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Si hubiese vivido en un desierto
María Si hubiese vivido en un desierto no habría habido diferencia: hemos estado muy solas, y lo más grave, ignorantes. Del desconocimiento de nosotras mismas se han aprovechado otros. Se acabó. Me llamo María, pertenezco al taller de incesto, soy una superviviente.

Antes miraba, pero no veía. Todas las cosas eran como una ola de estupor que apareciera de golpe, algo imposible de razonar y a la cual la costumbre acaba por insensibilizarte. Ahí viene, te dices, entonces dejabas de respirar hasta que todo pasase. Image

Llegué al centro buscando ayuda, y me enseñaron a ayudarme a mi misma. Empiezas a comprender que para curarte necesitas deshacer, la curación es una pérdida de costumbres. Primero llega el conocimiento y luego el cambio. Pero el conocimiento hay que buscarlo en lo más recóndito, es como lanzar una sonda a través de la brecha que se abre en la superficie, nunca sabes a dónde puedes llegar.

Lo más doloroso es tomar conciencia. La víctima descubre un día que estaba sola en medio del mundo, y eso da miedo. Descubre que todos los que le habían acompañado desde la infancia, en realidad, estaban muy lejos. Y se ve a sí misma como una niña abandonada. Es una revelación, ni su cuerpo le ha pertenecido maltratado por otros, aquellos que le sonreían diariamente.

Luego llega la rabia. Yo le he levantado un altar dentro de mi, es la expresión de dolor, es la voz de la víctima, que no puede expresarse de otra manera que mediante el grito.

La razón en nosotras, ha hecho estragos, porque nos ha engañado, en cambio el grito es genuino y liberador.

He visto que a un adulto se le supone la ignorancia de un niño, sin experiencia de la vida. Se beneficia de la duda. Pero a una niña se le piden reacciones y actitudes de adulto. Esta es la contradicción: a quien no puede elegir, a la víctima, se le exige responsabilidad por el delito de otro. ¿Dónde buscar ayuda?. No sabes que aquello es malo aunque te duela, porque la vida de las víctimas ha sido tan corta que no están preparadas para defenderse; porque el agresor es esa persona de confianza de la que esperas protección, nunca el daño. Sin embargo, la vida del agresor es ya tan larga como para saber que no dirás nada y que si lo dijeras nadie creería un crimen tan horrendo.

Al agresor se le descarga de una culpa que debería llevar atada al cuello como una rueda de molino. Hay maldad en sus actos, sólo maldad, nunca locura.

Es la risa del agresor la que confirma su poder, es su risa la que hace del sufrimiento de la víctima humo de paja: si pide ayuda la culpan; si no la culpan justifican a su agresor, porque, según dicen, son tabúes religiosos heredados o hipocresía social, pero nunca he visto a ninguno de esos ponerse en el lugar de las víctimas. Nadie habla de la desproporción que hay entre las necesidades sexuales y vitales de un adulto con las necesidades de una niña o niño, ni de la diferencia de experiencia y física que facilita el chantaje. El miedo doma a la víctima desde que es niña, crece una mujer vulnerable, sin resistencia ni capacidad de rebelión. 

El agresor asimila a la víctima convirtiéndola en su cómplice y justificando así que la maldad no estaba sólo en él.

La sociedad tiene sus mitos, uno de ellos es Lolita. Por eso justifican lo insostenible. Image

La víctima se hace responsable del problema del agresor, problema que sólo a él le toca solucionar. Pero se nos ha enseñado a tolerar más allá de los límites para proteger a los adultos y su forma de vida. Es irónico que quien necesite protección tenga que darla y deba cuidar de los demás, cuando el agresor sólo pensaba en sí mismo. El secreto les protege. Por mucho que pierda el agresor, al hacerse su perversión pública, más ha perdido la víctima porque se quedó sin infancia, sin juventud, sólo le queda la insatisfacción, nos arrebataron el único bien que teníamos, nuestra propia vida.

La víctima de incesto ha de tener confianza en sí misma, porque ha vivido el mal y eso se escapa a la comprensión del mundo, nadie va a comprender.

Acepto a la superviviente que soy, no quiero ser otra, acepto las oportunidades perdidas, la vida no vivida, los errores cometidos, también el incesto, que es un trabajo que dura toda la vida, lo acepto. ¡hago votos para no olvidar!. Soy INOCENTE de las circunstancias de los otros, que se perdonen a sí mismos. Mi trabajo no es hacer el suyo, yo soy una superviviente a la que quitaron una palabra: INOCENTE; y ahora yo la traigo, esa inocencia que me hace libre, porque conozco la verdad, soy la persona más libre de este mundo.    

 

 
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