Una perspectiva feminista sobre la anorexia nerviosa

Miércoles 2 de mayo de 2012, por Soledad Muruaga López de Guereñu




La Anorexia Nerviosa no es sólo un trastorno de la alimentación, es también una enfermedad mental de género, y, según la Asociación Psiquiátrica Norteamericana, es la enfermedad mental que presenta la más alta tasa de mortalidad: una de cada 10 casos fallece por desnutrición, insuficiencia cardiaca o suicidio.

En los últimos años, en nuestro país se está hablando mucho de la Anorexia Nerviosa y de los graves problemas que comporta. Afecta principalmente a las mujeres y niñas, más del 90% de los casos, mientras que apenas llega al 9% en los varones. Según el Instituto de Salud Mental de los Estados Unidos, una de cada 100 niñas adolescentes sufre Anorexia Nerviosa y 4% de Bulimia, además un 15% padece trastornos alimentarios significativos.

Uno de los criterios para el diagnóstico clínico de la Anorexia es un peso corporal inferior en un 15% o más, de lo considerado normal. Paradójicamente esta talla, considerada de anoréxicas, es la característica de las modelos de pasarela y de todos los prototipos de belleza promovidos por los medios. Es penoso lo que está ocurriendo en todos los países de nuestro entorno: un 40% de niñas desde los 9-10 años está haciendo dieta y, casi un 90% de mujeres adultas desea perder peso.

Entre las causas más significativas de la expansión de esta enfermedad destacan:
- Una potenciación de la socialización patriarcal de género, mediante el aumento de las presiones socioculturales sobre el cuerpo femenino, y el crecimiento de los intereses económicos de la poderosa industria de la belleza.
- Aunque las mujeres siempre hemos tenido una socialización de género en contra de nuestros cuerpos, actualmente se ha adelantado la edad de la insatisfacción corporal y se han agudizado las creencias, valores y actitudes negativas sobre el cuerpo femenino. Aumentan los sentimientos de rechazo del propio cuerpo desde muy niñas y se están propiciando un mayor número de conductas de “arreglar” nuestro cuerpo para los otros, a costa de nuestro bienestar.

En esta “super-socialización” temprana para la insatisfacción corporal, el mandato obsesivo principal es “ser superdelgaga”.

Resulta curioso que en los países africanos se impulsan los valores opuestos hacia el cuerpo de las mujeres. No deja de sorprendernos, el hecho de que en ese lugar del mundo, los varones más ricos y poderosos, antes de casarse, envíen a sus prometidas a “Centros de Engordamiento”, donde en varias semanas de “tratamiento”, las “empapuzan”, con el objetivo de engordarlas al máximo. Cuanto más gordas, más prestigio y señal de riqueza y admiración para sus próximos poderosos maridos… Sin embargo, no son cosas tan diferentes, en ambos casos, nuestros cuerpos están al servicio y los valores de los hombres de nuestro entorno. O muy gordas o muy delgadas…, pero en el fondo subyace la misma estrategia de control y la misma pérdida de salud.

En cuanto al problema de la Anorexia, hace unos años la edad de riesgo se situaba entre los 12 y los 25 años, pero actualmente las edades se han ampliado mucho. La adolescencia de las niñas se ha adelantado a los 9-10 años, y esta menor madurez propicia, aún más, los numerosos conflictos de género, de identidad y de espacio corporal que caracterizan esta etapa. Las adolescentes viven intensamente los valores y costumbres mayoritarias como sus señas de identidad. Hacen evaluaciones muy convencionales de la apariencia física y asocian la autoestima a la apariencia corporal. Si a las presiones sociales, se añade el de ciertas familias preocupadas por el peso y las dietas, el riesgo de padecer algún tipo de trastorno alimentario se multiplica. También, el riesgo se ha extendido a muchas mujeres en la edad de la menopausia, en torno a los 50 años, que se resisten a perder la juventud.

Una vez que la Anorexia se desencadena, es muy difícil su control y recuperación. Se da la paradoja de que las mujeres y niñas que la padecen suelen ser personas muy perfeccionistas que buscan la perfección en todos los aspectos y, sin embargo, a medida que se sumergen en la enfermedad, van perdiendo la percepción objetiva de los aspectos más elementales de lo bello y armonioso en su propio cuerpo, incluyendo pérdidas elementales de lo saludable: la piel se les seca y descama y las uñas se les debilitan; les sale un vello fino en la espalda, brazos y mejillas (lanudo) ; pierden mucho cabello; se quedan sin músculo, pareciendo esqueléticas… lo que las aleja del estereotipo de perfección de la belleza que les ha conducido a esta situación. Cuando su percepción de la realidad y de las formas corporales llega a distorsionarse de esta manera, niegan la enfermedad, niegan las sensaciones de hambre, sed, fatiga y sueño, no quieren reconocer emociones ni reconocen sus dificultades crecientes de concentración y aprendizaje. Desarrollan sintomatologías depresivas y obsesivas, con frecuentes cambios de ánimo y con sensaciones de vacío e inutilidad. El temor a subir de peso y a perder el control, invade sus pensamientos y sus sentimientos de autoestima se basan en lo que comen o no comen.

Al instalarse obsesivamente en estas formas de pensar y de sentir, se produce un círculo vicioso que hace aumentar sus conductas autodestructivas: cada vez restringen más la ingesta de alimentos y de líquidos; comen de pie; cortan los alimentos en pequeños trozos; aumentan su actividad y hacen un ejercicio exagerado; disminuyen sus horas de sueño; usan laxantes y diuréticos; se pesan constantemente; llegan a hacerse expertas en el engaño sobre sus conductas en torno a la comida y paulatinamente se va distorsionando su percepción de la realidad.

Al ser un problema que abarca tantas y tan diversas patologías, su tratamiento requiere unos medios y una infraestructura sanitaria muy compleja, por lo que, en el Espacio de Salud “ENTRE NOSOTRAS”, no tratamos la Anorexia una vez que se ha desarrollado la enfermedad. Nuestro trabajo es preventivo, tratamos algunos factores de riesgo que facilitan su desarrollo y que pueden ser modificados si se detectan a tiempo. Algunos de estos indicadores que presentan nuestras usuarias son: vivir pendientes de lo que se espera de ellas y de satisfacer a los demás; tener baja autoestima; tener miedo a madurar y a crecer; tener pensamientos extremos (obesa-delgada); y, en muchos casos, el haber sufrido abusos sexuales en la infancia.

Con una metodología cognitivo-conductual, trabajamos las ideas distorsionadas sobre sus máximos temores, tales como: el engordar, la sobreestima del volumen de sus cuerpos o la valoración negativa de sus características físicas, que les produce una gran insatisfacción, ansiedad y desadaptación, lo que puede desembocar en el desarrollo de trastornos alimentarios.

Fundamentalmente, se trabaja el cambio ideológico del concepto enfermizo de la feminidad patriarcal y cómo recuperar el verdadero valor de nuestros cuerpos, aprendiendo a disfrutar de todo el gozo y el bienestar que pueden producirnos.

Sin embargo, una verdadera prevención, sólo es posible desde la adopción de medidas políticas que contrarresten dichos valores y estereotipos enfermizos que se han instalado en nuestra cultura, especialmente entre las más jóvenes. Una buena iniciativa, en este sentido, es la promovida recientemente por el Ministerio de Sanidad, al realizar un estudio antropomórfico de las medidas corporales de una muestra representativa de las mujeres españolas, que demuestra la gran variedad de volumen corporal que tenemos las mujeres reales y que, mayoritariamente, se aleja del modelo mediático anoréxico. Su correcta difusión podrá cambiar algunos estereotipos sobre nuestros cuerpos.

Aunque esto no es suficiente, necesitamos otras medidas, que también correspondería llevar a cabo desde este Ministerio, llamado de Sanidad y Consumo. Echamos en falta la existencia de controles eficaces que nos protejan de los peligros contra nuestra salud, derivado de los excesos y abusos de la industria de la belleza. Además, es necesario que se establezcan mecanismos adecuados para defender nuestros derechos como consumidoras de numerosos y costosos productos y servicios de esta industria, promocionados profusa y engañosamente con absoluta impunidad.

Estas y otras medidas políticas imaginativas, son las que pueden frenar el alarmante aumento de las anorexias, bulimias y demás trastornos de alimentación que se están produciendo en los países de nuestro entorno y que tantos sufrimientos y costes sociales y económicos conllevan.

Ver en línea : Articulo extraído de "La Boletina" Nº XXVI - 2007

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