En estos días se cumple un año desde que salí de tu casa. Miro atrás y veo una chica a primera hora de la mañana, con cara de espanto, un bebé recién nacido en los brazos y una bolsa del Corte Inglés con las ropitas del bebé.

Esa chica era en lo que me había convertido “YO”. No tenía referencia de mi propia identidad, vivía por y para agradarte (cosa que no conseguía). Utilizaba toda mi energía y mis esfuerzos en hacer las cosas perfectas: la casa, la comida, escucharte, estar atenta a tus necesidades, anticiparme a ellas… Y todo saltaba siempre por los aires. La recompensa a esos esfuerzos eran faltas de respeto, insultos, hacerme sentir culpable, mala persona. Utilizabas “TU” lógica y argumentos para dar la vuelta a los hechos y mostrarlos como pruebas de tu verdad. Nunca pude expresarte mis sentimientos, sólo escuchaba los tuyos y tus razones. Eso hizo que dejara de tener los míos propios y se mimetizaran con los tuyos, lo que empeoró mi concepto de mi misma y me hizo perderme en lógicas ajenas.

Hice mal en dejarme perder, ese camino lo recorrí yo sola, me perdí de vista. Tenía tanta necesidad de agradarte, de recompensarte por ser tu elegida… Que dejé de serlo. TU eres culpable de ser el gallo del corral, el machito que tiene su mujercita en casa, limpia y pura. Como tienen que ser las mujeres, de un solo hombre y mujeres de su casa.

¡Ah! pero los tiempos cambian y las mujeres tienen vida aparte de sus maridos y sus casas, y eso no te da derecho, ni a ti ni a nadie, a someterlas y faltarles el respeto. Yo era tu compañera, no tu obra, tu igual, no de tu uso, quería respeto y no desprecio.

Como te decía al principio ahora se cumple un año desde que salí corriendo una mañana de tu casa. Hoy ya no corro, miro el camino que me queda por recorrer, y es largo, pero apetecible. Lo haré despacio, fijándome en cada paso que doy, y si me equivoco, volveré a enderezar el paso siguiente. Esta vez tengo buena compañía, me llevo a mí misma.