Campaña salud y mujer! 28 de mayo de 2020

Por Soledad Muruaga  Presidenta de AMS

Según la Organización Mundial de la Salud el concepto de desigualdad en la salud se refiere a las diferencias que hay en la sanidad que se consideran innecesarias, que pueden ser evitadas y que son injustas.

Hay unos procesos y unos resultados en la salud y en la enfermedad, así como en su atención desde los servicios de salud que son distintos para las mujeres y para los hombres. Cuando son injustos y evitables se convierten en desigualdades. En la sanidad hay diferencias propias de los aspectos biológicos y genéticos que no pueden considerarse injustas y otras en las que el factor cultural y los roles de género marcados por la sociedad influyen de manera determinante. Estas diferencias sí son injustas y tenemos la obligación de cambiarlas fomentando una transformación en la visión, el análisis y en última instancia en el diseño de políticas públicas que ayuden a subsanar estas desigualdades.

DIFERENCIAS EN LA SALUD DE HOMBRES Y MUJERES, EN LAS QUE INTERVIENEN FACTORES DE GÉNERO

Las desigualdades en la salud se producen en muchos casos por concepciones androcéntricas de la enfermedad y por una invisibilización de los problemas que éstas provocan en la salud física y mental de las mujeres.

Hay algunas enfermedades en las que podemos cuestionarnos si intervienen o no factores biológicos, pero hay otras en las que influyen directamente aspectos sociales como los roles de género o los modelos de vida de las mujeres que en la mayoría de los casos las dejan en situación de mayor vulnerabilidad ante la enfermedad.

Algunos factores diferentes entre hombres y mujeres son determinantes en su salud:

-Esperanza de vida: Uno de los aspectos que se observan es que las mujeres tenemos una mayor esperanza de vida, pero nuestra vida con una buena salud y sin enfermedad crónica es peor. Tenemos una serie de años que vivimos con una mala salud. En cambio, los hombres viven menos años, pero con mejor salud, aunque es verdad que sufren más discapacidades, muchas veces desde jóvenes ligadas a accidentes porque la forma de entender la masculinidad les hace ser más arriesgados.

-Percepción de la salud: Las mujeres perciben su salud de una forma mucho más negativa que los hombres. Las formas de expresar los malestares y sufrimientos también son distintas y la frecuencia de las quejas crónicas es triple entre las mujeres que en los hombres.

-Patrones de vida diferentes: Los hombres, practican más deporte y actividades de ocio y también duermen más horas que las mujeres. Pero, por otro lado, tienen patrones menos saludables, por ejemplo, por modelos de masculinidad, fuman más y consumen más drogas, aunque en las nuevas generaciones de jóvenes las chicas tienden a imitar este tipo de conductas perjudiciales para la salud.

-Falta de equidad en el trabajo: Hay diferencias injustas tanto en el trabajo productivo, como en el reproductivo. La diferencia en el trabajo reproductivo es muy distinta para unos y para otras, hay una inequidad en el reparto del tiempo para los trabajos de cuidados, que recaen principalmente en las mujeres.

En cuanto al mal llamado trabajo “productivo”, hay falta de equidad en la distribución del trabajo y en los salarios menores de las mujeres (22% menos) y, aunque tengamos mucha educación y mucha formación, no accedemos en igual proporción a los puestos directivos, ni a los mejor pagados.

En muchos casos, la mujer soporta una doble y triple jornada, lo que supone que tenga una sobrecarga física y emocional muy grande y un impacto negativo en la salud, puesto que ellas siguen siendo las cuidadoras principales. Este realmente es uno de los aspectos fundamentales que las investigadoras con perspectiva de género, concluimos que hay que cambiar, aquí está la clave.

La respuesta a estas diferencias tiene su reflejo en la salud. El Observatorio de la Salud de las Mujeres, en sus estudios, ha detectado grandes diferencias entre las enfermedades que padecemos los hombres y las mujeres

Así, las mujeres, sufrimos casi 3 veces más que hombres, de enfermedades como: Ansiedad, Depresión, Síndrome de fatiga crónica, Artrosis y Osteoporosis. Hay 9 mujeres por cada varón, que sufren Fibromialgias y Migrañas. Hay 30 mujeres por cada varón, que sufren de Artritis y 50 mujeres por cada varón padecen Anemia y deficiencia de hierro

Discriminaciones de género que afectan a la salud de las mujeres           

Es importante el tratamiento integral de la violencia de género, ya que afecta a la salud física y mental de las mujeres, y también a las de los hijos e hijas. En la violencia de las parejas y las ex parejas, intervienen factores culturales y sociales propios de una sociedad patriarcal que se han convertido en arma arrojadiza contra las mujeres. Cada año en España son asesinadas por sus maridos una media de 70 a 80 mujeres. Las consecuencias para la salud de las mujeres maltratadas son de gran magnitud y gravedad, constituyendo un problema de salud pública, según la OMS.

Los abortos en malas condiciones, cuando hay países que tienen prohibido el aborto y también aquí en España, cuando estuvo prohibido, se ha constatado que produce unos efectos graves en la salud de las mujeres, incluso muertes. La OMS, declara que en los países en los que se regula y se hace en condiciones saludables, las muertes y problemas de salud disminuyen significativamente.

En las agresiones sexuales y violaciones, aproximadamente el 90 % de las víctimas son mujeres. Los abusos sexuales infantiles e incestos, lo sufren más del doble de las niñas que de los niños. Además, mayoritariamente, los agresores también son varones, más del 90%, incluso cuando las víctimas son niños. Ello repercute muy negativamente en la salud física y mental de las víctimas, necesitando tratamientos sanitarios específicos

La prostitución y la pornografía. Las mujeres que se ven obligadas a realizar este tipo de conductas, representan en torno a un 90%. Debido a esta actividad, las mujeres prostituidas, suelen presentar numerosos problemas de salud integral: física, mental, sexual y reproductiva. Entre otros, los problemas de salud que suelen padecer las mujeres que se dedican a la prostitución son las enfermedades de transmisión sexual como el SIDA, problemas ginecológicos múltiples, del orden de más del 50% con respecto a las mujeres que no se dedican a la prostitución, además el 70% de estas mujeres prostituidas, padecerán postraumático y depresión a lo largo de sus vidas. Cuando hablamos de la prostitución hablamos más de aspectos morales, de derechos humanos, lo cual es cierto, y además, es un problema de salud pública, y conlleva, la trata de personas, lo que las feministas, lo hemos conceptualizado como la esclavitud de nuestro tiempo.

La mutilación genital, sabemos que hay dos millones de mujeres al año que están sufriendo las ablaciones, y sabemos que éstas producen en graves traumas, hemorragias e incluso muertes. En nuestro país también está ocurriendo entre parte de la población emigrante, que lo considera cultural.

INVISIBILIZACIÓN DE LOS PROBLEMAS DE LAS MUJERES 

Generalmente hay una invisibilidad de los problemas de género que sufren millones de mujeres en todo el mundo y, por tanto, no existen programas preventivos de detección de dichas violencias machistas.

En nuestro país, en la Ley contra la Violencia de Género de noviembre del 2004 se contempla la obligación de la formación de todos los agentes sociales implicados en lucha contra los problemas derivados de desigualdades de género. Pero muchas de estas obligaciones no se desarrollan actualmente.

Tampoco existen programas de prevención de la violencia psicológica en los ambientes laborales y sociales. Hay un acoso laboral por razón de sexo y de género que ahora se está empezando a visibilizar, pero todavía queda bastante en los aspectos preventivos para que se erradique este problema, que es igualmente una lacra social.

El principal obstáculo en la aplicación de la Ley Integral de la Violencia de Género es la falta de formación de todas las y los profesionales que intervienen. Sobre todo, en el ámbito judicial, donde es muy difícil que se dejen enseñar en estos aspectos de género. Algo similar ocurre en la parte sanitaria, en lo que denominamos el estatus médico.

Se ha constatado que, entre un 20 y un 30%, de las mujeres maltratadas van a urgencias. Si tuviéramos bien formados y formadas a estos profesionales, podría aplicarse una medicina preventiva en la que se tuvieran en cuenta una serie de síntomas comunes a muchas mujeres que han sufrido violencia machista. Por ejemplo, el dolor crónico, son mujeres que tienen muchas cefaleas y dolores de espalda, mareos, colon irritable, hipertensión arterial, resfriados repetidos y problemas infecciosos. Y sobre todo pueden tener muchas alteraciones de huesos y moratones de diferentes colores que se han producido y se ven en diferentes momentos. Todo esto una persona sanitaria que está bien formada puede detectarlo.

Vamos observando que hay unos sesgos en el diagnóstico y en la terapia dependiendo de si el paciente es un hombre o una mujer. Nos damos cuenta de que hay unas enfermedades cardiovasculares en las que los profesionales hacen menos esfuerzo en el diagnóstico y en la terapia con las mujeres, porque se piensa que es una enfermedad masculina. Esto implica que las mujeres padezcan efectos más graves y aumenten los índices de mortalidad femenina. Todo esto podría solucionarse con formación y con una adecuada visión de género profesional.

Otro ejemplo lo tenemos en la anemia ferropénica, que también nos afecta más a las mujeres, y no se le da la importancia que tiene en su tratamiento. Muchas mujeres después de la menstruación están cansadísimas o padecen anemia y aquí también habría que tomar medidas para adoptar soluciones.

La fatiga es una queja muy frecuente en las mujeres y es importante analizar los motivos, ya que en la mayoría de los casos tienen que hacer compatible la vida laboral con la familiar y prácticamente les resulta imposible dedicar tiempo al ámbito personal, al descanso, al ocio, etc. Generalmente esta situación provoca estrés y fatiga crónica difícil de detectar si no se tiene una visión de género que analice las circunstancias que provocan estas alteraciones.

Ésta es una queja muy frecuente en las mujeres y, cuando la ve un profesional que no tiene la perspectiva de género, lo que le diagnostica es depresión y se le prescriben psicofármacos. Pero en cambio, a un hombre con los mismos síntomas, no se le diagnostica ni se le prescribe igual. El sesgo también existe en la investigación médica porque vemos que las enfermedades las estudian en los hombres y después lo generalizan a las mujeres.

La pobreza de recursos que se destina a la investigación de las causas del dolor crónico, que afecta mayoritariamente a las mujeres, implica que no se hayan elaborado protocolos de diagnóstico diferencial para las más de cien enfermedades que producen dolor. El dolor en todas sus manifestaciones corporales es la primera causa de abandono laboral en las mujeres, y se sabe que el 30% de la población femenina padece dolor de columna, dolor en las articulaciones y masa muscular, y es dos veces más elevado en las mujeres que en los hombres, y sobre todo se cronifica a partir de los 45 años. El dolor es la primera causa de consulta en atención primaria, y a cualquier edad, sobre todo el dolor musculo-esquelético, en la columna vertebral, en la espalda, en las manos y en los pies.

Las investigaciones de los años 80 y 90 demostraban que el estudio del dolor en las mujeres tenía factores psicosomáticos y se trataba únicamente con ansiolíticos y con sedantes. La conclusión es, que, a pesar de la medicalización, el dolor tiene un sesgo de género en la investigación médica, en el diagnóstico y el tratamiento que aplican. Lo que se hace es lo más fácil, se silencia con medicamentos el dolor más profundo que tenemos las mujeres, un dolor que se somatiza y altera las funciones de nuestros músculos y huesos. La base del padecimiento de muchas mujeres en estos casos es un dolor existencial. Puede parecer muy dramático. Pero es que yo lo vengo observando como profesional desde los años 80 hasta la actualidad. Las jóvenes también empiezan a sufrirlo, pero a medida que se pasa a edades maduras, el dolor se va acumulando. Llega un momento en que la mujer no sabe ni cómo expresar su profundo malestar.

Entre las causas que desencadenan este malestar se combinan aspectos psicológicos, biológicos y sociales. El dolor puede ser por algún hecho concreto, un accidente, una intervención quirúrgica, la muerte o accidente de un ser querido, una enfermedad grave, pero este dolor agudo que se produce por un hecho puntual ya anida en un cuerpo que siente un dolor antiguo, que ni siquiera sabía por qué tenía. Los síntomas por los que las mujeres suelen acudir a la consulta se consideran como un trastorno de un funcionamiento biológico o de un histerismo, de las mujeres “débiles mentales”, según quién nos trate podrá pensar una cosa u otra. Se invisibilizan las relaciones entre las condiciones de vida y los síntomas por los que las mujeres vamos a consulta. Eso no se tiene en cuenta, las condiciones de vida, es como si no formaran parte de lo que me esté pasando.

Así se inicia una medicalización de los conflictos. Todo eso lleva a hacer un análisis tan machista, tan patriarcal o tan androcéntrico, que se generaliza el tratamiento de medicalización de las mujeres, y en especial las mujeres amas de casa o mayores. Más a las mujeres de los pueblos, así como las dedicadas al trabajo maternal con hijos pequeños, que son las que realizan muchas veces doble jornada de trabajo. También influye el nivel socioeconómico, las clases menos pudientes están más medicalizadas que aquellas cuyos recursos son más elevados. Las mujeres con un estatus más bajo son las que suelen acudir con mayor asiduidad al médico de familia, que les suele recetar un tranquilizante, un ansiolítico o un somnífero.

Después de la atención primaria son derivadas al psiquiatra, y habitualmente ese psiquiatra refuerza esa medicación, o le cambian y le amplían el tratamiento.

Podemos afirmar por tanto que hay una vulnerabilidad diferencial psicosocial. Por ejemplo, nos vamos dando cuenta en los estudios de que la maternidad y tener más de dos hijos o hijas pequeños representan un riesgo psicosocial para la salud de las mujeres. Algo tan obvio no se veía. Que los problemas con los hijos, hijas e hijos, tienen mayor impacto en las mujeres. También muy lógico, si resulta que nos hacen a nosotras las culpables, por lo que asumimos costes gravísimos. Esto y la sexualidad patriarcal son dos talones de Aquiles de las mujeres.

El matrimonio y los roles que adoptan cada unos de los cónyuges son factores de riesgo fundamentales, ya que se ha comprobado que el modelo de parejas más igualitarias es un protector de género de la salud de las mujeres.

No obstante, y a pesar de la evidencia que aporta el análisis de género, hay unas creencias patriarcales sobre la salud que están muy arraigadas todavía en muchas sociedades, en nuestro país también, y que aún no se consideran como riesgo en la salud. Éstas pueden resumirse en las derivadas de las responsabilidades o la doble jornada, porque las mujeres hemos entrado en el ámbito público, pero los hombres en el privado van con más retraso. Este desequilibrio se refleja en la salud de las mujeres, cuya carga es mayor que la que asumen los hombres en la vida diaria.

A esto se une que los ambientes laborales están muy masculinizados, cuando entramos las mujeres en esta vida pública nos encontramos con unos ambientes muy hostiles, que tampoco favorecen nuestra salud física y mental, y no se tiene en cuenta cómo afecta en la salud de las mujeres el trabajo productivo y reproductivo.

Estos aspectos como la falta de igualdad de oportunidades, la discriminación que existe y que tiene un impacto en la baja autoestima, en la salud mental y en el bienestar de las mujeres, no se han considerado en la sanidad, que nos trata como secundarias, tal y como se transmite a través de la televisión, la educación, donde nos proyectan socialmente como ciudadanas de segunda categoría.

DESIGUALDAD DE GÉNERO EN LOS SERVICIOS DE SALUD

La inequidad de género en la sanidad se constata en la falta de servicios que persisten actualmente a pesar de los estudios, análisis y recomendaciones que se hacen por parte de agentes especializados como el Observatorio de Salud de la Mujer.

Existen carencias en temas tan importantes como la salud mental para las mujeres, la atención a las ancianas y la interrupción voluntaria del embarazo, que afortunadamente, ya cuenta con un marco legal, en nuestro país.

Pero la atención a la salud sexual y reproductiva, no es sólo una Ley de interrupción del embarazo, es mucho más general, y es necesario que se trate desde la perspectiva de género, porque tenemos una visión muy masculinizada de la sexualidad y se necesita mucha educación que incorpore dicha perspectiva.

En este proceso, es fundamental además la formación de los y las profesionales sanitarias para que tomen conciencia de que las mujeres tenemos derecho sobre nuestro propio cuerpo y provocar así una reflexión social, moral, médica y política desde la perspectiva de género de nuestros modelos asistenciales. En mi opinión, creo que se está haciendo y en nuestro país hay unas leyes, tanto la que os he dicho de interrupción voluntaria del embarazo, de la salud sexual y reproductiva y también la Ley de Dependencia, que es importantísima para la salud de las mujeres. Si se creasen espacios, infraestructuras, guarderías, centros de día para las personas con discapacidades, todo esto generaría muchos puestos de trabajo. Además, hay que tener en cuenta que la creación de infraestructuras representa una inversión, no un gasto.

LA METODOLOGÍA DE GÉNERO Y LA NECESIDAD DE PROMOVERLA EN LA SANIDAD

“Es necesaria una crítica constructiva y positiva a favor de adaptar el sistema sanitario hacia una visión de género y evitar caer en mandatos y roles masculinos”

La metodología de género se basa en un proceso básico en la atención socio-sanitaria: el paciente se siente escuchado y comprendido por su médico o médica. Esto implica a la vez el desarrollo de la capacidad crítica del paciente y de los profesionales; así como el desarrollo de las habilidades y el afianzamiento de la autoestima que supone un nuevo modelo de profesionales que se refleja en la metodología de trabajo basada en el apoyo, la motivación y el acceso a nuevos aprendizajes.

Se establecen así unas relaciones horizontales y desburocratizadas entre profesional y paciente que favorecen un buen diagnóstico y posterior tratamiento. Por eso necesitamos medidas, desde esta perspectiva de género, proclives a la creación de una cultura de tolerancia cero a la violencia de género en todos los ambientes: en el doméstico, en el laboral, en todos los ámbitos de nuestra vida. En conclusión, considero que tenemos necesidad de políticas de acción positiva.

Necesitamos no perpetuar a las mujeres como cuidadoras de la salud familiar. Según los últimos estudios, casi el 90% de las cuidadoras somos mujeres, lo que implica que la mayoría sufra el llamado paradójicamente, “síndrome del cuidador”. Esto implica que la mujer encargada de los cuidados del familiar a su cargo, acabe padeciendo problemas de salud en la misma o mayor medida que la persona a la que está cuidando.

Asimismo, son necesarias medidas de participación social para la salud de las mujeres, que potencien la creación de ambientes favorables para las mujeres en el trabajo y en el entorno, en el vecindario, en la ciudad, que nos beneficiarían a todas y a todos, para evitar el estrés en la familia. Partimos por tanto de la necesidad de contar con infraestructuras como guarderías para que realmente todas las mujeres tengan estos apoyos. En este apartado podemos considerar también la necesidad de garantizar y fomentar los permisos por paternidad y maternidad igualitarios.

Otra cuestión importante es la eliminación de imágenes vejatorias sobre el cuerpo de la mujer, esto también produce unos efectos para nosotras a los que parece que no se les da importancia, pero que tiene sus perjuicios y puede derivar en trastornos de alimentación y de salud de las mujeres.

En conclusión, creo que es necesaria una crítica constructiva y positiva a favor de la necesidad de adaptar el sistema de salud hacia una visión de género y evitar caer en mandatos y roles masculinizados en áreas tan importantes como la educación o la salud. El empoderamiento de las mujeres debe comenzar por un cambio en la sociedad y en la incorporación de la visión de género en todas las políticas públicas.

Ejemplo de la perspectiva de género en “El Espacio de Salud Entre Nosotras” 

Referencias:

Informe de salud y género 2006, Las edades centrales de la vida. Ministerio de Sanidad y consumo, 2008

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