«La violencia sexual es todo acto sexual, la tentativa de consumar un acto sexual o los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados, ejercidos mediante coacción por otra persona, independientemente de la relación de ésta con la víctima, en cualquier ámbito. Una agresión sexual es un delito muy grave, que puede sufrir cualquier mujer”
“La violencia sexual forma parte de la violencia estructural que permite la sociedad patriarcal, aquella que sufren las mujeres y las niñas por el hecho de serlo, y que genera gravísimas consecuencias en la salud integral de las mujeres que la padecen”.
Este artículo pretende ser un homenaje a todas las mujeres que han pasado por el Espacio de Salud Entre Nosotras con la esperanza de sanar las secuelas provocadas por algunas de las formas de violencia sexual sufridas a lo largo de su vida.
Desde el inicio de AMS, el objetivo de atender y cuidar a las mujeres que han sufrido violencia de género, en cualquiera de sus facetas, ha estado muy presente. También la reivindicación, sensibilización y prevención sobre los graves efectos que produce
esta violencia en las mujeres y las niñas y, más concretamente, la violencia sexual.
De forma directa la AMS ha recogido las vivencias de mujeres que, de niñas o adolescentes, sufrieron abusos sexuales por parte de hombres cercanos a su entorno inmediato, en la inmensa mayoría de los casos. Acompañar a estas mujeres en su proceso de sanación ha sido para Mujeres para la Salud un gran reto. Nos hemos esforzado para ofrecer un servicio de calidad que pudiese revertir el malestar que provoca esta violencia durante toda la vida de las mujeres.
A lo largo de este artículo voy a describir el trabajo terapéutico que llevamos a cabo en AMS con mujeres adultas que presentan malestares de género por las secuelas de la violencia machista vivida, en el marco de la Psicoterapia de Equidad Feminista.
Quiero comenzar describiendo los requisitos que consideramos prioritarios para que la atención a las mujeres sea lo más especializada posible y de la máxima calidad:
-La incorporación de la perspectiva de género feminista, es decir, aquella que intenta explicar la realidad de las mujeres visibilizando las causas de los malestares y las desigualdades estructurales que las atraviesan.
-La especialización de las profesionales que tienen que atender a las mujeres que sufren estas desigualdades y violencias machistas. Consideramos que las profesionales que tienen que atender estos malestares tienen que ser mujeres que hayan realizado un cuestionamiento personal sobre qué significa y qué consecuencias tiene haber sido socializada en el patriarcado.
-El trabajo grupal y la necesidad de una psicoeducación y prevención de futuras violencias con el objetivo de desmontar los mandatos de género que aprisionan a todas las mujeres y las impiden desarrollar su independencia y autonomía personal. Es la socialización que nos empuja a ocupar y magnificar el espacio de los cuidados, lo que realmente nos carencia y nos impide defendernos adecuadamente de las violencias machistas.
-La superación de los malestares y las secuelas a través del empoderamiento personal y colectivo de las mujeres.
Para continuar tengo que hacer un brevísimo recorrido histórico de la entidad a la que pertenezco con orgullo, la Asociación de Mujeres para la Salud, para que entendáis nuestra trayectoria y el cumplimento de nuestros objetivos en la atención de las mujeres con malestares de género.
En 1983, un grupo de mujeres profesionales de la salud, de distintas CCAA, preocupadas por la atención medica androcéntrica, comenzaron a reunirse y compartir otra visión de la salud de las mujeres. Esto fue el germen de la creación de la Asociación de Mujeres para la Salud, de la que Soledad Muruaga fue cofundadora y presidenta en 1987.
Entonces las consignas más comunes y repetidas a las mujeres eran “resígnate con lo que te ha tocado” y “tómate este psicofármaco para mitigar tus malestares”.
La escucha y el trabajo realizado durante todos estos años en el Espacio de Salud, por el que han pasado más de 12.000 mujeres, nos ha permitido desarrollar un tratamiento especializado denominado Psicoterapia de Equidad Feminista, dirigido específicamente a la recuperación de la salud mental de mujeres que enferman por el impacto patológico que ejerce sobre sus vidas la desigualdad estructural del sistema patriarcal.
En 1993 se inaugura el Espacio de Salud Entre Nosotras, el primer y único centro terapéutico con enfoque bio-psico-social de género en nuestro país, para que pretende tratar la salud mental de las mujeres adultas (de 18 a 70 años). Desde entonces nos hemos hecho expertas en entender cómo somos socializadas por el sistema patriarcal y qué efectos tiene en nuestra salud todo aquello que se deriva de la misma.
Nuestra teoría de intervención se basa en estudiar el impacto de estos factores:
- La socialización y la construcción de la identidad de género patriarcal impuesta a las mujeres (“mandato ser para los demás”), para que seamos las sostenedoras del sistema de cuidados. Este hecho provoca carencias en aspectos claves como el reconocimiento de necesidades individuales, la independencia personal, la toma de decisiones individuales o la asertividad y defensa de los derechos personales de las mujeres. Estar pendiente del otro hace que aceptemos formas de relación de subordinación y sumisión que nos predisponen a sufrir violencia.
- Los efectos de la violencia estructural de género. Es el instrumento del patriarcado para que las mujeres cumplamos con los mandatos de género. Solo si nos salimos de ellos corremos el riesgo de sufrir violencia. La violencia sexual es el más claro exponente de qué nos puede pasar si no cumplimos con los mandatos de no andar sola por la calle de noche o no vestir de forma provocativa, entre otros. Es decir, todas las mujeres aprendemos a tener miedo al espacio público, lo cual amplía nuestra dependencia.
- La influencia del resto de factores psicosociales diferenciales y de desigualdades de género que se imponen a las mujeres desde distintos ámbitos. Por ejemplo, desde niñas aprendemos que es peor ser niña que niño y naturalizamos esta realidad porque la cultura machista que la impone está por todas partes. Aprendemos a resignarnos, a pensar que la realidad es así y no se puede hacer nada contra ello. De esta manera se limita la capacidad crítica de las mujeres.
La escucha y el trabajo realizado durante todos estos años en el Espacio de Salud, por el que han pasado más de 12.000 mujeres, nos ha permitido desarrollar un tratamiento especializado denominado Psicoterapia de Equidad Feminista, dirigido específicamente a la recuperación de la salud mental de mujeres que enferman por el impacto patológico que ejerce sobre sus vidas la desigualdad estructural del sistema patriarcal.
En el 2013 pudimos editar un manual con nuestra teoría y tratamientos, que acabamos de reeditar en 2019. Con el manual y la necesidad de encontrar a profesionales formadas en la perspectiva de género feminista, el año siguiente, creamos la Escuela del Espacio de salud Entre Nosotras, en la que realizamos un Posgrado dirigido a profesionales de todas las disciplinas que trabajan con mujeres y niñas.
Muchas mujeres se asombran, ya desde la propia entrevista, de la mirada de género a la que se les invita, “nunca me había parado pensar en las cosas que me preguntas; estoy descubriendo cosas de mí que no había relacionado; estoy
entendiendo muchas cosas que no veía,…”
Cuando una mujer solicita una cita en el Espacio de Salud nuestra intervención comienza con una entrevista en la que comprobamos si presenta síntomas de malestares de género y recopilamos mucha información sobre su “historia de vida” hasta este momento. Necesitamos conocer qué modelo de mujer le correspondería ser, una escala de perfiles entre tradicional y moderna y cómo le afectan los mandatos de género, entre otras cuestiones. Comenzamos por la infancia para saber qué modelo de educación familiar ha recibido (familia tradicional patriarcal); qué nivel de sexismo, la relación entre hermanos, la influencia en el colegio; la relación entre los progenitores, si hubo violencia de género entre ellos, qué nivel de independencia le han ido permitiendo. Y continuamos por el resto de etapas (juventud, adultez) y áreas de vida (pareja, maternidad, amistades, trabajo, ocio…) para conocer el grado de autonomía vital alcanzado hasta el momento en que asiste al centro.
Con respecto a la violencia, realizamos distintos cribados sobre la violencia vivida, es decir, preguntamos a todas las mujeres si han sufrido violencias, entre ellas los ASI, en la infancia y juventud y, también, a lo largo de su vida y si ha sido dentro o fuera de la pareja. Nos parece imprescindible conocer estos datos, no solo porque con ellos nos hacemos una idea más precisa de cada mujer sino porque la violencia provoca secuelas que pueden estar condicionando el malestar. Si no se averiguan estos detalles a través de la entrevista no salen espontáneamente.
Muchas mujeres se asombran, ya desde la propia entrevista, de la mirada de género a la que se les invita, “nunca me había parado pensar en las cosas que me preguntas; estoy descubriendo cosas de mí que no había relacionado; estoy entendiendo muchas cosas que no veía,…”
Tanto la entrevista diagnóstica como el tratamiento buscan el conocimiento y el desarrollo de las distintas áreas afectadas por la socialización de género en cada mujer. El aumento de la autonomía, el establecimiento de relaciones de igualdad y el empoderamiento personal son los objetivos de la PEF. A través de esta visión holística y global de la vida de cada mujer se puede dirigir el trabajo hacia las verdaderas causas de su malestar actual y ajustar los objetivos de cada intervención. Por ejemplo, algunas mujeres que sufrieron ASI en la infancia no vienen al centro por ese problema que padecieron hace mucho tiempo, sino porque en la actualidad tienen problemas en su sexualidad compartida y se ven empujadas por el miedo a perder a su pareja. En este caso ir al origen del problema es imprescindible para entenderlo y saber abordarlo adecuadamente.
La intervención sobre la violencia sexual se trabaja desde esta concepción global e integradora de las mujeres. No se parcelan los síntomas, ni las áreas de vida afectadas, sino que se interpretan dentro de la vida y la historia de cada mujer. En el caso de la violencia sexual, conocer el momento vital en el que sucedió es relevante porque las secuelas que generan pueden ser diferentes en función del momento en que se padecen.
Con respecto a los abusos sexuales en la infancia (ASI), creemos que es imprescindible que nosotras enmarcamos dentro de la violencia de género sobre las niñas, porque se ejerce 3 veces más sobre ellas; porque el 98% de los abusadores son hombres y porque las secuelas son diferentes y específicas en ellas. Una niña abusada sexualmente por un hombre sigue socializándose como mujer y aumenta exponencialmente el riesgo de soportar nuevas formas de violencia a lo largo de su vida. En cuanto a las secuelas que provocan los ASI, tanto en el desarrollo de la niña, como en su salud mental posterior, son gravísimas y afectan a muchas áreas de la persona (la confianza en los demás, alteraciones en la sexualidad, en el autoconcepto) y arrastran y perduran a lo largo de la vida.
Muy relacionada con los ASI y las agresiones sexuales a lo largo de la vida de las mujeres, está la prostitución. Un alto porcentaje de las mujeres prostituidas sufrieron estas formas de violencia antes de ejercer. Podemos entonces pensar que muchas de ellas fueron traumatizadas y que sufren secuelas muy graves por ello.
En un estudio realizado por AMS el pasado año para el Mº de Igualdad, sobre las secuelas de los ASI en mujeres adultas, recorrimos los centros de atención a estas personas a lo largo del territorio del Estado.
Observamos que la mayoría de ellos no incorporan la perspectiva de género en el tratamiento, es decir es el mismo para hombres y mujeres y, además, en muchos casos, se resisten a considerar que es una forma de violencia de género contra las niñas.
Con respecto al ámbito de la pareja, esta violencia no suele producirse sola sino acompañada de otras formas diferentes, entre las que destaca la violencia psicológica. El sexo se convierte en otro espacio en el que controlar, humillar y destruir a las mujeres. En este caso, la intervención también es global y comienza por reconocer y desnaturalizar los comportamientos y las actitudes que el maltratador ejerce sobre la mujer. Comprender cuál es el objetivo de dichos comportamientos para entenderlos sin sentirse responsables y/o culpables por padecerlos.
Para concluir, hay que poner énfasis en la necesidad de que existan espacios en los que las mujeres puedan hablar libremente sobre su sexualidad. Sigue existiendo un modelo de educación sexual muy dañino para las mujeres, centrado básicamente en el placer masculino, con la pornografía como modelo. Seguimos teniendo carencias en esta faceta de la vida que se manifiesta en la escasa importancia que le damos, o en seguir manteniendo relaciones indeseadas con una evidente falta de asertividad.
“Verme obligada, con o sin violencia, a interacciones sexuales que no deseo con una pareja sexual” es una de las opciones más marcadas en la encuesta sobre Violencia sexual en las mujeres que hemos llevado a cabo.
Pilar Pascual-Psicóloga experta en Género y coordinadora de AMS
