En 2012, en un artículo titulado “Dibujando y pensando en el mañana” Amelia Valcárcel afirmaba que “… una de las grandes innovaciones del feminismo (…) es que ha permitido a las mujeres ser amigas, por primera vez y de verdad. El orden patriarcal es un orden en el que las mujeres son separadas, sin por ello convertirlas en individuos. Su primer logro es la insolidaridad femenina que tiene que alcanzar para lograr que se vuelvan frágiles. Consigue que las mujeres no se dirijan a otras, sino a un núcleo diferente (…) en concreto hacia el poder prevalente que tiene quien decide (…) La amistad la tenemos bien teorizada (…) El feminismo ha sido una escuela enorme de amistad para las mujeres desde que nace (…) Y esto es fantástico, porque es lo que permite seguir adelante. Pero no sólo desde ahí, en el pacto político, cuando se crean las fuerzas políticas, la amistad ha sido también un elemento muy importante para fraguar lo que entendemos que son los partidos… pero la propia dinámica política hace que los partidos se conviertan en maquinarias de poder donde la amistad se fragiliza, porque los partidos tienen un comportamiento maquiaveliano (…). La estructura del poder no ha dejado de tener un fondo maquiaveliano fuerte (…) porque forma parte de la naturaleza del poder.” Por supuesto, se refiere a la idea de poder sobre… o poder como dominio, que el ideario feminista no comparte.
Así pues, es evidente que la amistad entre mujeres ha sido muy importante para constituir las organizaciones de mujeres, cuya consolidación comienza a fraguarse en los años 60, a partir de la denominada tercera ola del feminismo, con el surgimiento del feminismo radical. Sin embargo, la amistad entre mujeres no ha sido un elemento suficiente para consolidar las organizaciones feministas.
Hace ya 47 años, en 1972, Jo Freeman publicó un artículo titulado “La Tiranía de la falta de estructuras” en el que realizaba una profunda crítica a las organizaciones de mujeres vertebradas en torno a la amistad… dice Freeman: “…si el movimiento pretende expandirse más allá de estas etapas elementales de desarrollo tendrá que abandonar algunos de sus prejuicios sobre la organización y la estructura (…) Al contrario de lo que nos gustaría creer no existe algo similar a un grupo sin estructuras (…) en la medida en que la estructura del grupo es informal, las normas de cómo se toman decisiones son sólo conocidas por unas pocas, y la conciencia de que existe una relación de poder se limita a aquellas que conocen las normas (…) no son grupos de conspiración (…) Las élites son nada más y nada menos que grupos de amigas (…) funcionan con redes de comunicación al margen de cualquier canal que el grupo haya establecido con este fin y, si no existen canales, funcionan como la única red de comunicación (…) los pre-requisitos típicos para participar en las élites informales del movimiento y, por lo tanto, para ejercer cierta forma de poder, tienen relación con la clase social, la personalidad y la disposición de tiempo. «No incluyen la competencia, la dedicación al feminismo, el talento o la potencial contribución al movimiento”. Según Freeman, las circunstancias señaladas entrañaban dos problemas fundamentales, 1) que la estructura informal guardará una gran semejanza con una sororidad en donde cuando se escucha a alguien es porque te cae bien y no porque diga cosas significativas, y 2) que la consecuencia negativa se cifra en que las estructuras informales no obligan a las personas que lo integran a responder ante el grupo en general. Otro problema derivado, para Freeman, era la falta de representatividad pública del movimiento feminista que quedaba en manos de quienes ella denomina “mujeres estrella”, que son reclamadas, dice, por su notoriedad personal y que, aun sin proponérselo, actúan como portavoces del movimiento por defecto, provocando en las demás “un resentimiento que muy frecuentemente se siente hacia estas mujeres”, que bien se separan del movimiento o crean nuevos grupos afines, antagónicos con los que abandonó…
Lamentablemente, transcurridos cuarenta y siete años, el conflicto sigue latente y el movimiento feminista sigue enquistado en las contradicciones de sus modelos relacionales. Y es que, hasta el momento, todavía el feminismo no ha sido capaz de afrontar el debate para definir desde qué modelo de Poder deseamos construir nuestras estructuras, nuestras organizaciones.
En las dos citas anteriores, han aparecido dos conceptos importantes: Sororidad y Poder.
La Sororidad, es decir el apoyo y la solidaridad entre mujeres sostenida por el respeto mutuo y el amor entre hermanas, no deja de ser un desiderátum, una idea performativa que, por tanto, hay que construir y anclar sobre elementos sólidos y veraces que permitan consolidar las estructuras creadas, que no pueden estar sometidas a los procesos de amor y desamor entre las instituidas, a filias y fobias.
Por otra parte está el modelo de Poder sobre el que se asientan, formalmente, las estructuras creadas que por razones legales siguen las normas obligadas por las instituciones patriarcales que terminan impregnando las relaciones entre las instituidas.
Respecto al Poder si bien apenas hemos debatido, sí es cierto que, a partir de los años 80, el feminismo asumió para sí el término empoderamiento, que si bien es efectivo en el ámbito personal, por cuanto supone que las mujeres desarrollemos la confianza y la seguridad en nosotras mismas, en nuestras capacidades y potencialidades valorando positivamente nuestras acciones y decisiones, repercutiendo, así mismo, en el ámbito colectivo tanto en cuanto nos permite hacer visibles nuestras reivindicaciones respecto a nuestros derechos y ganar espacios en las agendas políticas, no es suficiente para articular un modelo organizacional ni estratégico que permita al Feminismo presentarse como la alternativa de Poder al Poder patriarcal…
«Uno de los retos del feminismo es instituir organizaciones ajustadas al ideario y a la ética feminista, lo que requiere consensuar un modelo de poder alternativo al patriarcado que potencie el reconocimiento de la autoridad de las mujeres.»
Pero, claro, si no tenemos un modelo de poder sobre el que ajustar nuestras estructuras, si no visibilizamos los conflictos internos, ni disponemos de estructuras dónde podamos resolverlos, los conflictos se enquistarán, como de hecho sucede, ya que en numerosas organizaciones los conflictos interpersonales se silencian en los espacios colectivos, pero se plantean en los pasillos generando malestares, lo cual no solo no ayuda a resolverlos sino que muchas veces contribuye a maximizarlos y siempre a enquistarlos con consecuencias tremendas, porque para resolver un problema lo primero que hay que hacer es reconocer su existencia y en torno a los problemas de las relaciones entre mujeres, dentro de las organizaciones, lo que suele imperar es el silencio, el susurro y a veces incluso la conspiración dentro de una estructura supuestamente diseñada para poner en juego principios éticos, olvidándonos de, por ejemplo, la ética del cuidado que propugnamos…
Llegadas a este punto pueden surgir varias preguntas… ¿qué tiene que ver esto con el modelo de poder? ¿Qué tiene que ver el modelo de poder con la estructura organizativa de la que nos dotemos? ¿Qué tiene que ver con las relaciones entre mujeres?
En primer lugar, disponer de un modelo de poder ajustado a la ética y al ideario feminista permitirá poner en valor la competencia, la dedicación al feminismo, el talento o la potencial contribución al movimiento de las instituidas en tal estructura, lo que en sí tiene una relación directa con valores claves como el Reconocimiento, la Autoridad e incluso la Redistribución de los recursos, básicos en lo que hace referencia a la gestión del Poder, teniendo menos peso las relaciones de las instituidas en una organización… si fulanita me cae mejor o peor y si es más o menos amiga mía, pongamos por caso…
Por otra parte, si la organización funciona con el modelo de Poder que tenemos interiorizado y que reconocemos casi como “natural”, como sucede con el modelo patriarcal en sus distintas variantes, nuestras relaciones acabarán estando demasiado jerarquizadas y para poder ejercer el poder tendremos que confabular y derrocar a quien lo ejerza a quien consideraremos nuestra contrincante, aun cuando compartamos objetivos, lo que repercutirá en el funcionamiento de la organización, en el uso y distribución de los recursos, en el diseño de las estrategias etc., e incluso en el diseño de las relaciones entre mujeres feministas dentro de los partidos políticos y, por supuesto, en este caso, en las relaciones con los miembros varones del partido.
Otro asunto es la idea de la horizontalidad absoluta, término que también hay que reconsiderar y reconstruir, ya que adolece de las mismas consecuencias que las de la amistad, de la que hemos hablado, pues afecta al reconocimiento del talento, de la competencia, del compromiso, etc.
El problema está ahí, y no creo que debamos demorar mucho su abordaje, porque afortunadamente nuevas generaciones de mujeres se han ido incorporando al movimiento feminista y sería conveniente que no heredaran nuestras carencias, y el abordaje del modelo de Poder (que afecta a nuestras relaciones por cuanto todas las relaciones son relaciones de poder) es una de ellas.
Desde luego, lo que No vale decir, a estas alturas del siglo XXI, cuando ya sabemos que todo tipo de relación entraña una relación de poder, es “No me interesa el poder, o las mujeres no queremos poder”, que todavía se escucha, primero porque no es cierto, segundo porque nos instala en la impotencia y el Feminismo es un movimiento potente y vivo, es un movimiento político cuyo objetivo es erradicar el patriarcado y transformar la sociedad para conseguir el bien común y el buen vivir de todas y de todos, como nos recuerda Ana de Miguel.
El movimiento está integrado por mujeres feministas que necesitamos desembarazarnos de las estructuras patriarcales y de ese concepto de amistad que no es imprescindible para el logro de nuestros objetivos, sino que lo ralentiza debiendo, eso sí, relacionarnos desde el respeto mutuo (no desde la incondicionalidad), a través de estructuras que se ajusten, insisto, al ideario y la ética feminista, para articular estrategias y modelos relacionales que nos faciliten el logro de nuestros objetivos, a la par que favorezcan el establecimiento de pactos que trasciendan las reivindicaciones puntuales, es decir, presentes, articulando estrategias para el medio y el largo plazo, para tener futuro, para que este mundo tenga un futuro… Porque en verdad ¡El futuro ha de ser feminista o no será!
Alicia Gil Gómez-Dra. Sociología del Género. Lda. Filosofía y CC. EE. Coordinadora Pedagógica de Escuela ESEN
