Reflexionar sobre las consecuencias del reconocimiento jurídico del género como una identidad humana, plantea al feminismo un desafío de enormes magnitudes a pesar de que para la mayoría social sea algo inapreciable.
El feminismo como movimiento político, social, académico, económico y cultural ha explicado hasta la saciedad que el concepto “genero” es una categoría analítica que describe los papeles, comportamientos, actividades, espacios y atributos que cada sociedad impone como apropiados para cada uno de los sexos. Es por tanto el constructo cultural sobre el que se articula la jerarquía sexual y se construyen los modelos sociales basados en la segregación que propone el sexismo y que impone diferencias considerando que desde los derechos a la ropas, son femeninos o masculinos.
Cuando determinados movimientos sociales tratan de definir el género como una “identidad humana”, se está proponiendo que sean esos comportamientos los que definan qué es un hombre y qué es una mujer. Para ello se está procediendo al uso sinonímico del género como sustitutivo del sexo biológico.
Este pensamiento que refuerza los estereotipos sexistas y apuntala los elementos más perniciosos sobre los que se basa la discriminación por razón de sexo se ha institucionalizado en el ámbito educativo a través de la imposición de contenidos curriculares acientíficos, pseudocientíficos o directamente negacionistas del sexo bilógico. Hoy los centros educativos españoles al amparo de legislaciones que promueven la idea de que el sexo es algo subjetivo, elegible y autodeterminado.
Esta imposición impacta negativamente sobre la vida de las mujeres y las niñas, ya que el género es un concepto variable en el espacio y el tiempo, y está influido por las modas y las prácticas culturales. El sexo, sin embargo, es un concepto estable que se basa en la biología de cada miembro de la especie.
Esta es la esencia del feminismo que combate y desafía los estereotipos de género para ayudar a todas las niñas/os a darse cuenta de su potencial, y en particular a las niñas y mujeres jóvenes a tener confianza en sus capacidades.
La normativa en vigor en nuestros centros escolares en relación con la “ideología de la identidad de género” obliga a informar sobre el impacto que tiene sobre la vida en los centros escolares los protocolos transgenerista y a denunciar las consecuencias sobre nuestros menores y principalmente sobre nuestras menores ya que es a las chicas a las que más está afectando la conocida como Disforia de Género de Inicio Rápido.
No olvidemos que la activación de un protocolo ante un caso de supuesto transgenerismo o de transexualidad incide en toda la comunidad educativa. Alumnado, profesorado, personal no docente y familias son obligados a aceptar sin reservas el autodiagnóstico de menores que se identifican como “trans” o que son identificados como tales por sus progenitores o desde los centros escolares.
Cuando determinados movimientos sociales tratan de definir el género como una “identidad humana”, se está proponiendo que sean esos comportamientos los que definan qué es un hombre y qué es una mujer. Para ello se está procediendo al uso sinonímico del género como sustitutivo del sexo biológico.
El género no es una identidad. Son los estereotipos sexistas o roles que socialmente se asignan a cada sexo. A pesar de que esta afirmación es incontestable, son 13 los protocolos educativos derivados de leyes LGTBI/trans que como normativa de obligado cumplimiento están introduciendo contenidos que validan todos los elementos culturales en los que se asienta no solo el sexismo, sino también la homofobia y lesbofobia, al basar sus criterios en la creencia sexista de que hay comportamientos sociales propios de niños y de niñas.
Estos protocolos autonómicos son contrarios a la coeducación como método que para neutralizar la socialización diferenciada que se hace en función del sexo de las niñas o niños busca una intervención educativa sin estereotipos ni roles sexistas.
Es inaceptable que a los menores que no se ajustan a las normas sexistas tradicionales, en base a estereotipos de género y los roles sexuales que les discriminan y perjudican, se les anime a pensar que han nacido en un “cuerpo equivocado” y se les anime o dirija a pensar que la solución es cambiar su cuerpo mediante tratamientos e intervenciones farmacológicas, estéticas y quirúrgicas.
Es el criterio de prudencia el que debe aplicarse desde la comunidad educativa que además ha de considerar la madurez de los menores para comprender las consecuencias de una reasignación de sexo y de las intervenciones médicas para llevarla a cabo.
No deberían tampoco despreciar el hecho de que un 85% de menores con trazas
de “disforia de género” desisten si se les permite transitar por una pubertad normal y que es temerario impedir las valoraciones psicológicas a menores -como hacen las actuales leyes en vigor-
El profesorado ha de saber que en muchas ocasiones el rechazo a las imposiciones de género, cursan con orientaciones sexuales homosexuales, o sencillamente suponen, en el caso de las niñas, con un rechazo a aceptar los roles discriminatorios que se imponen a las mujeres.
Es una imprudencia inaceptable que el sistema educativo se vea obligado, por ley, a dirigir a estos menores y sus familias a organizaciones que promueven las transiciones sociales desde perspectivas del activismo transgenerista, sin considerar que los indicadores de rechazo a las imposiciones de género pueden cursar con otras problemáticas, responder a rebeldías contra las rigideces de las imposiciones de género, o atender a malestares vinculados al diferente desarrollo puberal.
La modificación de los Protocolos educativos actuales es imperiosa. La promoción que se está haciendo de la “transición de sexo” en menores, no conformes con los estereotipos de género, amenaza peligrosamente el sano desarrollo y la salud de niños/as.
No se puede promover desde los centros educativos la idea de que si los comportamientos del alumnado no son los que se esperan de tu sexo serán interpretado como una persona “trans”. ¿de verdad es aceptable que la rebeldía de las niñas con gustos, actitudes, preferencias no estereotipadas obtengan como respuesta del sistema educativo un camino a la hormonación?
El número de menores, principalmente niñas, derivadas a las clínicas de género, ha aumentado alarmantemente, sobre todo por la propaganda social. En la clínica Tavistock, de la sanidad pública de Reino Unido, se ha incrementado el número de niñas atendidas en un 4000% en menos de 10 años.
La escuela no debe sumarse a promover entre los menores la idea de que la transición sea la solución a todos sus problemas. La llamada Disforia de Inicio Rápido (ROGD) afecta particularmente a las chicas (8 de cada 10 casos) y se vincula con la exposición continuada a contenidos culturales y educativos relacionados con el transgenerismo, el uso de redes sociales e Internet y el contagio que se produce en grupos de iguales en que uno o varios miembros ya se han autodeclarado transgénero.
“ Es una imprudencia inaceptable que el sistema educativo se vea obligado, por ley, a dirigir a estos menores y sus familias a organizaciones que promueven las transiciones sociales desde perspectivas del activismo transgenerista, sin considerar que los indicadores de rechazo a las imposiciones de género pueden cursar con otras problemáticas, responder a rebeldías contra las rigideces de las imposiciones de género, o atender a malestares vinculados al diferente desarrollo puberal.»
Los signos que los protocolos educativos actuales señalan como indicadores de disforia de género en niños/ as son de facto un compendio de comportamientos atípicos de género, sin necesidad de que dichos comportamientos supongan rasgos de transexualidad.
En el análisis realizado por la Alianza Contra el Borrado de las Mujeres, se identificó que en el 100% de los protocolos, no se exige que las niñas y niños tengan ningún tipo de certificación de disforia de género para ponerlos en marcha e iniciar así la conocida como transición social.
No menos peculiar resulta el hecho de que muchos de ellos responsabilizan al centro educativo de “identificar” los supuestos casos en base a “comportamientos no adscritos al género” e impongan como primer paso la derivación y contacto de los menores con organizaciones trans activistas.
Todos los protocolos educativos analizados permiten, a cualquier edad, el cambio de nombre en la documentación administrativa del centro sin que haya un cambio registral oficial y por tanto sin que haya una causa reconocida legalmente.
El 100% de los protocolos usan sinonímicamente los términos transexual y trans.
El 100% usan una terminología sin base científica y el 100% de los protocolos están orientados a validar, promover y consolidar una ideología sin base científica, contraria a los principios de la educación en igualdad.
Cabe recordar que el profesorado no cuenta con cualificación profesional para realizar ni aceptar autodiagnósticos cuando ello supone dirigir tempranamente la vida de los menores hacia terapias hormonales, máxime cuando son muchos los profesionales que alertan de que el autodiagnóstico no puede tomarse como el criterio principal debido a la poca madurez de los menores, y reclaman la exigencia de evaluaciones especializadas.
Es obligada la implicación de la escuela para combatir, por ejemplo, el acoso escolar, el racismo, la violencia contra las mujeres y las niñas o combatir la discriminación por orientación sexual. También es su misión fomentar el respeto a las diferencias animando la convivencia igualitaria entre diferentes. Parafraseando a J.K. Rowling cabe decirles a los niños y a las niñas que vistan como quieran, que se llamen como quieran, que cuando sean adultos pueden relacionarse y amar a quien se lo consienta. Hay que decirles que vivan la mejor vida en paz y seguridad, pero que nadie tiene derecho a mentirles afirmando que el sexo es una ficción. La realidad material no atenta contra ningun derecho.
Ángeles Álvarez-CONTRABORRADO
