“A mí el dinero no me interesa, yo no soy materialista, para mí son mucho más importantes las personas…”

¿Os habéis pillado, alguna vez, diciendo este tipo de cosas cuando alguien sospecha que tenéis algún interés por el “vil” dinero?

La mayoría de las mujeres necesitamos justificar cualquier atracción hacia el dinero buscando una razón para usarlo que lo trascienda o lo humanice, y siempre que podemos, dejamos claro que no tenemos nada que ver con “algo” tan despreciable. Y es que el dinero no es algo neutro. No sólo es una fórmula creada por las culturas para perfeccionar el sistema de trueque de objetos, sino que simbólicamente es un medio que la sociedad patriarcal-capitalista ha elegido para representar el Poder, y mantener los roles sociales establecidos en función del derecho a manejarlo libremente.

A lo largo de este artículo vamos a analizar cómo se reproduce ésta simbología dentro de los roles de género y más concretamente porqué las mujeres desarrollamos una relación tan poco saludable con el dinero. Debido a lo que aprendemos a lo largo de nuestra socialización femenina, esta relación se manifiesta en un rechazo visceral y generalmente inconsciente hacia el dinero, lo cual provoca en la mujer una gran vulnerabilidad, sobre todo en momentos vitales muy relevantes como son la convivencia en pareja y, llegado en caso, los procesos de ruptura de la misma.

Recordemos que dentro del modelo ideal de mujer que nos inculcan desde pequeñas, aprendemos que algunos de los atributos femeninos más valorados se refieren a estar centrada en las necesidades de los demás, es decir, la mujer de verdad tiene que “vaciarse, dar todo, no quedarse con nada”, algo que queda muy bien representado en el rol maternal que todas debemos asumir “como parte de nuestra naturaleza”. Por otro lado, se nos refuerza ser dependientes, se nos enseña a desconfiar de nuestra propia capacidad para tomar decisiones y ser autónomas, y a delegar ese poder en otras personas más “fuertes” que nosotras (primero los padres, y luego la pareja). Si realmente llegamos a creer que ser buenas mujeres es acercarse a éste ideal, cualquier elemento que nos obstaculice desarrollar estos valores, lo rechazaremos a nivel emocional. Y eso es lo que pasa con el dinero: es imposible sentirse cómoda y poder manejarlo adecuadamente a nivel práctico, si creemos que representa algo dañino para nuestra ética personal.

En mi experiencia psicológica con grupos de mujeres, siempre ha estado presente una proyección negativa que asociaba el dinero, por un lado con frialdad, egoísmo, ambición, especulación, suciedad, materialismo, y por otro con estabilidad y poder; quedando en evidencia el conflicto interno que vivimos al sentir el Dinero como algo valioso objetivamente para conseguir Poder, pero ajeno a nuestros deseos por ser incompatible con nuestra identidad de mujer.

O sea, en el fondo tenemos miedo a perder nuestra identidad femenina, a perder la aprobación y el afecto de los demás si nos convertimos en personas “demasiado” independientes, a no poder sobrevivir emocionalmente sin esa “fuerza” que supuestamente nos transmiten nuestros vínculos con otras personas. Hablo de autonomía económica y emocional porque están tan unidas que son las dos caras de la moneda. Y qué pasa cuando nos atrevemos a transgredir las normas que nos tienen atrapadas, pues que nos sentimos culpables por ser egoístas, por atrevernos a saborear el poder del dinero, o lo que es lo mismo, “el poder de elegir” la vida que queremos.

De hecho, en el inconsciente colectivo el dinero cobra un significado diferente, dependiendo de si se asocia al género masculino o femenino. Los hombres son poderosos, tienen prestigio, son importantes; mientras que una mujer que tenga una economía solvente es interesada, ambiciosa, peligrosa en cuanto a liberada y poderosa, y probablemente soltera, porque todavía es difícil que un hombre acepte a una mujer con poder. Como consecuencia de esta ideología, continuamente hay casos de mujeres que luchan por su autonomía, y que son agredidas o rechazadas por los hombres más machistas en cualquier situación cotidiana. Incluso, como diría Clara Coria en su libro “El sexo oculto del dinero”, una mujer que maneja bien el dinero en el fondo es considerada un poco “puta” porque todavía nos quedan reminiscencias simbólicas de aquellas épocas en las cuales la única forma de que una mujer pudiera ganar dinero era prostituyéndose; tanto es así que a estas alturas aún seguimos asociando “mujer pública” a prostituta.

Dentro de la relación de pareja, las consecuencias de nuestra socialización en el área económica no son menos trascendentes. En realidad el amor romántico que envuelve nuestros proyectos de pareja y familia, no es otra cosa que la unión de las creencias expuestas anteriormente: la entrega absoluta de mi ser a un hombre poderoso y protector. ¿Suena cursi o carca? Pues este modelo sigue estando vigente, afortunadamente interaccionando con otras alternativas más saludables, aunque estas siguen perteneciendo más a la teoría que a la práctica. Quiero decir, que parece que vamos asumiendo derechos sobre cómo defender nuestros intereses en las diferentes áreas de nuestra vida, pero cuando intentamos mantener el equilibrio con una pareja, toda esa fuerza se tambalea, porque nos empeñamos en encajar nuestros derechos personales en una estructura de amor tradicional. Lo cual es incompatible, ya que yo no voy a poder negociar cómo llevar mi relación de pareja (incluyendo el dinero), si cada vez que pienso en lo que yo quiero o necesito, me siento o me hacen sentir fría, calculadora y poco romántica.

Pero, ¿hasta qué punto hablar de manera explícita y sincera con mi pareja de cómo equilibrar los derechos y responsabilidades de ambos respecto al dinero significa que no le quiero lo suficiente?, ¿por qué amar a una persona es incompatible con defender mis derechos económicos?

Hay gente que considera que si piensas en el dinero, no estás centrada en el amor, sino que estás protegiendo tus intereses monetarios porque no crees que la relación de pareja vaya a funcionar. Y es fácil caer en ésta idea, porque cuando intentamos pactar en pareja teniendo en cuenta nuestras necesidades económicas nos invade un terrible sentimiento de incomodidad e inseguridad.

Pero ¡qué esperábais, con el lastre educativo que llevamos!

Recordad que para hacer un cambio en nuestras creencias hay que enfrentarse a cierto grado de malestar a corto plazo debido más a la falta de práctica, que a la supuesta falta de amor.

Lo cierto es que la realidad de la mayoría de las parejas implica una desigualdad en el manejo del dinero, aunque muchas creamos que ya está superado. A medida que descendemos a nivel generacional, más mujeres estamos incorporadas al mercado laboral, pero nuestro desarrollo profesional sigue estando bastante supeditado al proyecto familiar, en el que se incluye el cuidado de las hijas y los hijos, de otras/os familiares dependientes por diferentes circunstancias (enfermedad, vejez…), y la responsabilidad de hacer o dirigir el trabajo doméstico. Esto quiere decir principalmente dos cosas: primero, que todavía no está asumida la importancia de la autonomía económica de la mujer, puesto que se valora su aportación laboral como complemento a la economía familiar, y por tanto la aportación estable e importante sigue siendo la del hombre “cabeza de familia”. Y segundo, que al margen de los ingresos de cada miembro de la pareja, el tipo de dinero que solemos manejar cada una/o dentro de la economía familiar está marcado por los roles sexistas, a no ser que la pareja haga un esfuerzo por equilibrar dichos comportamientos.

La mujer suele responsabilizarse más del dinero llamado chico, que representa lo que se consume cotidianamente a nivel doméstico (alimentación, ropa, higiene, mantenimiento técnico del hogar…). Es un dinero invisible, que da poco margen para elegir con autonomía, que implica mucha responsabilidad porque las deficiencias afectan al funcionamiento básico familiar, por lo que no suele tener un valor reconocido ni satisfacción personal (solo se nota cuando va mal), y probablemente haya que rendir cuentas o estar bajo el control del marido. El hombre en cambio suele manejar el dinero grande, que implica decisiones de trascendencia y gastos extraordinarios (vacaciones, ocio, inversiones, compras grandes como casa, coche…). Este dinero no pasa inadvertido, la persona que lo usa está valorada, le otorga mucha autonomía y satisfacción, porque está asociado al placer y al poder (capacidad de dar seguridad y protección a la familia). Dentro de este tipo de dinero estaría el que se dedica a los gastos personales individuales, que representan el espacio propio, la autonomía para ejercer derechos, y permite desarrollar las necesidades y los deseos individuales.

Podríamos decir que no tiene independencia económica quien gana dinero, sino quien se siente con derecho y libertad para gastarlo, y en el caso de las mujeres esto todavía es bastante utópico. Aparentemente las parejas suelen tener cuentas bancarias comunes, porque “el dinero es de los dos”, y “los dos tenemos libertad para coger lo que necesitemos, hay confianza”. La triste realidad es que el hombre no se siente mal usando el dinero para sí mismo, pero la mujer sí. Así nos encontramos muchísimos casos en los que ellas, dentro de su filosofía aprendida de priorizar las necesidades de los demás, utilizan el dinero para que toda la familia funcione, pero cada vez se sienten más incómodas pensando en usarlo para sí mismas, porque siempre hay alguna cosa más importante o más urgente, y si lo hacen, se sienten con la obligación moral de comprar lo más barato posible porque en el fondo “son caprichos, no son necesidades”.

Por otro lado, no podemos olvidar cuando las relaciones de pareja se basan en relaciones de poder o de violencia hacia la mujer, porque las consecuencias de la desigualdad en el manejo del dinero son más graves, aunque no por eso más visible para quien las sufre. El hombre que usa el dinero como arma para controlar y dominar a su pareja, va minando la confianza de la mujer en sí misma para ser autónoma económica y emocionalmente, a través de la descalificación de su competencia para usarlo, de protegerla como si fuera una niña dependiente, de transmitirla autoritaria o sutilmente que él es el dueño del dinero, y de chantajearla mediante la culpa y el miedo, ante cualquier intento de trasgresión por parte de ella.

Está claro, que lo mismo que las mujeres tenemos que aprender a desarrollar un espacio/tiempo propio para nosotras mismas al margen de nuestras responsabilidades hacia los demás, también es imprescindible delimitar de alguna manera nuestro dinero personal para facilitar la posibilidad de aumentar nuestra autonomía y la de ejercer derechos y deseos individuales. Y aunque ya sé que hay situaciones económicas más complicadas que otras, estoy convencida de que siempre se puede practicar este cambio, incluso aunque los resultados “monetarios” sean insignificantes, porque lo importante es que nos sirva para modificar creencias nocivas para nuestra salud mental.

En cuanto al sistema de organizar y repartir el poder sobre los bienes materiales se están produciendo cambios en la forma, pero no en el fondo. Antes era más común un sistema de bienes gananciales mientras que ahora se está imponiendo el sistema de separación de bienes. El problema no es utilizar un sistema determinado, sino el uso que se hace de él. Podríamos pensar que si la mujer tiene dificultad para defender sus derechos económicos, podría ser interesante separar los bienes de los cónyuges; pero si no cambiamos nuestra manera de relacionarnos con el dinero y permitimos que nuestra pareja se acomode en el Poder, en vez de equilibrarlo entre los dos, siempre habrá hombres con capacidad de dirigir nuestra vida. Así, por ejemplo, se dan situaciones en las que teniendo bienes gananciales, ella no tiene libertad para decidir cómo gastar el dinero, pero si se divorcian, sí que tiene la obligación de compartir las deudas que haya acumulado su marido. O situaciones en las que tienen separación de bienes, pero él va poniendo más propiedades a su nombre con astucia, y al separarse, la mujer se encuentra con un gran empobrecimiento. De hecho, la mayoría de los hombres tienen tan asumido que el poder económico es suyo, que en una ruptura de pareja, les cuesta mucho compartirlo, aunque los primeros que sufran las consecuencias de ésta injusticia sean sus propios hijos/as. Incluso, muchas mujeres en un proceso de divorcio, por no enfrentarnos a una lucha legal con nuestra expareja, llegamos a ceder derechos legítimos, con tal de acabar con el acoso económico al que nos vemos expuestas. Y claro, para sentirnos coherentes con nuestra actuación, volvemos a nuestros orígenes refugiándonos en -“a mí el dinero no me importa, mientras estemos bien mis hijas/os y yo…”.

Toda lucha legal tiene unos límites, y toda decisión tiene sus pros y sus contras, pero creo que todavía estamos muy condicionadas por nuestra fobia educacional a los conflictos y al dinero; y tenemos que tener muy presente que el dinero no es algo superficial, sino que representa en muchos casos tener derechos, a vivir en lugar de sobrevivir, y a poder desarrollar relaciones más igualitarias desde la dignidad y el merecimiento personal.

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