Nuestra sociedad ha avanzado mucho. Pasamos, en pocas décadas, de considerar una desgracia que nuestras hijas fueran de sexo femenino, a que sea relativamente indiferente. ¿O no?
Ahora, el médico felicita a los orgullosos padres, independientemente de cuál sea el sexo de la nueva persona. Lo más importante es que esté sana, que tenga un desarrollo normal, y que no haya complicaciones para la madre.
Sin embargo, esto no es todo. Sí, todos queremos que tanto la madre como el bebé estén sanos, pero también proyectamos expectativas sobre esa nueva idea de persona. “Si es niña, le compraré unos vestiditos preciosos”. “Si es niño, le enseñaré a jugar al fútbol”.
Esas expectativas no se refieren únicamente a lo que les vamos a poner o a los juegos a los que van a jugar: también esperamos que se comporten de manera diferente. Es normal que un niño sea hablador, ruidoso y activo, pero, si ese mismo patrón lo muestra una niña, será “contestona y machorra”. Es normal que una niña sea coqueta y tímida, pero, si lo es un niño, es que le pasa algo raro.
El feminismo ha avanzado mucho en las últimas décadas. O eso pensábamos. Pasamos de tener que llevar sí o sí faldas y vestidos, a poder usar pantalones y sudaderas; de no poder estudiar más que cuidados, a poder ser ingenieras en la NASA. Pero también pasamos de poder vestir cómodas a tener que sexualizarnos para encajar. De ser consideradas poco más que objetos para el cuidado de la casa y de los niños, a ser consideradas poco más que objetos sexuales en muchos ámbitos.
Cuando la abolición de la prostitución empezó a hablarse en los ambientes feministas, la palabra “puta” se comenzó a ver como una forma de deshumanizar a las mujeres y reducirlas a simples objetos destinados al placer masculino.
Ahora, cada vez está más extendido llamarse a una misma “puta”, decir que vas de “puterío”, que estás “muy zorra” … Como si fueran términos neutrales, casi buscando despojarles de la crueldad que llevan inscritos. Y es que, detrás de todo esto, sigue habiendo miles de mujeres obligadas a acostarse con hombres que pagan a un proxeneta para disponer de los cuerpos de sus “subordinadas”, y cada vez más personas defienden estos actos por ser “una necesidad básica”.
Pasamos de buscar libertad para poder abortar sin morir, a que se nos venda como liberador gestar un bebé para luego venderlo a alguien que desea tenerlo, pero no puede. Pasamos de buscar poseer al 100% nuestros propios cuerpos, a que se nos presente como deseable dejar que otros los posean.
Y en este contexto nos encontramos. Invito a las lectoras y los lectores a darse una vuelta un sábado por la noche por la zona por la que salen los y las jóvenes. Podrán ver a chicos y chicas cada vez más jóvenes, a grupitos en los que ellos visten de forma cómoda mientras que ellas llevan las prendas más incómodas y el maquillaje más elaborado. Podrán ver, a su vez, en parques, a mujeres forzadas a drogarse para poder mantenerse vivas cuando, día tras día, varios hombres les arrebatan sus propios cuerpos para sentir un placer egoísta.
Podrán ver también cómo la pornografía está destrozando las ideas de nuestros jóvenes con respecto a las relaciones sexuales. Cómo ellos, provistos de un nuevo poder, se sienten con derecho a despreciarlas a ellas, a dañarlas, a violarlas, a pegarlas, a escupirles, a hacerles las barbaridades más grandes que se les ocurran; mientras, ellas deben aguantar, desearlo, suplicar y, sobre todo, deben normalizarlo. Porque la dominación es “sexy”, la agresión es “excitante”, y el dolor es “reconfortante”.
Cuando una chica llega a su casa y dice “Mamá, es que yo no soy una chica, yo soy un chico”, sabe perfectamente lo que está diciendo. Podemos tratarla de loca, podemos decirle que exagera, podemos decir que es una etapa, castigarla y prohibirle ver la tele durante un mes. Pero eso no va a cambiar su pensamiento. Sufre, se ignoran sus problemas, y eso empeora la (ya mala) situación.
¿Quién quiere ser mujer cuando tiene las ideas llenas de pornografía, de sexualización, de machismo? Y, peor aún, ¿quién quiere ser una mujer cuando se presenta todo esto como la verdadera liberación de la mujer, como el objetivo final de todas nosotras?
Yo no. Y lo tengo muy claro. Yo no soy la marioneta de ningún hombre, no soy el objeto de ninguno, no soy lo que un hombre ha imaginado de mi sexo. No quiero atraer a un hombre, si eso implica que vaya a proyectar en mí sus fantasías pornográficas. No quiero tener que pasar frío para ir “guapa”, no quiero tener que pasar hambre para ser “atractiva”, no quiero operarme para gustar, para encajar en unos cánones que parecen diseñados para infantilizarnos.
No, yo no quiero ser lo que me presentan que tiene que ser una mujer. Por eso entiendo cuando una chica no quiere seguir siendo chica.
Y me duele en lo más profundo del “alma”. Me rompe ver que estamos diciendo a las niñas “Tienes que ser así, y, si no quieres ser así, no eres una buena mujer”.
Pero no pienso que estén enfermas, ni que tengan ningún trastorno. Son hijas sanas del sistema enfermo en el que vivimos, sus pensamientos y sus preocupaciones son síntomas de una enfermedad global. Ahora, en nombre de la liberación somos más prisioneras que nunca.
Aun así, cada vez más jóvenes niegan la violencia machista, cada vez se escucha más “ella lo quería, si no, ¿por qué vestía así?”, cada vez se tiene más normalizado que las mujeres debamos comportarnos de forma diferente a los hombres.
Y yo me pregunto, ¿por qué?
¿Por qué si yo me pongo un traje, me corto el pelo, no me maquillo y me enamoro de una mujer, ya no soy vista de la misma manera? “Ella es queer, es diferente”.
No. No lo soy. Al igual que no lo fueron las mujeres feministas que iniciaron el movimiento de verdadera liberación. La mujer que es libre no es diferente: es libre. No ha nacido con un gen diferente: se ha liberado. No se ha dejado: se ha liberado.
Por eso defiendo que las chicas que buscan transicionar, en cierta manera también se han liberado. O, al menos, lo han intentado. Pero ahora no es igual que antes. Ahora, la liberación de la mujer es sexualizarse, acostarse con muchos hombres, maquillarse hasta los pies, ser subordinada y querer que te peguen.
Y, cuando eres igual de libre de lo que fueron las mujeres que iniciaron el feminismo, ya no eres mujer. Y te lo repiten, sí, te lo repiten hasta la saciedad. Te lo repiten una y otra vez en los dibujos animados, cuando la chica es “la rosada”, cuando te dicen que tal personaje es trans “porque viste así”, cuando creces y ves que lo que haces es “raro”.
Las chicas que buscan transicionar son las que antes habrían defendido el feminismo por encima de todo. Lo que falla no son ellas: es el patriarcado, y sus artimañas para dar la vuelta al significado del movimiento.
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Nagore de Arquer-Estudiante de Psicología. Coautora del libro “Mamá soy trans”
