El feminismo y la sociedad tiene un problema y este problema es lo que podemos llamar la irracionalidad queer, un conjunto de teorías basadas en ideas sexistas y acientíficas que cuentan con un vasto apoyo y presencia mediáticas en aras de
promover su aceptación sociocultural y que además, y esto es lo verdaderamente grave, se están introduciendo en el ordenamiento jurídico.
La irracionalidad queer es un problema para el feminismo porque sus tesis son profundamente sexistas y antifeministas y sin embargo, sus precursores y defensores alegan lo contrario, es decir, que las teorías queer son feministas. Las feministas no podemos aceptar tal afirmación bajo ningún concepto y debemos luchar contra esta narrativa tan difundida. Si acaso, como explica la maestra Amelia Valcárcel, las teorías queer son consecuencias no queridas o precipitados laterales de la teoría feminista porque a pesar de que utilizan algunos de nuestras herramientas de análisis, lo hacen de una forma que nada tiene que ver con el acervo feminista. No se puede culpar pues, como desacertada y malintencionadamente hacen los críticos y detractores del movimiento feminista, a la teoría feminista de la aparición de las teorías queer porque surge, se desarrolla y utiliza como freno a los avances feministas. Cuando las mujeres en muchos lugares del mundo empezábamos a visibilizar la problemáticas asociadas a nuestro sexo y a ostentar igualdad jurídico-formal (que no material), aparece en la academia americana una teoría que niega la realidad biológica que es el sexo y que, introducida en el ordenamiento jurídico, supone la vulneración efectiva de los derechos de las mujeres. Teorías estas que se difunden con inusitada rapidez en el resto del mundo, en y desde la academia y los medios más masivos. Pura reacción patriarcal.
Negar el sexo, que es una evidencia empírica observable y constatable, además de revelar el carácter acientífico de las teorías queer, supone negar la base sobre la que se edifica la opresión sexual de las mujeres y que se reproduce a través de la herramienta de subordinación de sexual que es el género. Niegan por tanto la jeraquía sexual y con ello el partriarcado. ¿Cómo vamos a asumir estos postulados como feministas? El sexo es además la categoría sobre la crean e implementan políticas de igualdad que pretenden erradicar la desigualdad estructural padecida por las mujeres. Si se compromete el sexo, se comprometen y se vuelven ineficientes estas políticas.
Las teorías queer obvian también el acervo feminista cuando teorizan sobre el género. La teoría feminista define el género como el conjunto de estereotipos sexistas, funciones y roles impuestos a las mujeres por nacer con sexo femenino y cuya finalidad es relegarnos a posición subordinada en la jerarquía sexual. Roles y funciones que se aprenden e interiorizan a través de educación y socialización diferenciada en función del sexo. Las teorías queer definen el género como manifestación o vivencia interna de la personalidad. Esto implica, por ejemplo, que si un niña se aparta de los roles femeninos prototípicos y socialmente impuestos a la niñas, la afirmación de que esta niña tiene una identidad de género masculina y que por tanto es un niño. Es la clásica y más arcaica defensa patriarcal de los estereotipos sexistas hecha ahora en nombre de una falsa e interesada “diversidad”.
Como ven, utilizan nuestras construcciones teóricas para negarlas o tergiversarlas. Es imposible aceptar este ejercicio analítico ni sus consecuencias teórico-prácticas como feminista. Hacerlo significaría dañar, despolitizar y mermar la fuerza del movimiento feminista, además de una eficiente y penosa forma de desarticular la teoría feminista.
La irracionalidad queer es también un problema social porque su introducción en el ordenamiento jurídico a través de leyes autonómicas de “identidad de género” ya aprobadas y la ley de identidad estatal que esta legislatura pretende aprobar el Ministerio de Igualdad, supone el borrado jurídico del sexo, la vulneración de los derechos de las mujeres y un maltrato a la infancia. Es un maltrato a la infancia porque las “infancias trans” no existen, lo que existe son niños y niñas que no se ajustan a los estereotipos sexistas. Sin embargo, en Protocolos educativos de comunidades autónomas donde existen leyes de identidad se defiende la existencia de “infancias trans” y de cerebros sexuados (un ejemplo es el Protocolo educativo de Galicia). En lugar de educar y orientar a estos niños y niñas para ejercitar en el libre desarrollo de la personalidad, se les orienta a la perpetuación de roles sexistas y a la creencia de que por no cumplir los roles asignados a su sexo pertenece al contrario induciendo a niños y niñas sanas, siendo estos orientadores más o menos conscientes, a innecesarios y perjudiciales procesos hormonales y más tarde, a procesos quirúrgicos. Medicalizar de por vida a un niño o niña sana es desde luego un maltrato a la infancia y una retroceso social al que estoy segura miraremos en un futuro próximo con espanto.
Es necesario alertar además de que si los padres cuestionan la “identidad de género” de su hijo/a, este tipo de legislación lo calificará como llamar factor de riesgo con la amenaza que ello supone para el ejercicio de la patria potestad. Puede suponer de facto una amenaza de puesta en conocimiento de autoridad judicial por parte de servicios sociales u otras instituciones a los padres que busquen asesoramiento psicológico ante el problema (que necesita en algunos casos de tratamiento y acompañamiento médico) de disforia de género que presente el niño o la niña.
Negar el sexo, que es una evidencia empírica observable y constatable, además de revelar el carácter acientífico de las teorías queer, supone negar la base sobre la que se edifica la opresión sexual de las mujeres y que se reproduce a través de la herramienta de subordinación de sexual que es el género.
Podemos afirmar que las tesis queer (“identidad de género”, “multiplicidad de géneros”) perpetúan y apuntalan el género y los estereotipos sexistas a través de la naturalización o esencialización de los mismos. Introducir estas tesis en la en la norma jurídica supone proteger o blindarlo jurídicamente, cuando precisamente la norma jurídica debería estar encaminada a erradicar el género.
Como hemos visto, ello comporta un maltrato a la infancia pero también la vulneración efectiva de los derechos de las mujeres. Y es aquí donde debemos hablar de otro de los principios vertebradores de las leyes de identidad de género, esto es, la autodeterminación de género.
La ley 3/2007 reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas exige para el “cambio de sexo” en el Registro Civil un diagnóstico de disforia de género, realizado por un profesional de la medicina o la psicología y un tratamiento hormonal durante dos años salvo en el caso de menores o personas que presenten problemas de salud derivados del tratamiento.
El requisito de certificado médico de disforia de género es la única garantía de evitar el fraude en el cambio registral de sexo, si bien no deja de ser una ficción jurídica en tanto que el sexo es una realidad biológica inalterable.
El principio de autodeterminación de género que aparecía en las proposiciones de ley de Unidas Podemos presentadas en la legislatura anterior (proposiciones de 2017 y 2018) y que sabemos se introducirá en la nueva ley impulsada por el Ministerio de Igualdad, implica eliminar estos requisitos y que para el cambio registral de sexo solo sea exigible la mera declaración de voluntad, es decir, que un hombre que diga ser o sentirse mujer y así lo manifieste en el Registro Civil lo será a todos los efectos jurídicos. No será necesario diagnóstico de disforia de género, no será necesario probar un sentimiento prolongado de inconformidad con el propio cuerpo, no será necesario descartar trastornos psicológicos que puedan conducir al rechazo temporal al cuerpo. Nada, simplemente se exigirá una declaración de voluntad. Por tanto, cuando eufemísticamente hablan de autodeterminación de género o despatologización, ante lo que verdaderamente nos encontramos es ante el borrado jurídico del sexo. Esto es una aberración jurídica que compromete los derechos y espacios de las mujeres así como las políticas de igualdad vertebradas, lógicamente, en función del sexo.
La aplicación del principio de autodeterminación del género hace imposible evitar posibles motivaciones espurias en lo cambios registrales de sexo como el intento de eludir la aplicación de la ley integral de violencia de género, acceder a espacios exclusivos de mujeres como vestidores frecuentados por niñas, participar en categorías deportivas femeninas, acceder a cuotas de empleo femenino o ir a un módulo de prisión de mujeres. Porque estos casos enumerados precisamente son las implicaciones prácticas, políticas y jurídicas de este tipo de legislación. Podemos hablar, por ejemplo, de lo que ya está pasando en categorías deportivas femeninas donde hombres autoidentificados como mujeres compiten contra mujeres compometiendo el trabajo de años de las mujeres deportistas y su derecho a competir en igualdad de condiciones, así como su integridad física y seguridad. A este respecto, recomiendo que visiten la página web de la Alianza Contra el Borrado de las Mujeres donde encontrarán además de múltiples ejemplos de lo relatado, todas las nocivas implicaciones que estas leyes tienen para los derechos de las mujeres y la infancia.
Otro derecho que está siendo ya amenazado por las leyes de identidad de género autonómicas y por lo que denomino feligresía queer es la libertad de expresión. No es un capricho ni una exageración llamar feligresía al movimiento trangénero, pues promueve dogmas reaccionarios, sexistas y acientíficos y quienes hacemos crítica legítima de ellos y explicamos sus implicaciones somos acosadas, difamadas, amenazadas e incluso agredidas. A ello hay que sumarle la censura administrativa impuesta en normas autonómicas que califica, al igual que el movimiento transgénero, de odio o transfobia cualquier manifestación contraria a los postulados queer y con cualquiera me refiero a que decir por ejemplo “el sexo biológico existe” puede ser calificado como mensaje de odio o transfobia.
El retroceso social promovido por las leyes y la cultura queer es enorme, y tristemente un hecho ya incontrovertible. No podemos hacer otra cosa que denunciarlo y luchar sin descanso hasta acabar con esta ofensiva neoliberal y patriarcal que tienen tantas y tan perjudiciales consecuencias. Háganlo con nosotras. Recuerden que, como decía Magdalen Berns, decir la verdad no es odio.
Paula Fraga-Jurista y divulgadora feminista
