Por Mercedes Risco

“Te vas a arrepentir”, “te vas a perder lo mejor de la vida”, “eres rara”, “inmadura”, “egoísta”, “quién te va a cuidar”, “quién te va a querer” o simplemente, “te quedarás sola” son algunos de los mensajes que las mujeres oyen continuamente y muchas veces se repiten dentro de sus cabezas cuando toman la decisión de no ser madres, o peor aún, cuando no pueden serlo. Porque a día de hoy, se sigue pensando que la mujer que no es madre, no es del todo mujer o va a tener una carencia en su vida.

Y es que no ser madre no se presenta como una alternativa igual de enriquecedora (o no), que la maternidad, sino que ni siquiera se presenta como alternativa. No hay un discurso antimaternal como una opción a la maternidad. Nadie nos dice “¡no seas madre!”, o “no ser madre es la experiencia más maravillosa del mundo”, sino todo lo contrario. La pregunta o el comentario habitual que nos encontramos es “por qué no eres madre” o “cuándo vas a ser madre”. Porque si no lo eres, o no quieres serlo, es porque “algo te pasa”, porque eso, “no es lo esperable o habitual”. Y no ser madre entonces, se convierte en un tabú.

El hecho es que, a través de la socialización, en nuestro aprendizaje de ser mujer, vamos interiorizando una serie de creencias que nos van a condicionar en nuestros comportamientos, pensamientos y emociones en torno a la maternidad. Creencias tales como que el sentido de la vida de las mujeres es ser madres, que la maternidad es una vía obligatoria para nuestra realización o que, pase lo que pase, ser madre será una experiencia maravillosa que compensará, van a ir construyendo una imagen idealizada.

Esta imagen tiene que ver también con otras creencias como que con la maternidad tendremos el amor incondicional de los hijos, estaremos siempre acompañadas, nos cuidarán en un futuro o nos querrán siempre. Incluso podemos llegar a pensar que tener una criatura puede ayudar a consolidar o dar estabilidad a la relación de pareja, cuando sabemos que ésta es una de las situaciones más estresantes y desestabilizadoras a todos los niveles, siendo la realidad que hay que estar muy bien para gestionar con éxito esta circunstancia tan impactante. Además, no dudamos de la capacidad de todas las mujeres para ser madres, pero sabemos que hay un porcentaje de mujeres que, por motivos biológicos o condiciones de salud, no pueden serlo. Imaginemos el dolor de comprobar esto, e incluso de llegar a sentir que es un castigo divino.

Y no solo esto, sino que creemos, también, que la posibilidad de ser madres nos capacita para saber serlo. De modo que pensamos que una vez que seamos madres, vamos a saber de forma “natural” y espontánea cómo ejercer la maternidad, que es algo instintivo. Sin embargo, aunque sabemos y es fácil argumentar que el instinto maternal no existe, todo lo anterior nos lleva a creer que hay una única forma, perfecta, de ser madre. Es el concepto de buena madre, y que tiene que ver con cómo “debemos” comportarnos las mujeres en relación con nuestros hijos/as, siendo abnegadas, estando cien por cien disponibles, olvidando nuestras propias necesidades, disfrutando del cuidado y sintiéndonos satisfechas con el bienestar, crecimiento y felicidad de los hijos e hijas, siendo estos comportamientos, además, innatos. De este modo, sentimos que todo comportamiento que se sale de este ideal es incorrecto, mal visto, criticado, sancionado, una tara… y se relaciona con otro comportamiento estereotipado que está en el extremo opuesto, el de mala madre (aburrida de los hijos, distante, que no les proporciona satisfacción, que les causa daños,…).

A pesar de que todas estas ideas son irracionales, nos las creemos y no las cuestionamos. Esto nos lleva muchas veces a sentirnos mal y/o a actuar de forma perjudicial para nuestra salud integral.

Las consecuencias de este aprendizaje y los conflictos que genera en las mujeres se van a manifestar de diferentes formas, algunas de las cuales son las siguientes: la culpa, (culpa por todo: por no ser madre, por serlo y no serlo como debería, por trabajar y no dedicar más tiempo a las criaturas, por no trabajar y solo criar, por no querer ser madre, por no llegar a todo, por perder el control, por no sentir que es lo mejor que le ha pasado, por no ser perfecta,…), la duda constante, (¿lo estaré haciendo bien?, ¿será suficiente lo que hago?, …), la frustración, (por no cubrir los deseos/necesidades propias, por anularnos como mujeres y diluirnos en la madre, por la falta de desarrollo personal, …), la falta de autonomía y la anulación de la mujer como sujeto, (al creer erróneamente que la mejor madre es la que da todo por sus hijos/as hasta anularse), el cansancio vital, (físico, mental y emocional, debido fundamentalmente al hipercontrol y perfeccionismo de querer llegar a todo y hacer todo bien), la dependencia económica, (que como cualquier otra dependencia genera consecuencias graves, como aguantar relaciones que en otras condiciones no aguantarían o incluso situaciones de maltrato), o el arrepentimiento, (cuando en estas circunstancias, de mal aprendizaje, de creencias irracionales, de idealización, hay muchas mujeres que al comprobar lo que es la maternidad, se dan cuenta de que ha sido un error; esto no significa que no quieran a sus hijos o que no asuman la responsabilidad de la crianza, sino que se dan cuenta de que se equivocaron y de que lo que rechazan es ser madres) .

No tenemos que olvidar que cualquier emoción, sentimiento, circunstancia, etc., tras una decisión tan importante en la vida, es posible, más si la decisión, en este caso, la decisión de ser madre se ha tomado bajo falsas premisas que vamos interiorizando. Arrepentirse es una de ellas, y es más frecuente de lo que imaginamos. Por eso, hay que escuchar estas voces, reconocerlas y permitir que, con estos discursos, la visión de las maternidades sea más realista. Las mujeres que se arrepienten no están locas, ni son malas, ni están taradas. Arrepentirse de ser madre, no querer a los hijos o hijas, o quererlos menos porque las expectativas creadas no se cumplen o porque los hijos o hijas no merecen ser queridos, es un tabú, pero estos sentimientos son igual de válidos y humanos que cualquier otro, existen y hay que escucharlos.

Para las profesionales del Espacio de Salud Entre Nosotras, uno de los aspectos más importantes es escuchar y dar un espacio a las mujeres en el que puedan analizarse, entender sus decisiones, asumir la realidad de sus vidas en general y de sus maternidades en particular y que puedan aceptarse y hacer cambios que les permitan salir del malestar. Lo que intentamos es ayudarles a que rompan con el mandato patriarcal “ser madre” y puedan desarrollar alternativas saludables sobre el deseo de ser madre/no ser madre. También, facilitamos la posibilidad de deconstruir los maternajes en los que la mujer se pierde en la madre por otros en los que la mujer sea más que la madre y desarrolle el resto de áreas vitales. Pretendemos que las mujeres puedan colocar la maternidad como un área más, como el resto, y que ser madre sea una circunstancia más en la vida, igual que lo es no serlo, entendiendo que el hecho de ser madre no es la experiencia esencial constitutiva de la existencia femenina y que, aunque tener hijos/as puede ser una experiencia maravillosa (o no), una mujer puede sentirse igual de completa (o incompleta) sin hijos igual que cualquier persona. En definitiva, que ser madre sea una elección personal y que no ser madre, también.

No se trata, por tanto, de demonizar la maternidad, ni demonizar a la mujer que no quiere tener hijos/as o que se arrepiente de haberlos tenido, sino de que cada mujer elija la maternidad que desee y la ejerza libremente, consiguiendo así una maternidad más saludable. Y se trata, también, de empezar a cuestionaros en qué medida se puede hacer una elección libre de la maternidad, si una de las opciones es un tabú, se menosprecia y se castiga.

Por Mercedes Risco, psicóloga experta en género de AMS

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