Como analiza Esther Perel en su libro “Inteligencia erótica”, la dificultad para mantener el deseo y la pasión sexual a lo largo de las relaciones estables de pareja, mantiene vivo el debate entre el “romanticismo” y el “realismo” sexual. Las personas que defienden el primero apuestan por mantener la intensidad erótica asociada a la libertad y al enamoramiento, por lo que son más proclives a buscarla cambiando de pareja o con aventuras sexuales. Mientras que las segundas priorizan la seguridad emocional que se consigue al profundizar en un vínculo afectivo, por lo que se resignan a perder la emoción erótica a cambio de mantener la confortabilidad que les da una relación estable.

El conflicto entre ambas posturas se queda en cual de las dos cosas es más importante, pero parece que en general la gente está de acuerdo en que ambas son divergentes con el tiempo, y por lo tanto incompatibles en una misma relación de pareja.

Sin ninguna intención de defender la monogamia estable como único esquema de felicidad afectivo-sexual, y a partir de mi experiencia terapéutica en EntreNosotras, me gustaría analizar algunos de los factores psicosociales que pueden influir en esta supuesta incompatibilidad, así como plantear sugerencias que faciliten la elaboración de una receta erótica dentro de la elección de un vínculo estable; dedicando una especial atención a la vivencia de la sexualidad femenina en un contexto heterosexual.

Es más fácil resignarse a que el deseo sexual desaparezca con la cotidianeidad de manera natural, lo cual tiene otros beneficios secundarios, que asumir que el deseo se puede modelar a través de la atención y motivación psicológica, y que por lo tanto cada persona tiene un grado de responsabilidad en su evolución individual.

Por ejemplo, socialmente la creencia está reforzada, y a su vez favorece el mantenimiento de mitos sobre la sexualidad masculina y femenina. Aunque cada vez se aceptan más las necesidades sexuales de las mujeres, en el fondo sigue vigente que los hombres tienen más necesidades fisiológicas, mientras que las mujeres priorizan más las emocionales. Todo junto se puede interpretar justificando que es lógico cambiar de pareja sexual cuando disminuya la intensidad. Y dentro de un compromiso estable que merezca la pena mantener, se ve con más benevolencia las aventuras de un hombre, puesto que su “infidelidad” es solamente fisiológica; mientras que se juzga más a la mujer porque “se implica amorosamente”, y compromete más la relación oficial. Además se entiende menos la trasgresión de la mujer, porque se presupone que su nivel de satisfacción está centrado en la seguridad emocional que le aporta la pareja para desarrollar su proyecto de vida personal y familiar.

Por otro lado, ésta “diferencia” de necesidad sexual dentro de la relación, también favorece que los hombres cultiven más su estimulación sexual puesto que lo integran dentro de su identidad masculina, mientras que las mujeres normalizan más su falta de deseo, y centran su atención en otras actividades que refuerzan más su autoestima femenina. Insisto, aunque en la teoría ya se tienen en cuenta nuestros derechos sexuales, la realidad puede provocar que bastantes mujeres sigan viviendo la relación sexual dentro de un rol servicial hacia la pareja, en el cual su satisfacción placentera no es un fin en sí misma, sino un medio para reafirmar las necesidades de los hombres, o para cubrir otras necesidades indirectamente, como puede ser sentirse queridas, valoradas…o incluso como medio de poder para conseguir beneficios de otro tipo.

En el mejor de los casos, si una mujer da importancia a su vida sexual, tiene muy complicado salirse del modelo social predominante de “sexobasura” irrespetuoso, y darse cuenta de que tiene que crear su propio modelo personalizado si quiere ser la protagonista de su historia.

Otro factor importante, es la famosa doble jornada de las mujeres, la diferencia de género en la vivencia de responsabilidad sobre el terreno doméstico y familiar. En general, mientras los hombres buscan el hogar como refugio para relajarse de su jornada productiva, las mujeres se agotan en un rol hiperresponsable de tareas interminables que las impide buscar un rato para conectar con el placer. Esta actitud está basada como ya sabemos en los mandatos sociales femeninos de ser hipercompetente para atender las necesidades de “los nuestros”, posponiendo hasta el último lugar nuestras necesidades más egocéntricas.

Precisamente el egoísmo, es un ingrediente fundamental para desarrollar nuestro erotismo. Es imprescindible que perciba lo que yo necesito y deseo, y dejarme llevar por esos impulsos para poder disfrutar de verdad. Pero para ello tengo que aprender a conocer qué es lo que me estimula corporal y mentalmente, y validarlo como algo positivo, saludable. Y la mejor manera de conseguirlo es practicar el autoerotismo, para poder compartir después desde mi autonomía.

Volviendo a la evolución del deseo sexual en la pareja. Es verdad que la fase de enamoramiento es el primer motor que activa la pasión sexual, pero es como si pretendiéramos tirar el vehículo cuando se acaba la gasolina inicial, en lugar de seguir llenando el depósito las veces que haga falta para que nuestra sexualidad esté alimentada. En este sentido, en la configuración del deseo humano se da demasiada importancia a los aspectos biológicos, que se centran en que la sexualidad es una función animal innata que no hay que educar, y que el enamoramiento sexual es un proceso bioquímico con fecha de caducidad. En cambio, se infravaloran los aspectos psicosociales, que son los más relacionados con la posibilidad de construir y enriquecer nuestra personalidad erótica.

Por ejemplo, está el mito de la espontaneidad, que dice que la sexualidad es algo que sucede sin voluntad por nuestra parte, y por lo tanto hay que esperar a que surja sin planificarlo. Esta creencia está muy arraigada, porque nos han transmitido que tenemos que tener vergüenza por sentirnos (personas) dueñas de nuestro deseo consciente, y por la asociación simplista que se ha hecho entre pasión e improvisación, como si el planificar un encuentro sexual lo convirtiera en algo predecible y aburrido. Pero con el tiempo, en una relación, generalmente la única manera de desarrollar el erotismo es planificando un tiempo y un espacio concreto para dar la oportunidad de conectar con nuestros deseos internos y ver qué nos apetece compartir con nuestra pareja.

Esto no significa quedar para tener una relación genital obligatoriamente, que por otra parte es lo que nos venden desde el punto de vista capitalista, que valora el éxito sexual con un objetivo de rendimiento, y por eso en las estadísticas se mide la vida sexual desde la cantidad de relaciones coitales que tenemos, no desde la calidad erótica.

De hecho, cuando estamos atrapados/as en este esquema alienante, el deseo normalmente se ve afectado (sobretodo en las mujeres, porque el contacto se suele reducir a una estimulación mecánica centrada en el pene y muy poca en el clítoris); y en este caso es muy recomendable excluir el contacto con los genitales en los encuentros sexuales durante un tiempo, para permitir explorar todas las posibilidades olvidadas de nuestro cuerpo, y facilitar una relación mucho más placentera con los genitales después.

Siguiendo con el patrón consumista, se presta mucha atención a buscar formas de estimularnos y de aumentar el placer corporal rápidamente, como si nuestro cuerpo fuera una máquina que se puede forzar; pero todo está empaquetado y preparado en serie para consumir, todo está inventado, para que no perdamos el tiempo explorando por nuestra cuenta, y buscando nuestra propia forma de crear algo juntos desde la capacidad de jugar y disfrutar conectados.

Es verdad que dedicarnos un tiempo para sentir con la pareja implica un riesgo que tenemos que asumir. Podemos encontrarnos con silencios y vacíos incómodos, con conflictos olvidados sin resolver, y sobretodo con nuestra intolerancia a la frustración si tenemos expectativas exigentes sobre el resultado. Pero aquí aparece otro ingrediente erótico importante como es la intimidad. A veces se ha malinterpretado como sinceridad absoluta, que generalmente tiene un objetivo oculto de control y posesividad.

El concepto saludable implica respeto a la privacidad de cada persona, y se refiere a crear una conexión emocional de confianza y complicidad para poder estar presente y consciente en lo que se quiera compartir. Un ejercicio muy interesante para practicar esto, es buscar la forma más directa, como puede ser mirarse a los ojos sin hablar, ya que muchas veces las palabras son ruido que nos impiden estar juntos de verdad, sin hacer nada más, solo eso, y poco a poco dejar que la comunicación corporal vaya surgiendo hasta donde llegue de forma relajada.

Tampoco hay que desdeñar, que a veces encontrar una motivación adicional al propio disfrute erótico puede desbloquear la rutina sexual de una pareja. Y aquí es importante no tener prejuicios y aprovechar la motivación extra. Por ejemplo, en situaciones extraordinarias del tipo que sea como las vacaciones, cuando se busca un embarazo deseado, al vivir una fase vital significativa por alguna razón …incluso, como me ocurrió a mí, al preparar un taller terapéutico de sexualidad. Lo importante es que encuentres una razón para darle un empujoncito a ese deseo perezoso.

El Deseo es la parte más frágil y delicada de nuestro erotismo, y a veces, para poder recuperarlo o fortalecerlo, tenemos que sanear la confianza, que se ha ido endureciendo por todas las cosas que nos hemos ido callando en nuestra historia sexual compartida, por vergüenza, culpa, o miedo al rechazo. Desde cohibirme para expresar deseos, pedir o iniciar conductas relacionadas con mis necesidades egoístas; hasta no atreverme a compartir cuáles son mis miedos y dificultades para concentrarme en mí y disfrutar con más libertad, o no aclarar los límites que no estoy dispuesta a traspasar…

Por el contrario, toda la satisfacción conseguida relacionada con la realización de mis necesidades de placer, desinhibición, comunicación, diversión, afecto…es la clave para que me siga apeteciendo repetir intercambios sexuales con mi pareja. Por ejemplo, cada vez que me sienta incómoda en algún tipo de contacto de la relación sexual, es una oportunidad para orientar a mi pareja o cambiar hacia otras conductas que faciliten mi concentración en el placer, en lugar de fingir que todo fluye y quedarme atrapada en mis pensamientos negativos desconectada de mi cuerpo.

Hay otro tema que para mí ha sido fundamental a todos los niveles. Cuando desarrollamos una relación en general y en particular de pareja, al principio intentamos mostrar lo que consideramos lo mejor de nosotras mismas, pero enseguida captamos qué actitudes concretas nos refuerza la otra persona. Dependiendo de la necesidad de estabilidad que tengamos, y del paso del tiempo, nos vamos a acomodar a mostrar una parte de nuestro repertorio personal para facilitar esa relación, y podemos tener la falsa sensación de que no queda nada por descubrir de la otra ni de mí misma. Un problema añadido sería quedarnos atrapadas ahí, por miedo a desagradar o por lo menos complicar la relación si planteamos un cambio.

Pero todas las personas tenemos la necesidad de sentirnos seguras (más asociado al amor), y la necesidad de sentirnos libres explorando lo desconocido (más asociado al deseo), las dos forman parte de un binomio interdependiente que hay que equilibrar, y no podemos renunciar a ninguna dentro de lo saludable.

Esto llevado al terreno sexual es muy importante, nos da miedo salirnos del cauce preestablecido por si nuestra pareja no nos reconoce. Pero un exceso de seguridad bloquea la excitación que provoca jugar con partes de nosotras que están poco exploradas. La mayoría de la gente piensa que si hablas de aventura te estás refiriendo a tener una pareja abierta para incluir a más personas. Esta es una opción, pero caemos en el error de creer que la novedad solo puede venir de fuera.

Aquí la fantasía tiene un papel crucial, y si nos atrevemos a compartir la imaginación puede tener mucha fuerza creativa. La otra clave para ampliar nuestra personalidad erótica es buscar en el baúl de la vergüenza. Cualquier juego que implique hacer cosas que me den pudor, a solas con la pareja y/o con público, supone activar partes de mí que están dormidas y que pueden tener mucho poder erótico. Se trata de desinhibirnos todo lo que podamos, de perder el control, no solo en el momento del orgasmo, sino desde que empezamos a saborear el deseo. Sería como convertirnos un poco en actrices y actores, y plantear pequeños guiones atrevidos y divertidos con un toque de erotismo. Por ejemplo, quedar como si fuera nuestra primera cita en un lugar público y jugar el personaje que nos apetezca, para ver a donde nos lleva; otra, hacer que no nos conocemos y empezar a ligar… Las posibilidades son infinitas, cuanto más cuidemos los detalles de la escena y de los personajes, más fácil nos resultará salirnos de nuestros hábitos.

Ni que decir tiene, que en todo momento estoy hablando sobre un contexto de relación igualitaria, en la cual haya un nivel adecuado de respeto, responsabilidad y receptividad para negociar las diferencias. En estos casos se pueden explorar diferentes roles sin prejuicios y con confianza razonable en la otra persona, porque se trata simplemente de juegos, y precisamente permitirte jugar con roles durante un rato, indica que no te controlan en la vida real.

Para terminar, pensando en el empoderamiento social que estamos haciendo las mujeres, yo recalcaría que somos las dueñas de nuestro deseo sexual, que tenemos que desear con más atrevimiento, lo podemos hacer más consciente, más presente, buscarlo hasta encontrarlo, y reconciliarnos con él. ¿Quién se sube a este tranvía?

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