En este artículo se va a dirigir la mirada a la pornografía para buscar respuestas a la pregunta de por qué a tantos hombres les parece excitante realizar prácticas “sexuales” con una mujer que no desea realizar estas prácticas con ellos. Esto
es precisamente lo que sucede cuando los varones ejercen violencia sexual, pero también cuando prostituyen a mujeres: se están excitando en la realización de prácticas que están viviendo como sexuales pese a que las mujeres no quieran realizarlas; es decir, pese a que no sean sexo, sino violencia sexual.
¿Cuál es el esquema de la pornografía?
En la pornografía, el varón tiene el papel de sujeto: es el sujeto que tiene un deseo sexual. La norma central de la pornografía, que siempre va a cumplirse, es que el varón va a satisfacer ese deseo accediendo para ello al cuerpo de una mujer o de una niña. En los cinco años en que se realizó la mencionada investigación sobre pornografía, no se encontró ni un solo vídeo en que un hombre tuviera un deseo, fuera el que fuera, y ese deseo no se viera finalmente satisfecho por medio de su acceso al cuerpo de una mujer o de una niña.
Las mujeres y las niñas, en la pornografía, tienen el papel de objetos: son el cuerpo que el varón utiliza para satisfacer su propio deseo. Las mujeres están completamente deshumanizadas: es irrelevante que haya o no haya deseo y consentimiento por su parte, o que sean menores. Partiendo de la deshumanización de las mujeres, la pornografía muestra indistintamente sexo y violencia sexual: lo único relevante en la misma es que el deseo del varón se vea satisfecho, y eso va a suceder siendo irrelevante que las prácticas que realice para satisfacerlo sean sexo o violencia sexual. En cinco años de investigación, no se encontró ni un solo vídeo en que las mujeres dijeran que no querían que el varón accediera a su cuerpo para satisfacer su propio deseo sexual y ese “no” fuera respetado; pero sí se encontraron muchos vídeos en que las mujeres decían que no querían que el varón accediera a sus cuerpos. En la pornografía, las mujeres no tienen derecho a decir “no” y que ese “no” se respete; y en un ámbito en que no se puede decir un “no” que sea respetado, el “sí” no es válido, porque no existe posibilidad de elección real. La pornografía arrebata a las mujeres su derecho a poner límites a los varones en lo relativo al acceso de estos a sus cuerpos; en otras palabras, niega el derecho humano de las mujeres y de las niñas a una vida libre de violencia.
¿Qué sucede con el “no” de las mujeres en la pornografía?
La pornografía, desde su esquema más básico, transmite el siguiente mensaje: “el ‘no’ de las mujeres no se respeta”. Ahora bien: ¿qué sucede en la pornografía cuando aparece ese “no” que nunca es respetado? O, en otras palabras, ¿cómo presenta la pornografía la violencia sexual? ¿Qué mensajes transmite la pornografía sobre esta violencia y cómo colaboran en su reproducción?
Para comprender estos mensajes, es necesario tener en cuenta que, en el patriarcado actual, todavía se considera que la ausencia de resistencia activa de una mujer es equivalente a su consentimiento, y ese supuesto consentimiento será suficiente para afirmar que una práctica es sexo, y no violencia sexual. En otras palabras: s no grita, no llora, no intenta defenderse, s se considera que eso es sexo, y no violen Teniendo esto en cuenta, cuando las mujeres, en la pornografía, dicen “no”, es posible observar dos mensajes diferentes.
“El ‘no’ de una mujer no significa ‘no’”
En primer lugar, puede suceder que la pornografía transmita que ese “no”, en realidad, no significa “no”. Esta es la primera estrategia que se pone en juego en la pornografía en lo relativo a la reproducción de la violencia sexual: la invisibilización de esta violencia en tanto que violencia y su normalización y erotización como si fuera sexo. Esto es, en otras palabras, cuando la pornografía muestra situaciones que son violencia sexual, pero las muestra como si fueran sexo, y no violencia.
El esquema que siguen la mayoría de vídeos más vistos en las páginas de pornografía más visitadas es el siguiente: hay un hombre que quiere realizar una práctica sexual con una mujer que deja claro que no quiere realizarla; ante esa negativa de la mujer, el varón ejerce algún tipo de presión, coacción o chantaje que hace que ella acabe accediendo. Las prácticas que sucedan a continuación no son sexo, sino que son violencia sexual, porque no se cuenta con el deseo de la mujer y su consentimiento ha sido dado bajo coacción. Cuando comienzan dichas prácticas, se puede observar que no hay deseo por parte de la mujer, que se está comportando de manera pasiva y no está obteniendo ningún tipo de placer; tampoco se observa sufrimiento por su parte. Ahora bien, según avanza el vídeo y las prácticas, llega un momento en que la actitud de la mujer cambia radicalmente: ella comienza a participar activamente en las prácticas y a mostrar estar sintiendo placer. El varón que está viendo estos vídeos no interpreta esta situación como violencia sexual, sino como sexo, pues no solo no ve ningún tipo de resistencia activa por parte de las mujeres, sino que acaba viendo su participación activa y su placer.
Las mujeres y las niñas, en la pornografía, tienen el papel de objetos: son el cuerpo que el varón utiliza para satisfacer su propio deseo. Las mujeres están completamente deshumanizadas: es irrelevante que haya o no haya deseo y consentimiento por su parte, o que sean menores.
¿Qué aprenden los chicos, que comienzan a consumir pornografía a edades entre los 8 y los 11 años, que no solo no tienen una educación previa que les permita diferenciar el sexo de la violencia, sino que han sido socializados en un contexto patriarcal en que la desigualdad y diversos niveles de violencia “sutil” contra las mujeres están normalizados y erotizados, cuando este esquema se les repite constantemente? Lo que aprenden es que, aunque parezca que una mujer no quiere mantener relaciones sexuales, incluso aunque diga específicamente que no quiere, “en el fondo lo está deseando”; que las mujeres, en un primer momento, tienden a “hacerse las difíciles”, a decir “no” cuando, en el fondo, sí que quieren. Estos vídeos legitiman la presión, la coacción y el chantaje que los varones ponen a las mujeres para que estas accedan a realizar prácticas que ellos desean y ellas no y que, por tanto, son violencia sexual; enseñan que el no de una mujer no significa “no”, que se puede convertir en un “sí” por medio de la coacción y que eso no hace que las prácticas sean violencia sexual. La pornografía transmite que una práctica que comienza sin el deseo de la mujer y con un consentimiento forzado es sexo, y no violencia sexual.
Con la visualización de estos vídeos, se construye un deseo sexual masculino que permite que los varones se exciten en situaciones que son violencia sexual y puedan llegar a ejercerla sin ser conscientes de que están ejerciendo violencia, sino considerando que eso es sexo. Afirmando que “el ‘no’ de una mujer no significa ‘no’”, la violencia sexual se reproduce porque se invisibiliza que es violencia y se normaliza y erotiza como si fuera sexo.
“Cuando el ‘no’ de una mujer significa ‘no’, es sexualmente excitante no respetarlo”
En segundo lugar, puede suceder que la pornografía transmita que “cuando el ‘no’ de una mujer significa ‘no’, es sexualmente excitante no respetarlo”. Esta es la segunda estrategia que se pone en juego en la pornografía en lo relativo a la reproducción de la violencia sexual: la erotización directa de esta violencia. Esto es, en otras palabras, cuando la pornografía muestra situaciones que también son violencia sexual, pero ahora de manera que se capta perfectamente que son violencia sexual porque se muestra la resistencia activa de las mujeres: son situaciones en que las mujeres lloran, gritan e intentan defenderse.
El consumo de este tipo de pornografía no es minoritario. El vídeo más visto que se encontró en la mencionada investigación mostraba una violación colectiva de cuatro varones a una mujer: ellos la raptan, la llevan a un descampado, ella intenta escapar repetidamente pero ellos la persiguen, la golpean mientras ríen, la agarran para turnarse para penetrarla anal, bucal y vaginalmente mientras ella se retuerce, grita y llora. El siguiente vídeo más visto en esa página web tenía menos de la mitad de visualizaciones. Esta pornografía es masivamente consumida.
Que la pornografía erotiza la violencia sexual es un hecho innegable. Cuando los varones consumen este tipo de pornografía, captan que lo que están viendo es violencia sexual, pero simultáneamente aprenden a erotizarla: la están viendo en la pornografía, y los varones consumen pornografía principalmente para masturbarse visualizándola. Cuando lo hacen, se están excitando mirando primeros planos de la cara de una mujer que llora, escuchando los gritos desgarradores de una mujer ante una violación. La existencia de estos vídeos y el hecho de que sean masivamente consumidos es muy relevante en la reproducción de la violencia sexual, porque enseñan a los varones a excitarse con el ejercicio de esta violencia; y los varones, en lo que consideran su vida “sexual”, no van a hacer todo lo que les excite, pero todo lo que hagan lo van a hacer porque les excita. Que la pornografía les enseñe a excitarse con el ejercicio de la violencia sexual es muy relevante, porque abre la puerta a que puedan decidir ejercerla, esta vez siendo conscientes de que eso es violencia sexual.
Conclusiones
En la pornografía, es posible encontrar respuestas a la pregunta de por qué a tantos hombres les parece excitante realizar prácticas “sexuales” con una mujer que no desea realizar estas prácticas con ellos; es decir, de por qué a tantos hombres les parece excitante ejercer violencia sexual contra las mujeres.
En primer lugar, la pornografía transmite a los varones que el “no” de una mujer no significa “no” y que, por tanto, realizar esas prácticas con una mujer que ha expresado que no quiere realizarlas es, simplemente, “sexo”. La pornografía invisibiliza en estos casos que la violencia sexual es violencia y la normaliza y erotiza como si fuera sexo, colaborando en la construcción de una sexualidad masculina que permite que los varones ejerzan violencia sexual sin ser conscientes de que están ejerciéndola.
En segundo lugar, la pornografía transmite a los varones que, cuando el “no” de una mujer realmente significa “no”, es sexualmente excitante no respetarlo. La pornografía, en estos casos, erotiza de manera directa el ejercicio de la violencia sexual, colaborando en la construcción de una sexualidad masculina que permite que los varones se exciten con la idea de ejercer violencia sexual y puedan decidir ejercerla siendo conscientes de que es violencia.
La pornografía es un producto del patriarcado que deshumaniza a las mujeres y a las niñas; que enseña a los varones que la violencia sexual, o bien no es violencia, o bien es sexualmente excitante; que, por tanto, invisibiliza, normaliza, erotiza y hace apología de la violencia sexual contra mujeres y niñas. La pornografía es una escuela de violencia sexual contra mujeres y niñas, colabora en la reproducción de este tipo de violencia y es, por tanto, incompatible con el avance hacia sociedades en que las mujeres y las niñas puedan disfrutar, por fin, de su legítimo derecho humano a una vida libre de violencia.
* En este artículo, se hará referencia a datos obtenidos en la investigación que la autora del mismo realizó para su tesis doctoral, titulada “La reproducción de la violencia sexual en las sociedades formalmente igualitarias: un análisis filosófico de la cultura de la violación actual a través de los discursos y el imaginario de la pornografía”, dirigida por la Dra. Ana de Miguel Álvarez, realizada entre el año 2015 y el 2020 en el Doctorado Interuniversitario en Estudios Interdisciplinares de Género, en la Universidad Rey Juan Carlos, con un contrato FPU del MECD.
Dra. Mónica Alario Gavilán-Doctora Internacional en estudios de género y experta en violencia sexual y pornografía
