Los abusos sexuales a la infancia son una problemática que sufren muchas más niñas y niños de los que a priori podemos imaginar. Una forma de violencia invisibilizada, llena de estigmas, de vergüenzas, rodeada de una ley del silencio que hace que muchas veces las niñas y niños que lo sufren, o las mujeres que los sufrieron, sean revictimizadas una y otra vez. Es indudable que tanto niñas como niños están expuestas/os a esta atroz forma de violencia, pero también es indudable que es un problema que hay que abordar desde una perspectiva de género.

Al hablar de abusos sexuales a la infancia, no podemos olvidar tres cosas:

1. El hecho de ser niña es un claro factor de riesgo para llegar a ser víctima de abusos sexuales en la infancia.

En efecto, y si bien la ley del silencio que rodea a los ASI recae también sobre la escasez de estudios tanto en España como a nivel mundial, está demostrado que el porcentaje de niñas victimizadas es mayor que el de los niños, de entre 1,5 y 3 veces más. Además, la incidencia estimada en España de menores que sufren ASI es de un 20% en niñas y un 8% en niños, aunque de estos solo emerge entre un 2 y un 8%.

Además, los estudios de incidencia en este ámbito, que recogen el número de casos nuevos que son denunciados a las autoridades o detectados por éstas en un periodo de tiempo determinado, muestran que de los expedientes revisados en los servicios de protección a la infancia (un total de 8.560 menores), un 4,2% del total de niños y niñas fueron abusados sexualmente. Las diferencias de género son muy evidentes: un 78,8% de niñas y un 21,2% de niños fueron detectados como víctimas de abuso sexual infantil.

No podemos olvidar que estos estudios de incidencia no muestran la realidad: existen muchos más casos que no llegan a conocer las autoridades o determinados colectivos de profesionales. Un mayor acercamiento a la totalidad de casos de victimización sexual que existen lo ofrecen los estudios de prevalencia, que refieren el número de individuos que han sido víctimas a lo largo de su infancia, habitualmente hasta los 18 años. En estos estudios hay también una mayor incidencia de mujeres agredidas sexualmente: un 15,2% de los varones y un 22,5% de las mujeres reportaban haber sido víctimas de esta experiencia antes de los 17 años de edad.

2. Los agresores son mayoritariamente hombres.

Con una incidencia aplastante de un 97%, quien comete abusos sexuales a la infancia son casi siempre los hombres. En este punto cabe preguntarnos si la socialización masculina en el poder sobre las mujeres y la sexualidad patriarcal a través de la prostitución y la pornografía tiene algo que ver.

Además, los agresores suelen ser, también en una inmensa mayoría, personas cercanas a la familia: padres, abuelos, tíos, amigos íntimos…, un factor que, por una parte, hace que la agresión se sume aún más en el silencio y, por otra, agrava las consecuencias psicológicas que tiene para la víctima. Porque ¿cómo va a confiar en alguien si en quien ya confiaba ha sido capaz de proferirle ese daño tan intenso?

3. Las consecuencias y secuelas afectan de una manera diferente a las niñas que a los niños

Partiendo de una socialización de género completamente distinta, las consecuencias de haber sufrido abusos sexuales en la infancia son distintas para niñas y para niños. Por ejemplo, las niñas manifiestan más síntomas de depresión y ansiedad, pero proyectan menos la situación que están viviendo. Por el contrario, los niños tienden a su vez a abusar de otros niños y exteriorizan el abuso mediante conductas disociales y dificultades de adaptación.

Después de haber vivido esta experiencia, además, las vidas de unos y otras discurren de maneras distintas. Cuando es un niño quien ha sido el abusado, este tiende a convertirse en un adulto abusador, dado que aprende que esa es la forma de comportarse. Las estadísticas apuntan a que uno de cada cinco varones que han sufrido abusos agreden a otras personas, en muchas ocasiones mujeres.

En el caso de las mujeres, se suma la socialización femenina que hace más vulnerables a las niñas a través de la indefensión aprendida (cuando una persona se enfrenta a una situación negativa de la que no puede escapar, “aprende” a mantenerse indefensa incluso cuando las condiciones cambian y ya se puede ejecutar una respuesta de huida), tanto para cuidarse a sí mismas como para proteger a sus propias hijas. Ella se convertirá en una mujer que tiene más probabilidad de sufrir otras formas de violencia machista.

Por último, cabe contemplar que es importante el porcentaje de familiares de las/os menores que fueron también victimizadas/os en su infancia, especialmente las madres. Personas que nunca desvelaron los abusos, que se repiten posteriormente, de generación en generación.

En conclusión

Podemos afirmar que los abusos sexuales a la infancia son una forma de violencia de género, una forma atroz que se sustenta sobre una relación de poder patriarcal, no solo por la edad del abusador frente a la víctima, sino también por los procedimientos violentos y coercitivos que emplean.

Como consecuencia de estas vivencias, las víctimas pasan por situaciones de incomprensión, de indefensión, de silencio, situaciones que agravan aún más el problema y que, sin una adecuada intervención psicológica, desembocan en graves secuelas en la edad adulta. En este sentido, en Mujeres para la Salud y desde hace más de 30 años, ofrecemos, en el Espacio de Salud Entre Nosotras, una terapia especializada para mujeres que fueron abusadas durante su infancia y que nunca han conseguido retomar su vida de una manera saludable.

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