotar cómo estos procesos de salud que tendrían que ser el embarazo, el parto y el puerperio, se han medicalizado y protocolarizado tanto, que casi no nos es posible volver a hacerlos propios. La administración de medicamentos, las prácticas invasivas, las posturas contra natura para parir, en función de las comodidades, de los horarios o de otras variables de los equipos médicos, no son en beneficio de las mujeres. Aunque reconocemos progresos, gracias a la multitud de estudios y muchas profesionales de la salud investigando y publicando, (matronas, enfermeras, ginecólogas, ingenieras, …), demostrando que otras formas son posibles. Pero todavía, son cambios demasiado lentos y con muchas mujeres sufriendo en estos procesos.

Otro de los espacios que hay que visibilizar, es la violencia institucional que muchas mujeres sufren. Relacionándolo con la maternidad, en el Espacio de Salud Entre Nosotras encontramos variedad de casos. Casi siempre cuando nosotras las atendemos, han pasado por procesos judiciales de separación, divorcio y en muchos con violencia de género, están peleando por la custodia de sus hijos e hijas y están siendo cuestionadas en su rol de madres. Un ejemplo de este tipo de violencia es el mal llamado síndrome de alienación parental, con el que muchas mujeres han sido revictimizadas al señalarles como culpables de las malas relaciones entre las hijas y los hijos y su padre. Etiquetándolas como madres maliciosas, cuando en realidad están ocultando problemas relacionales, cuando no, de la violencia de género que los hijos han vivido o de la propia violencia ejercida por el padre hacia las hijas o los hijos. Este síndrome es falso, es otra herramienta de violencia contra las mujeres.

Violencia institucional: son todos los actos directos o indirectos, por ejemplo por omisiones, retrasos, agravios,… por parte de organismos e instituciones públicas que generan violencia sobre las mujeres. También los hombres pueden sufrirla, pero en una sociedad patriarcal, son las mujeres sus principales víctimas.

Muchas de estas mujeres, con las que trabajamos en el Espacio de Salud Entre Nosotras, han tenido que aceptar la custodia compartida obligatoria, pero siguen teniendo gran desigualdad en la carga de la crianza, ocupándose de un porcentaje mayor y resolviendo, diariamente, las cuestiones de las que la otra parte sigue sin responsabilizarse, por supuesto, acogiéndose a que nadie cuida mejor que una madre, provocando esto una gran incongruencia y falta de justicia igualitaria, que dificulta el avance en el proceso terapéutico de estas mujeres. Cuando, además, hay violencia de género, la custodia compartida es una aberración en sí misma, ya que aunque los y las juristas estén mal formados o tengan poco conocimiento sobre esta violencia, podemos darnos cuenta de que el hombre va a utilizar las visitas para seguir ejerciendo violencia hacia la mujer directa o indirectamente, a través de la instrumentalización de las y los menores.

Para finalizar, no podemos dejar de nombrar, para hacerlas visibles, a todas aquellas mujeres que son madres y sufren un tipo de violencia que puede costar mucho reconocer y que causa vergüenza y culpa. Es la violencia ascendente, aquella que sufren las madres (en un porcentaje mayor), ejercida por sus hijos o hijas. Puede estar presente en todos los modelos actuales de familia, aparece en familias monoparentales, nucleares, homoparentales, adoptivas, reconstruidas, … de todas las clases socioculturales. Como la mayoría de las situaciones de violencia puede tener un inicio tibio, en la que los hijos y las hijas tienden a obtener el control y el poder del resto de miembros de la familia a través de ejercer violencia. Puede ser psicológica, física en todas sus formas, ambiental y económica.

En nuestra experiencia, estas mujeres se encuentran deprimidas, bloqueadas emocionalmente, sin recursos. Los consejos que suelen recibir suelen ser que tienen que tener paciencia, ser abnegadas, incluso que ellas son la fuente de amor que necesitan sus hijos o hijas para mejorar su comportamiento y por supuesto, recae sobre ellas la tarea de reconducirles, seguir cuidándoles incondicionalmente y conseguir salvarles. Esta violencia puede provocar rupturas familiares o separaciones de pareja y todo esto aumenta la culpabilidad de la mujer por no ser una buena madre, por no haber mantenido unida a la familia, por haber sido permisiva o haber ejercido mucho control, por no haber estado todo lo presente que debiera, si trabaja, o por no haber puesto los límites… porque está asumiendo, y así se lo trasmite la sociedad, que ella es la única responsable de la crianza de la prole, sobre todo de los errores de los hijos y las hijas, obviando la importancia de la corresponsabilidad.

¡El patriarcado hace tan bien su papel!, nos educa para que no dudemos, para que no nos cuestionemos y sobre todo para que, si algo pasa en el ámbito de la maternidad, nos culpemos. La culpa es un mecanismo que nos va a impedir hacer cambios, que nos va a inmovilizar, que impedirá que diseñemos estrategias para vivir con dignidad y bienestar. Hasta ahora, la educación recibida provoca indefensión, una gran vulnerabilidad, una construcción de la identidad como mujer centrada en la maternidad, que dificulta el desarrollo integral de las mujeres de manera saludable. Por el contrario, es necesario seguir trabajando por un cambio social en que ser mujer sea un valor en sí mismo.

Por Rosa Urien, psicóloga experta en género de AMS

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