Durante esta década de experiencia
del Espacio de Salud “Entre Nosotras” han
participado en nuestra terapia cientos de
mujeres de diversas condiciones y características,
de distintas generaciones, con edades
que oscilan entre 18 y 65 años, de distintas
clases sociales, niveles culturales y
profesionales. Todas distintas unas de otras,
unas con educación más tradicional, otras
más “progres”, unas heterosexuales otras
lesbianas, unas creyentes y otras ateas, unas
jóvenes y otras mayores, pero todas con algo
en común: una sexualidad patriarcal, ajena
a nosotras y para otros. Una sexualidad
aprendida y transmitida de generación en generación
a todas las mujeres y una de las
principales causas de nuestros malestares,
sufrimientos y pérdida de nuestra salud
mental.

La temática y las actividades para los
talleres de sexualidad (al igual que el resto
de los talleres), se elaboraron sobre la base
de nuestra propia experiencia como mujeres
feministas de los años 70-80, que tuvimos la
oportunidad de analizar y reflexionar críticamente
en el interior de aquellos hermosos
grupos de “autoayuda”, conceptos tan básicos
e importantes para nosotras como: Ser
mujer, la relación con nuestros cuerpos, sexualidad,
maternidad, aborto, pareja… Y lo más
importante y vital de todo: los testimonios
de nuestras mujeres, sus ejercicios y actividades
que, realizados individual y grupalmente,
nos van permitiendo actualizar y reelaborar
los subtemas de sexualidad, avanzando
en un modelo propio de investigación-acción.

Entre los ejercicios que realizamos en
los talleres, hay algunos que ilustran claramente
cómo vivimos y cómo nos sentimos
las mujeres con nuestra sexualidad.

Uno de ellos consiste en describir los
mensajes que sobre sexualidad hemos recibido
cada una en nuestra niñez y adolescencia
a través de la familia, la escuela, la religión
y los medios de comunicación. Las respuestas
que más se repiten las hemos ido recogiendo
y clasificando para posteriormente
analizarlas entre todas, y sacar las oportunas
conclusiones. Hemos elegido aquí algunas de
las más representativas para pasar, a continuación,
a reflexionar sobre ellas.

(Tabla: Mensajes recibidos sobre la sexualidad)

Son respuestas que indican la ignorancia
que teníamos y tenemos sobre el tema, la
transmisión de miedos, tabúes, prohibiciones,
represión y culpas que se repiten de generación
en generación de mujeres.

Son respuestas que denotan el machismo
imperante
en la sexualidad patriarcal de la
doble moral para los géneros: la pureza y virginidad
exigidas a las unas, frente a la libertad y a
la permisividad otorgada a los otros. Con las
consiguientes secuelas para nosotras de temores,
angustias y ansiedades asociadas a las relaciones
con los chicos y a la sexualidad.

Son respuestas ambivalentes entre la
curiosidad y el miedo
, que sugieren lo
desconocido, lo no nombrado, lo que quita la
virginidad y la pureza. Algo oculto que infunde
temor, que lo tienen los hombres y que les da
poder, que nos puede hacer daño. Algo que
seguimos arrastrando en la actualidad y que
resulta difícil para muchas referirnos a ello por
su nombre de forma espontánea y natural, incluso
estando casadas y con hijas/os. Como en el caso
de una compañera que para explicar en qué
consistían las relaciones sexuales, después de
muchos tartamudeos, rubores y silencios, por fin
se atrevió y dijo: “Bueno, pues allá va, voy a ser
clarísima:Tener relaciones sexuales es… ¡poner
el titi en la cosa!. Aún recordamos todas la
carcajada general y la expresión del rostro de la
“atrevida”.

Son respuestas que indican el tipo de
aprendizaje sexista y pornográfico
con el que
nos martillean día a día desde los medios,
creándonos modelos opuestos de mujeres: o
“cursis” románticas y soñadoras de la familia
ideal, formada por papá, mamá, hijo, hija y
comprometida para toda la vida o la mujer
“progre” liberada, abierta a todo con todos,
sin compromisos y aceptadora de emociones
fuertes de violencia y sexo (pornografía). En
el primer caso sometidas a un solo hombre y
con un contrato de por medio y en el segundo
sometidas a muchos hombres sin contratos ni
responsabilidades y tratando de convencernos
de que esto es lo que nos gusta y lo que queremos.

Son respuestas que evidencian desde
la adolescencia los inicios de la relación tortuosa
que mantenemos con nuestros cuerpos
,
el comienzo de los complejos de unos kilos
de más o de menos, de centímetros que sobran
o faltan en longitud o en grosor. Aspectos
que consideramos defectos y que con el
tiempo se afianzan y forman parte de una frustración
diaria, de un desasosiego constante por
no “dar la talla” y no aceptar nuestro físico.
Es el inicio de la batalla diaria por gustar a los
demás, porque no nos gustamos a nosotras
mismas y es entrar en la dinámica de hacer lo
que sea para alcanzar las medidas adecuadas
para ser aceptadas y deseadas. Es el inicio del
rosario de dietas mágicas y de ejercicios infalibles
en gimnasios estupendos que harán por
fin realidad nuestros sueños de las proporciones
justas. Y es el comienzo de las anorexias,
bulimias, y otras relaciones torturantes con la
comida, que a muchas nos acompañarán de
por vida.

Y al compartir entre todas estas experiencias
mayoritarias de desagrado y de
“displacer” constante de nuestros cuerpos, empezamos
a entender que, mientras consideremos
nuestro cuerpo ajeno, odioso y fuente de tantos
“displaceres” difícilmente podremos sentir placer
sexual.

No es de extrañar entonces, con esta
preparación física y mental, lo que vivimos y
sentimos las mujeres en nuestra actividad
sexual y que queda plasmado en otro de los
ejercicios al preguntar sobre nuestra primera
experiencia de placer.

Cuando a las mujeres se nos lanzan
preguntas sobre nuestra primera experiencia
de placer, la mayoría de nosotras hacemos alusión
a la primera relación sexual compartida
con un hombre como lo demuestra el siguiente
cuadro:

(Cuadro: Mi primera experiencia de placer)

El análisis de este gráfico se hace exhaustivo,
intenso y doloroso porque parte de
nuestras propias ideas y vivencias sobre sexualidad.
Poco a poco nos vamos enterando de
que ninguna de nosotras hemos recibido una
información adecuada, menos aún una formación
dirigida al placer cotidiano, al placer al
alcance de mis manos, al placer de las grandes
y pequeñas experiencias que nos da la
vida, es decir al placer en general.

Por todo ello, fijándonos en las dos
primeras columnas, lo inmediato a definir son
las interrogantes de: ¿Antes de los 12 años o
quizás de los 25, todas nosotras carecíamos de
sexualidad?, ¿Qué es entonces la sexualidad?,
¿Es una vivencia que se inicia solo cuando
compartimos nuestro cuerpo con un hombre?,
¿Es una experiencia ajena a nosotras?

Con gran esfuerzo por eludir los mensajes
machistas, las mujeres de los talleres somos
capaces de afirmar que sexualidad es
igual a placer
, que es una experiencia de bienestar
individual, de conexión con una misma,
de armonía entre mi interior y el entorno que
me rodea. Son momentos que me envuelven
de alegría, tranquilidad, paz interior y
positividad, elevan mi autoestima, me dan seguridad,
me permiten comunicarme de manera
espontánea y sé que no estoy sola.

Así, cuando cada una de nosotras compartimos
en grupo recuerdos satisfactorios que
difícilmente olvidaremos, surgen a borbollones
momentos de intenso placer que tienen la capacidad
de re-experimentar esa sensación de
bienestar, no solo a quien la esta expresando,
sino también a cada una de las participantes.
Rememoramos aquella excursión escolar en la
sierra que viví como si estuviera en el paraíso;
aquella vecina que tenía a los cinco años y que
juntas descubrimos muchas cosas que mamá
nos tenía prohibido; la inigualable experiencia
de libertad a mis 10 años, cuando me alejaba
de la orilla de la playa remando con mi lancha
de lona, haciendo caso omiso de las advertencias
de mis mayores, compensándome esta sensación
de las regañinas y azotes que solía recibir
a mi regreso, etc.

Finalmente, resumimos que la sexualidad
ha estado presente y estará en el transcurso
de nuestras vidas, que no es ajena a nosotras,
que no necesitamos de otra persona para
experimentarla porque la capacidad de placer
está dentro de cada una. Lo importante y más
difícil, es estar abierta a las sensaciones agradables
que siempre nos rodean, ser positivas,
y sobre todo, perder el miedo a ser conscientes
de nuestro propio placer.

Es relevante mencionar que cuando las
mujeres reconocemos y le ponemos a estas experiencias
el nombre de placer, pensamos que
al hacer el ejercicio caímos en una trampa cuando
respondimos que mi primera experiencia de
Finalmente, resumimos que la sexualidad
ha estado presente y estará en el transcurso
de nuestras vidas, que no es ajena a nosotras,
que no necesitamos de otra persona para
experimentarla porque la capacidad de placer
está dentro de cada una. Lo importante y más
difícil, es estar abierta a las sensaciones agradables
que siempre nos rodean, ser positivas,
y sobre todo, perder el miedo a ser conscientes
de nuestro propio placer.

Es relevante mencionar que cuando las
mujeres reconocemos y le ponemos a estas experiencias
el nombre de placer, pensamos que
al hacer el ejercicio caímos en una trampa cuando
respondimos que mi primera experiencia deplacer la he tenido a una determinada edad y con un hombre.

La trampa nos la ha tendido el patriarcado
desde siglos atrás, al apropiarse de nuestros
cuerpos y de nuestras ideas, trazándonos
el tipo de vida que debemos llevar las mujeres,
marcándonos desde antes de nacer la forma de
sexualidad que deberemos vivir. Logra su objetivo
desmintiendo y desvalorizando el placer
individual al que todas y todos tenemos derecho,
dándole el calificativo de “experiencias
necesarias” para crecer y madurar, con la finalidad
última de que asumamos como propia la
sexualidad que su sociedad nos propone.

Por eso, para el machismo, sexualidad,
placer, relaciones sexuales, “hacer el amor”, orgasmo,
sexo, y coito se reducen a la penetración.

Esta confusión de términos no es sólo
a nivel conceptual, todas sabemos que las ideas
son información acumulada que se cristalizan
en comportamientos y hábitos cotidianos.
Nuestra primera experiencia de placer sexual
compartida con un hombre es para el patriarcado
la prueba máxima de haber asimilado con
buena nota el confuso y vergonzante mensaje
de sexualidad recibido en la niñez y en la adolescencia.

No es de extrañar, que en la última columna
de la gráfica se evidencie que también
las mujeres hemos sido formadas en la mezcla
de mensajes machistas, nos han metido en
la cabeza la similitud entre relaciones sexuales,
coito y orgasmo. Esto se confirma en las
siguientes expresiones:

  • “La experiencia no se culminó”
  • «Supo esperar el momento”
  • “No tuve un orgasmo” (Aunque fue lo más placentero)
  • “El se corría enseguida”
  • “No llegué a la plena satisfacción”
  • “No tuvimos relaciones completas”
  • “Quería que fuera como en el cine y no fue así”

Con respeto y paciencia entre todo el
grupo, tratamos de encontrar qué mensajes
machistas hay detrás de cada expresión y
cómo nos afectan a todas. Son momentos muy
tensos de participación acalorada y de angustia,
cuando ante tantas expresiones de insatisfacción ponemos en cuestión el coito como máxima expresión sexual. ¿Cómo continuar
entonces las relaciones sexuales con mi pareja?
Algunas compañeras llegan a plantearnos
si las feministas estamos en contra de la
penetración porque somos lesbianas. Las respuestas
las vamos encontrando en un debate
grupal que se prolonga durante varias sesiones.
Nos entristece comprobar que a lo largo
de estos diez años, taller tras taller, se
repiten los mismos mensajes y las conclusiones
continúan siendo las mismas. Así, después
de mucho discutir, de muchas tareas que
nos hacen encontrar las trampas machistas y
re-plantearnos nuestra actividad sexual, concluimos
lo siguiente
:

 Que las feministas no estamos en contra de la penetración, sino en la imposición de esta práctica como único y obligado camino para la obtención del placer.

 Que las relaciones sexuales no tienen porque ser todas genitalizadas, que existe todo nuestro cuerpo para acariciarlo, para sensualizarnos globalmente, descubrirnos nuevas zonas
eróticas, encontrarnos en un diálogo corporal, sexual y espiritual, en una armonía que se llama placer. Sin necesidad de fingir orgasmos, sin miedo a pedir lo que deseo, sin temor a que me llamen “frígida”, “anorgásmica”, “estrecha”, dispuesta a compartir libremente lo
que en ese momento estoy sintiendo y voy necesitando. Reconociendo mi pareja y yo que lo que esperamos a través de compartir mis cuerpos es el placer que me durará horas y días.

 Que el orgasmo es un sinónimo falseado del placer sexual inventado por el machismo para nombrarlo. No necesito demostrar a nadie sensaciones exageradas y fingidas: jadeos, sudoraciones, gritos compulsivos, ojos torcidos, tensiones límites en el cuerpo, etc. etc. con
la finalidad de alagar al otro, porque sabemos que este tipo de expresiones él las necesita para creerse que lo ha hecho bien. Este orgasmo “peliculero” (experimentado algunas veces)
es producto de las relaciones coitales de eficacia machista y no de un encuentro globalizante entre nuestros cuerpos, entre nuestras sensaciones, entre un diálogo abierto y consciente por encontrarnos al final en el placer.

 Que “hacer el amor” es también otro sinónimo falso y machista de placer para irrresponsabilizar al otro de los compromisos que tiene “fuera de la cama”: en la vida privada, en el trabajo doméstico, en el cuidado de las hijas y los hijos, etc. Esto es lo que queremos decir las mujeres con la expresión: “Dame un buen día y tendrás una buena noche”.

 Que mis derechos sexuales no están por encima ni por debajo del placer del otro. Por lo tanto, el primer derecho que debo aprender, es decir “NO” a cualquier expresión sexual que me haga sentir mal.

 Que tengo derecho al auto placer y que éste no es sustitutivo de las relaciones sexuales compartidas, porque una opción es tan válida como la otra.

Alternativas que nos Planteamos en “Entre Nosotras”

Lo primero que necesitamos las mujeres
para recuperar la capacidad de placer
que fuimos perdiendo en la niñez y fundamentalmente
en nuestra adolescencia,
es obtener el reconocimiento de otras
mujeres en el arduo trabajo de reencontrarnos
con nosotras mismas y con nuestros
sentimientos.

Al validarnos unas a otras con estos
tremendos esfuerzos que hacemos cuando
nos replanteamos las ideas, los mitos y las
prácticas machistas sexuales, nos damos la
fuerza y la autoridad necesarias que necesitamos
para rescatar la asertividad y la autoestima
sexual perdida y proporcionarnos el
“empoderamiento” que se nos niega en el
patriarcado.

En este proceso personal y grupal empezamos
por aprender a no temer al propio
cuerpo, a conocerlo, a descubrir cada una sus partes erógenas y verse desnuda sin sentir vergüenza.

Es el trabajo de aceptar cada una su
físico, salirnos de los “cánones de belleza”
que nos crearon los complejos y las relaciones
tortuosas con el propio cuerpo.

Es reaprender a hablar con claridad
de la sexualidad
, nombrando con precisión
las partes sexuales y la actividad sexual,
atreviéndonos a expresarnos sin sobrenombres
ni vergüenzas, con palabras como: coito,
orgasmo, sensualidad, vagina, pene, vulva,
genitales…

Es desmentir uno a uno los mitos y
tabúes sociales
adquiridos: la pureza relacionada
con la virginidad; el nacimiento de una
criatura con la cigüeña; la sexualidad con
pecado, guarrada, etc.

Es reflexionar sobre lo que es libertad
sexual
para poder elegir cualquier opción
sin las trabas discriminadoras del sexo y poder
relacionarnos libremente sin culpas con
un hombre, con una mujer o con una misma.

Es poder separar la sexualidad de la
maternidad y adquirir el control de nuestro
cuerpo
utilizando diferentes prácticas sexuales
para tener o no criaturas y corresponsabilizar
de ello a nuestras parejas.

Es separar la sexualidad del matrimonio
y asumir que no tenemos que estar casadas
para tener relaciones sexuales.

Es diferenciar la sexualidad de “hacer
el amor”, del coito y del orgasmo
, que
para el machismo se reducen a la penetración.

Es relativizar el coito, reconocer lo
que significa esta práctica sexual para cada
una, si lo disfruto o no, si me produce gozo o
sufrimiento, si lo vivo como obligado deber
o como verdadera opción y saber si este es el
objetivo final de mi sexualidad, y una vez
reconocida la verdadera dimensión del coito
y de otras actividades sexuales en la sexualidad
de cada una, aprender a ser asertivas para
decir sí o no en el momento, lugar o relación
determinada.

Es rechazar el tipo de erotismo opresivo,
genitalizado y fálico de la pornografía
en la que sus elementos fundamentales son
la violencia, el poder y la carencia de sentimientos.

Y finalmente es llegar a practicar otro
tipo de erotismo liberador, creativo y feminista,
en el que el coito deje de ser el objetivo
máximo de la sexualidad, donde desaparezcan
las referencias genitales y podamos
expresarnos eróticamente con todo el cuerpo
y todas nuestras posibilidades sensoriales
y sentimentales, donde los besos, abrazos,
caricias, miradas, palabras, sonidos,
olores, “juegos” y fantasías superen la consideración
de prácticas preparatorias, rápidas
y subordinadas, pasando a recuperar su
verdadero valor e importancia en sí mismas,
rescatando su tiempo y su espacio en las relaciones
sexuales.

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