Dudo constantemente de mí misma, me cuesta relacionarme, socializar, he tenido relaciones de pareja en las que he sufrido violencia y tengo miedo a que se repitan. Desconfío de todo el mundo, desconfío de los hombres”. “Tengo dependencia en las relaciones, no sé estar sin pareja y me hace daño, quiero dejar la relación y no lo consigo”. “Nunca se me atendió cuando era pequeña, nunca se me escuchó, a mi madre sí… Creo que yo no he podido tratar lo que viví en mi infancia. Estoy enfadada con mi madre por no habernos protegido, por no dejar a mi padre. No tengo suerte en las relaciones de pareja, siempre me salen mal”.

Estas y otras narraciones similares son ejemplos del malestar que expresan algunas mujeres cuando acuden a nuestro centro.

Cuando en el trabajo terapéutico de AMS evaluamos las historias de vida de estas mujeres, no es extraño encontrarnos con que han sido niñas víctimas de violencia de género. Algunas son conscientes de la violencia que su padre ejercía sobre su madre, incluso, son capaces de ponerle nombre, (quizás porque ya han hecho un trabajo personal previo o han tenido la oportunidad de ver, a través de la literatura, las redes, la formación u otras experiencias, lo que es la violencia de género). Otras, sin embargo, tienen totalmente naturalizada esta violencia, “mi padre era muy especial, se hacía lo que él quería, pero nunca nos ha tratado mal”, “a mi padre le molestaba que mi madre fuese tan alegre o que quisiese estar con sus amigas, era mucho más joven que él”, “recuerdo que teníamos miedo cuando mi padre entraba en casa, no sé por qué, pero sabíamos que había que estar en silencio y no molestar”, “a veces se pasaba días enteros sin dirigir la palabra a mi madre”, “discutían mucho”.

Cuando entendemos cómo se han ido construyendo estas mujeres y lo que han tenido que hacer para seguir adelante en sus vidas, en ese contexto de violencia, nos damos cuenta de los mecanismos que han tenido que poner en marcha desde niñas para poder sobrevivir a esta situación. Desde ser invisibles, no expresar sus sentimientos o necesidades por miedo a empeorar la situación, disociarse, justificar los comportamientos de su padre (o pareja de su madre), intentar agradar, … hasta creer que eran ellas las responsables de lo que pasaba, o que lo eran sus madres, o que podían hacer algo para que no sucediese. Y muchos de estos mecanismos que les sirvieron en su infancia y que han sido recursos de afrontamiento muy útiles, a veces son también los que están implicados en muchas de las dificultades que presentan en la actualidad en sus relaciones personales y afectivas, en la mayor probabilidad de sufrir violencia en sus relaciones de pareja adultas y en la idea negativa sobre sí mismas.


“mi padre era muy especial, se hacía lo que él quería, pero nunca nos ha tratado mal”, “a mi padre le molestaba que mi madre fuese tan alegre o que quisiese estar con sus amigas, era mucho más joven que él”, “recuerdo que teníamos miedo cuando mi padre entraba en casa, no sé por qué, pero sabíamos que había que estar en silencio y no molestar”


Porque sí, las hijas e hijos de las mujeres maltratadas son receptoras/es directas/os de la violencia contra sus madres, incluso aunque no la presencien, aunque no sufran agresiones físicas o verbales directas, no son meras/os espectadoras/es, sino víctimas directas de la violencia y puede ser tan traumático para ellas y ellos como ser víctimas de abusos físicos, psicológicos o sexuales.

Y aunque la consideración de víctimas directas de violencia de los y las menores, ya es así considerada desde hace muchos años según nuestra legislación, todavía hoy siguen siendo, en muchas ocasiones, las víctimas invisibles.


Las hijas e hijos de las mujeres maltratadas son receptoras/ es directas/os de la violencia contra sus madres, incluso aunque no la presencien, aunque no sufran agresiones físicas o verbales directas, no son meras/ os espectadoras/es, sino víctimas directas de la violencia y puede ser tan traumático para ellas y ellos como ser víctimas de abusos físicos, psicológicos o sexuales.


Sintomatología como la hiperactividad, el exceso o la falta total de control sobre su vida, la agresividad, el retraimiento, los problemas para establecer relaciones sociales, el aislamiento social, el miedo a que algo malo vaya a pasar o a la pérdida de su padre o su madre, las alteraciones del sueño, las pesadillas o los terrores nocturnos, los síntomas de ansiedad y depresión, la baja autoestima, los problemas de rendimiento, de atención y concentración en el colegio, la falta de seguridad y confianza, los problemas de alimentación, … son indicadores habituales de estar sufriendo violencia de género en sus hogares. Sin embargo, esta sintomatología muchas veces no se asocia a la situación de violencia y se trata como problemas individuales, neurológicos o de conducta a través de la atención farmacológica o psicológica, que no tiene en cuenta los factores sociales que provocan desigualdad en las relaciones, ni la violencia de género a la que se ven sometidas/os. Y esto les obliga a permanecer en un entorno violento del que no pueden escapar, porque está invisibilizado y no se detecta. Lo que a su vez, va a aumentar el daño psicológico, físico y emocional tanto a corto, como a largo plazo.

Los efectos de la violencia de género son devastadores tanto en niños como en niñas y a corto plazo van a presentar, como hemos visto, una serie de síntomas emocionales, cognitivos y conductuales similares, comunes para ambos. Sin embargo, a largo plazo, el modelo de pareja, amor y afecto que están aprendiendo de sus progenitores, y los diferentes roles con los que se van a identificar por la socialización, pueden dar lugar a la aparición de problemas distintos, según sean niños o niñas.

Puesto que nuestro trabajo terapéutico en AMS está dirigido a la atención de mujeres que presentan diversos malestares, consecuencia de la violencia estructural a la que estamos sometidas, nos centraremos a partir de ahora en las consecuencias específicas que la violencia de género tiene para las niñas. Niñas que se van construyendo en las mujeres adultas que nosotras vamos a poder atender. Por ejemplo, una de las repercusiones que la violencia de género va a tener en estas menores expuestas, además de las señaladas anteriormente, será el aprendizaje y naturalización de las relaciones afectivas maltratantes. Crecerán creyendo que la violencia es una forma normal de relacionarse en una pareja y que callarse, estar alerta, anticiparse a las necesidades de la pareja y adivinar lo que él necesita y espera de ella será la clave para que él le trate bien, y en consecuencia aprenderá a creer que es ella quien puede hacer algo para que él cambie y se sentirá responsable de la violencia que recibe por no haber sabido hacer que la relación funcione. Esto, unido a la idea del amor romántico que se nos inculca desde pequeñas y que asume como verdaderas una serie de creencias irracionales como “el amor es lo más importante y requiere entrega total”, “el amor lo puede todo”, “el amor verdadero lo aguanta todo”, “el amor es posesión y exclusividad”, alimentará el mito de la compatibilidad entre el amor y el sufrimiento e irá consolidando la naturalización de relaciones de poder y violencia. Cuando somos pequeñas nuestro mundo está construido en base a lo que nos rodea de forma cercana. No tenemos capacidad para discernir si lo que ocurre dentro de casa es normal o no, si es responsabilidad nuestra o de las personas adultas que nos cuidan. No podemos comparar con otras realidades porque, además, la estructura familiar dentro de esta sociedad favorece la ocultación de esta violencia (“los trapos sucios se lavan en casa”). De manera que, si no hay una intervención profesional adecuada, las menores interiorizarán estas dinámicas como algo cotidiano y propio de la convivencia y podrán establecer modelos de vinculación disfuncionales, basados en estas creencias, en los que la violencia y el amor van unidos y el manejo del poder del varón sobre la mujer está presente. Esto determinará la forma en que se relacionarán afectivamente con otras personas en el futuro y afectará a su autoconcepto, (negativo y basado en la aceptación de los demás), su seguridad (escasa), su autocuidado (inexistente), su independencia y su autonomía (sin desarrollar) y existirá una alta probabilidad de que el ciclo de la violencia se continúe perpetuando en ellas y en generaciones futuras.

Podemos observar que, desde muy pequeñas las niñas que sufren violencia de género van a aprender a ser sumisas, a ser invisibles, a intentar evitar cualquier conflicto que “empeore la relación de sus padres”. Tienen que ser muy obedientes, estar calladas, “portarse bien para que papa no se enfade más”. Aprenden a adoptar el papel de cuidadoras, de ser las “madres” de todos, de asumir la responsabilidad de aliviar el sufrimiento de sus madres cuando ven que ellas no son capaces de hacerlo por sí mismas, porque están anuladas o no tienen capacidad para salir de esa situación. Dejan de estar centradas en su mundo, en su desarrollo personal, muchas veces para atender las necesidades de los demás, para evitar, si tienen hermanos/as pequeños/as que vean la violencia que existe, en un intento de protegerles, tal y como han podido ver en el comportamiento de su madre, una madre en un estado en alerta constante, atrapada, con miedo. A veces, van a juzgar a su madre, haciéndole responsable de la violencia ejercida por su padre, influenciadas también, por los argumentos de su padre en contra de ella, que no son más que mecanismos de control por parte de él.

Muchas veces, cuando las madres consiguen reunir fuerzas suficientes para, (habitualmente tras un proceso terapéutico), la violencia no desaparece. No son pocos los casos en los que los padres que han ejercido violencia hacia las madres y que, por tanto, tampoco se han hecho cargo del cuidado de las criaturas, han sido negligentes y no corresponsables, piden custodias compartidas, amplios periodos de visita, o incluso custodias completas para seguir sometiendo a las madres. A veces amenazan con “quitarles a los hijos/as”, con hacerles daño e incluso, con asesinarles, algo que, por desgracia, ocurre. Todo para seguir controlando y maltratando a la madre, a través ahora de la instrumentalización de sus hijos/as, lo que supone una situación de tremenda indefensión y miedo para ellos/as, que tendrán que permanecer en un contexto de violencia, ya sin la protección de sus madres.

Por eso, es importante tener una mirada de género ante cualquier señal de atención que los y las menores estén teniendo, ya que esto va a permitir, con una buena exploración, detectar las circunstancias por las que están pasando y poder dirigir la intervención, no solo a reducir sintomatología, como ocurre en la mayoría de los casos, sino a abordar la situación de violencia que están viviendo, dotándoles de las herramientas de afrontamiento necesarias para poder informar, pedir ayuda, expresar lo que están sintiendo, validar sus emociones, desculpabilizarles de la situación que hay en casa, dejar de parentalizar a sus madres, entender la diferencia entre una relación sana y una relación maltratante y sobreponerse a los daños derivados de esa violencia.

Mirar con perspectiva de género es asumir que en un entorno en el que se produce violencia de género, no es posible que se cubran las necesidades de las/los menores. Es asumir que hay que dejar de reforzar que las niñas adopten roles de adultas protegiendo a los/las hermanos/as y a sus madres, (“fíjate, qué madura es”), ya que es muy probable que esta parentalización sea un indicador de la violencia a la que están expuestas. Es asumir que un padre que ejerce violencia contra la madre, no es un buen padre, que su objetivo es mantener bajo control a toda la familia. Es asumir que lo que no se mira, no se ve y abrir la mirada de género por parte de todas las profesiones es nuestro gran reto.

Mercedes Risco Salso-Psicóloga de AMS